Salvación, camino y otras mentiras CAMINO
58%

CAMINO

En la UDEV, la pecera es tamaño acuario, incluyendo todo tipo de pantallas digitales enormes, cosa que agradezco porque ahora somos el doble allí metidos.

Jimena se ha marchado con Olga a ver si pueden sacar más información de los cuerpos.

Parece ser que, en cuanto tengan algo que comunicarnos, esos monitores enormes harán de ventanas a la zona de autopsias, por videollamada, obviamente.

La de paseos en coche que me hubiese ahorrado, aunque a mí ya me iba bien como excusa para ver a mi amiga.

Después de exponer toda la información que hemos ido recopilando, así como nuestras teorías, llega el turno de hablar sobre el reciente hallazgo. Es Alcázar quien habla.

—Entiendo que todas las víctimas han cometido algún tipo de delito que ha hecho daño a otra persona.

Al otro lado tenemos a un grupo de vengadores, que no sabemos si tienen o no alguna implicación con las víctimas porque no se ha encontrado a nadie sospechoso en sus entornos, que han decidido tomarse la justicia por su mano y que además han añadido un toque religioso al asunto.

¿Podríamos estar hablando de alguna clase de secta?

—Podría ser —señalo con temor de pensarlo si quiera—. Lo malo es que una secta puede ser de cinco o de cincuenta personas. Si esto es algún tipo de rito de iniciación vamos a tener que ampliar la morgue.

—Los tengo. —Ali interrumpe la conversación—. Perdona, Diego, Olga me ha pasado antes los nombres de las víctimas y ya tengo sus datos.

—Ponlo en pantalla, por favor.

El primero en aparecer es el supuesto mendigo, que de sintecho no tenía nada, más bien el contrario.

Arturo Ríos, cincuenta y tres años, supuesto asesor financiero.

«Supuesto» porque, en realidad, se dedicaba a estafar a sus clientes.

Por grandes sumas de dinero les prometía ganancias desorbitadas, cosa que al principio cumplió.

Lo que nadie sabía es que utilizaba el dinero del siguiente inversor para pagar al anterior.

Todo fue bien hasta que no pudo pagar. Dejó a mucha gente prácticamente arruinada y a algunos, directamente en bancarrota total.

Aunque fue imputado y acusado, nunca fue condenado y, por lo tanto, no pisó la cárcel.

Se había cubierto muy bien creando todo tipo de sociedades pantalla que hicieron imposible probar su autoría en el delito.

—Supongo que por eso lo de cortarle la mano, ¿no, jefa? Por ladrón.

—Quizás, pero si es así han cometido el primer error.

—¿Por qué lo crees, Eba? —Es Alcázar quien pregunta.

—Porque en la Biblia no existe tal castigo.

En todos los textos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, se habla de restitución: devolver lo robado multiplicado por siete o, en libros más antiguos, lo equivalente al daño causado.

Por ejemplo, por un buey robado había que devolver cinco; por una oveja, cuatro.

Si no tenían nada, debían pagar la deuda con su trabajo, convirtiéndose en siervos sin salario del agraviado hasta que quedara saldado.

Lo de cortar la mano es algo propio de la ley del talión, que era el código legal de la antigua Mesopotamia y también se hace alguna mención en el Corán, pero en la Biblia no.

—Es cierto —dice Soto—, hasta ahora han mostrado unos conocimientos históricos, religiosos y médicos propios de alguien que ha estudiado o leído mucho. Es un error muy impropio de ellos; cualquiera que haya leído la Biblia sabe que lo que ha dicho Eba es así.

—A ver, Soto, cualquiera, cualquiera, no. Que yo hice mi primera comunión y mi confirmación correspondiente y no tenía ni idea. —Durán se está soltando.

—Bueno, quizás para cualquiera no, pero ellos deberían haberlo sabido.

—Lo que está claro —Diego retoma la palabra— es que se han equivocado y hasta ahora no había ocurrido. Igualmente, imagino que un tío así debe de tener una pila de gente haciendo cola para querer cargárselo, ¿no, Ali?

—Posibles voluntarios hay unos cuantos, demasiados, diría yo, como para investigarlos a todos.

Quizás empezaría por el más plausible. Juan Cruz, cincuenta y seis años, era un constructor al que le iba muy bien la vida hasta que se cruzó con Ríos.

Perdió hasta la ropa que llevaba puesta.

Tenía mujer y dos hijos de diez y ocho años en aquel momento.

—¿De cuándo hablamos?

—De 2008. La crisis financiera hizo imposible que la víctima devolviese ni un duro.

El señor Cruz pasó de tener un pedazo casoplón en La Moraleja a tener que mudarse a un pisito en Usera y pedir ayudas para poder comer.

Intentó levantar cabeza, pero no fue capaz.

Empezó a beber a todas horas, siempre iba como una cuba y acababa liándola en algún bar.

En 2010, una de las muchas noches que llegaba perjudicadísimo a casa, discutió con su mujer, que estaba harta, la pobre.

Según explicó en el juicio, nunca tuvo intención de hacerle daño, pero le pegó un fuerte empujón con la mala suerte de que la mujer se golpeó la cabeza contra un mueble y murió en el acto.

Lo condenaron por homicidio imprudente agravado, dado el contexto de alcoholismo y abuso existente en el ámbito familiar.

Le cayeron ocho años de cárcel que acabaron convirtiéndose en doce.

Los hijos no quisieron volver a saber nada de él por lo que, como no tenía a nadie esperándolo fuera, lo del buen comportamiento le daba igual.

Se metía en todas e iba sumando años a la condena. Salió en 2023.

—Desde luego, es un buen candidato para investigar.

—Yo también lo creía, así que he mirado dónde vive. Se mudó a Galicia y tiene una pequeña panadería que estaba abierta con él tras el mostrador; el día veinticinco, hasta las seis de la tarde, que cerró un poco antes por ser Nochebuena. Así que descartado.

—Yo no lo descartaría todavía. —Anita se ha atrevido a levantar la voz—.

Galicia-Madrid son menos de seis horas en coche y no olvidemos que trabajan en equipo.

Solo tuvo que venir el día de antes para secuestrarlo y estar a la hora indicada el día después para matarlo.

Villaverde y Atocha no están lejos, el mismo que se encargó de la otra víctima pudo tenerlos vigilados a ambos.

—Bien visto, Anita. ¿Podríamos investigarlo un poco más, no, inspector jefe?

—Diego.

—Diego, perdón. —Se me hace rarísimo llamarlo por su nombre.

—Sí, es una vía. Soto, ¿te encargas tú?

—Por supuesto.

—Ali, y de la segunda víctima, ¿qué tenemos?

—Pues un historial de aquí a Lima. Una joya, el hombre.

Jesús Escobar, cuarenta años, más conocido como el Patrón.

No sé si en Barcelona habéis oído hablar de él, pero aquí el tío es toda una leyenda.

Lo del apodo no es solo por el apellido, sino por sus distintos negocios.

Nacido en Vallecas, evidentemente no le dio por juntarse con la cantidad de gente trabajadora y honrada que vive allí, eligió hacerlo con lo peorcito del barrio.

Empezó a trapichear con catorce años, en esa época lo pillaron muchas veces, pero, ya se sabe, con los menores no se puede hacer gran cosa.

Debió aprender mucho en poco tiempo porque una vez cumplió los dieciocho no lo volvieron a pillar, aunque todo el mundo sabía a qué se dedicaba.

Con veintitrés se fue del barrio y durante un par de años no se supo nada de él, hasta que reapareció en 2011 y montó, nada menos que en Atocha, una discoteca de cuatro plantas, tres abiertas al público, e hizo del ático su residencia.

En muy poco tiempo convirtió el Four Sins en el lugar más exclusivo de la zona y diría que de todo Madrid.

—¿Four sins? —pregunta Durán—. ¿No deberían ser seven? Hasta donde yo sé, eran siete los pecados capitales, ¿no?

—Cuando empezó a ser un sitio popular le hicieron varias entrevistas, aparte de por la fama, porque Hacienda rebuscó por todas partes un posible delito de blanqueo de capitales, cosa que evidentemente existió, pero nunca se pudo probar.

En las entrevistas, cuando le preguntaban por el nombre, siempre decía que había escogido solo aquellos que, más que pecados, le parecían virtudes.

La gula, la lujuria, la avaricia y la soberbia.

De hecho, el edificio está concebido para que cada planta albergue uno de ellos.

Hay un restaurante, un club de intercambio y sexo en grupo, otro club de acceso superexclusivo reservado solo para aquellos que tienen cuentas con muchos ceros y, en la cumbre de todo, él, amo y señor, la soberbia en persona.

—¿Candidatos a quitarlo de en medio?

—Puff, una lista que no te la acabas. Que se sepa, otros dueños del ocio nocturno que se han visto perjudicados, otros traficantes… Por haber, hasta hubo un grupo de madres que montaron una asociación para pedir a la justicia que sacara a ese monstruo de la calle porque estaba matando a sus hijos.

—¿Qué vendía?

—Ahora, se supone que conseguía lo que pudieras pagar. Cuando empezó, era heroína.

—Supongo que, como los que hacen negocio en esto, vendía pero no consumía, ¿no?

—La verdad es que ni idea, Diego. Nos lo tendrán que decir Olga y Jimena.

En ese momento se hace un silencio general. Tenemos mucha información, pero nada que nos lleve a ningún sitio. Como caída del cielo, suena la señal de videollamada entrante del edificio de la científica. Alcázar contesta y podemos ver a Olga y Jimena en pantalla.

—Contadnos, ¿alguna novedad?

—Alguna, pero voy a permitir que hable mi colega, que a mí me tenéis muy vista.

—Gracias, Olga. —Jimena toma la palabra—.

Como ya suponíamos, a la primera víctima le amputaron la mano post mortem, así que no hubo el ensañamiento de la primera que encontramos en Barcelona.

Lo del segundo, ya, es otro cantar. Han llegado los resultados del laboratorio y coinciden en la combinación de drogas; el incienso, cada uno con distintas composiciones; así como el agua con sal.

Pero hay una cosa en la que no coinciden.

La supuesta muerte por sobredosis no lo fue, porque sabían exactamente la cantidad máxima que podían darle.

La hemorragia nasal la provocó una única raya de heroína que rozaba el noventa y cinco por ciento de pureza, pero, por los restos, contenía muchísimos grumos que le cortaron como pequeñas cuchillas, de ahí la sangre.

Pero eso no es todo, este hombre se quedó a un gramito de morir realmente por sobredosis.