Salvación, camino y otras mentiras CAMINO
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CAMINO

Me ha costado un mundo convencer a Jimena de que el ofrecimiento del inspector Diego Alcázar era bueno.

Ni siquiera mi argumento de que tendría juguetitos nuevos con los que trabajar conseguían bajarla del burro.

Así que he tenido que jugar la carta de la amistad, decirle que unos días lejos de casa me irían bien y que la necesitaba a mi lado; ese ha sido el argumento definitivo.

Como es cierto, no me siento mal, aunque hubiese preferido no jugar esa baza.

He llamado a Sergio de camino al aeropuerto para explicarle la situación.

Me ha dicho que estuviese tranquila, que él no vuelve a trabajar hasta pasado Reyes y que se hace cargo de los chicos y de todo.

Decididamente, hacemos un buen equipo. El trayecto en avión a Madrid es corto, entre despegue y aterrizaje casi no te da tiempo a enterarte de que estás ahí arriba.

Aunque yo nunca he sido muy fan de volar, me produce un poco de claustrofobia saberme encerrada a miles de metros de altura siendo consciente de que no tengo alas.

Recuerdo la primera vez que cogí un avión.

Estaba tremendamente nerviosa. Solo tenía diecisiete años y volábamos precisamente a Madrid.

El asistente de vuelo empezó con las indicaciones de salidas, mascarillas de oxígeno, luces, para acabar explicando cómo colocarnos el chaleco salvavidas y utilizarlo.

Yo no hacía más que recordar mis clases de geografía y cuando acabó con la explicación ya estaba muy cerca de la crisis de ansiedad, así que levanté la mano para preguntar:

—¿Y los paracaídas? —El asistente no sabía dónde meterse—. Sí, que no has explicado dónde están los paracaídas.

—No hay paracaídas.

—Vale. —Ahí la ansiedad pudo con mi saber estar, que ya era escaso debido a mi edad—. ¿Y me puedes explicar para qué queremos chalecos salvavidas si estamos volando a Madrid? ¿Por si tenemos la suerte de caer en el Manzanares?

En ese momento, otra asistente más veterana acudió en rescate del primero, me tranquilizó dándome toda clase de detalles de seguridad y asegurándome que estaría pendiente de cualquier cosa que necesitara.

Ahora me río, pero yo creo que aquel muchacho aún se acuerda de la loca que le preguntó por los paracaídas.

Aunque sigo defendiendo que sería lo más lógico.

Entre recuerdos y la revisión que hemos podido hacer a la documentación, ya hemos llegado.

Todos, menos Jimena, tenemos que pasar a recoger nuestras armas, que hemos tenido que entregar para su correcto y seguro transporte, así que ella va a esperar la maleta, la única que se ha facturado.

El concepto de coger lo indispensable es, para ella, un millón de porsiacasos.

Encontrar la salida de la T4 nos resulta relativamente sencillo, porque lo hemos hecho en varias ocasiones, aunque la primera vez resulta un poco abrumador.

En la puerta nos esperan dos coches, negros, ni cochambrosos ni blindados.

Coches discretos y limpios. Me sale al paso un hombre alto que me muestra su placa, gesto que yo correspondo enseñándole la mía.

—Inspectora Elisheba Salinas. Si son tan amables de acompañarnos, iremos en dos coches. El inspector jefe Alcázar ha dado orden de llevarlos directamente a la central para que puedan ponerse al corriente y después los acompañaremos al hotel.

Asiento como toda respuesta, a ver cuánto tiempo van a utilizar el nombre completo.

Nos distribuimos de dos en dos: Jimena y yo y Durán y Anita.

Aunque con toda esta locura casi lo haya olvidado, sique siendo Navidad y, a pesar de que el distrito de Hortaleza no queda lejos del aeropuerto, atravesar todo ese tráfico no va a ser tarea fácil.

Jimena sigue con cara de pocos amigos, así que aprovecho para mirar por la ventanilla.

El primer contacto que tuve con Madrid fue escuchando la canción que le dedicó Mecano.

Así que cuando viajé hasta allí de verdad, esperaba encontrarme una ciudad gris, llena de cemento, alquitrán, hierro y cristal.

La verdad es que tanto en aquella primera ocasión como en todas las posteriores, siempre he creído que esa canción no le hace justicia.

El centro de la ciudad no es muy diferente al centro de Barcelona: coches, grandes edificios y gente con mucha prisa.

Pero sus distritos, al igual que algunos barrios de mi ciudad, tienen cada uno su propio encanto, calles pintorescas que conservan lugares con historia, anécdotas que pasan de generación en generación, flores, niños y monumentos dignos de ser admirados.

Le falta el olor a mar en el aire, pero eso es algo que solo notamos los que estamos acostumbrados a sentirlo; por lo demás, es un lugar donde me encantaría vivir.

—Ya estamos llegando —nos dice el conductor.

—De acuerdo, gracias. —Me giro hacia Jimena—. ¿En serio vas a estar de morros mucho más tiempo?

—No me gustan las imposiciones.

—No ha sido una imposición, solo una petición. No es lo mismo.

—Eso lo será para ti. En cuanto has aceptado han venido a llevarse los cadáveres, o les hacía una barricada en la puerta o me iba con ellos. Así que opciones, pocas.

—Vaaa, amiga. Tienes tantas ganas de pillar a esos trastornados como yo. Si unimos fuerzas seguro que lo conseguimos antes. ¿Amigas?

—Eso siempre. —Lo dice de corazón, pero, antes de firmar la paz, aún le quedan un par de quejas—. Solo espero que la forense no sea una gilipollas, porque me cojo el AVE y aquí os quedáis. Ah, y esto te va a costar un mojito mínimo, depende del rato que tengamos libre. —Ahora sí me sonríe.

—Dos. Y si cerramos el caso, barra libre; yo invito.

—Te tomo la palabra.

No hace falta que nadie nos confirme que hemos llegado para saber que estamos en el sitio indicado.

El complejo policial de Canillas es como un pueblo dentro de la ciudad, lleno de edificios que albergan las diferentes unidades y divisiones que lo componen en conjunto.

Miro a Jimena, que, leyendo todos los carteles indicadores, busca la Unidad Científica; como un niño la mañana de Reyes, por primera vez muestra algo de ilusión.

Mientras, yo pienso que, con el nulo sentido de la orientación con el que llegué al mundo, si me dejan ahí en medio no sabré encontrar ni la salida.

Menos mal que el servicio es puerta a puerta.

Al llegar, uno de los conductores nos acompaña hasta dentro, donde nos hacen entrega de las tarjetas que vamos a necesitar para poder movernos por allí.

Dejamos las maletas en los coches, ya que después serán ellos mismos los que nos acerquen al hotel.

Subimos a la tercera planta y sale a recibirnos quien supongo que es el inspector jefe Alcázar.

La verdad es que es un hombre que impone.

Es alto, moreno, con una barba cuidadosamente recortada y, aunque sienta una pequeña punzada de culpabilidad por observar ese detalle, es jodidamente atractivo.

Y yo, con estos pelos. Mando callar a mis hormonas y me adelanto al resto del equipo con la mano extendida para hacer las presentaciones.

—La inspectora Salinas, supongo. —Asiento con la cabeza—. Soy el inspector jefe Diego Alcázar. Si no les parece mal, hacemos las presentaciones del equipo y después nos quitamos de rangos y nos hablamos de tú.

—Gracias. —Suspiro con cierto alivio—. Nosotros también lo preferimos.

—Chicos. —Hace un gesto con la cabeza a un hombre y una mujer que hay en las mesas de atrás para que se acerquen—.

Os presento al equipo de los mossos con el que vamos a colaborar.

A ver si todos juntos acabamos antes y, con suerte, celebramos el fin de año.

Ella es la inspectora Elisheba Salinas; los subinspectores Arnau Durán y Anna Marro; y la forense Jimena Arribas.

—Si no os importa, nadie me llama por el nombre completo. —Estaba deseando soltarlo—. Para todos soy Eba.

—Nunca había conocido a nadie con ese nombre. —El que habla es el chico joven del equipo de Alcázar.

—Bueno, es un nombre raro, no es muy común.

—El nombre lo conozco, significa «juramento de Dios», solo que nunca me había encontrado a nadie que lo tuviera.

—Pues ya es raro que lo conozcas y, más aún, que sepas lo que significa; no me había ocurrido nunca.

—Me llamo Malaquías; como ves, padres con gusto por los nombres bíblicos hay en todas partes. —Me sonríe tímidamente—. A mí tampoco me llaman por mi nombre completo, cosa que agradezco; tiran de apellido, así que soy Soto; encantado, Eba.

—Igualmente.

—Pues yo soy la inspectora Alicia Sánchez. —Se adelanta y nos estrecha la mano a todos—. Podéis llamarme como queráis, aquí suelen decirme Ali.

—Encantada, Ali. —Ahora la que habla es Jimena y conozco esa mirada y esa voz empalagosa.

—Todos presentados. —Diego toma el mando—. Me temo que vamos a tener tiempo de conocernos. He pedido a nuestra forense que venga, así la conocéis también, nos pone al día de lo que haya encontrado y te acompaña hasta allí, Jimena, para que os podáis poner a trabajar juntas.

—De acuerdo. —No la noto muy entusiasmada, mi instinto y el tiempo que nos conocemos me hace pensar que preferiría trabajar más cerca de Ali.

Hablando del diablo, la forense hace su aparición en la sala.

Es una mujer medianita, ni alta ni baja, algo más mayor que nosotras, quizás, diría que está más cerca de los sesenta que de los cincuenta, pero no suelo acertar.

Por lo demás, nada destacable. Tengo la sensación de haberla visto antes, pero supongo que es lo que suele pasar con las personas corrientes.

Llega con prisa y, a diferencia de sus compañeros, nos da un abrazo a cada uno.

—Perdón por el retraso, cuando una se pone en faena, no se da cuenta del tiempo. Supongo que llego tarde a las presentaciones, ¿no? ¿Quién es Jimena?

—Yo.

—Ohh, por fin. Es un honor conocerte. He leído todos los artículos que publicas. Estaba deseando poder verte en acción. —Noto como Jimena se va inflando como un pavo. Creo que acabamos de solventar la posibilidad de que la forense sea gilipollas.

—Muchas gracias, será un placer trabajar juntas.

Me sabe mal interrumpir tan bello momento de admiración profesional, pero hay mucho que hacer, así que me presento con el nombre corto directamente y presento al resto del equipo.

—Ay, sí, mil disculpas, que me he dejado llevar por la emoción. Yo soy Olga, Olga Mirren.

—De esta podemos hacer algún meme con nombres únicos, ¿eh, jefa? —Le pongo cara de «pórtate bien», pero, para mí fortuna, a Olga no parece haberle sentado mal. De hecho, se ríe.

—Pues menos mal que nunca digo el segundo nombre, en realidad soy Olga Inga Mirren.

—Lo siento, jefa. Os acaba de ganar por goleada a ti y a Soto.

—Sí que es diferente, sí. —Le doy un disimulado codazo a Durán—. Mirren, no lo había oído tampoco.

—Mi padre era inglés y, como solo tenemos un apellido, rellenan con el segundo nombre. Pero, por favor, solo Olga, odio el segundo.

Cómo la entiendo. Hasta el momento las cosas están resultando bastante cómodas.

Tenía mis dudas sobre juntar a dos cuerpos policiales diferentes, pero por ahora todos parecen muy majos.

En los extremos, Alcázar, más serio, y Olga, un amor, dicharachera y risueña. Creo que hará buen equipo con Jimena.

—Cuéntanos, Olga —le pide Alcázar—, ¿algo destacable en las autopsias?

—Pues sí, Diego. La cosa pinta mal. Gracias al excelente trabajo de la doctora Arribas, determinar la causa de la muerte ha sido muy fácil, se usó la misma arma.

—Eso es bueno, ¿no?

—Podría serlo, pero el problema es otro.

Primero, la identificación ha sido muy sencilla, porque ambos están fichados por diferentes delitos.

Ni uno es un mendigo ni el otro un yonqui que murió por sobredosis.

Lo malo ha sido al abrirlos; por fuera ambos estaban bien conservados, de hecho, ambos se hallaban aún en rigor mortis, pero por dentro no puedo decir lo mismo.

Faltan los resultados del laboratorio, pero, por el inicio de putrefacción de los órganos, puedo asegurar que ambos llevan alrededor de cuarenta y dos horas fallecidos.

—¿Estás segura? —La cara de Alcázar, y, con él, la de todos, se descompone—. Eso significaría que murieron sobre la medianoche del veinticinco.

—Correcto. Los cuatro murieron exactamente a la misma hora a kilómetros de distancia.

Las palabras de Olga nos dejan a todos en shock.

Ahora mismo me siento como una mosca atrapada en una telaraña que crece por momentos.

Esto es mucho más grande de lo que pensábamos.

Son un equipo, sincronizado, repartido y organizado.

Espero que a todos nos guste Madrid, porque si algo tengo claro es que nuestra breve estancia se acaba de alargar.