CAMINO #2
—Todo se pega. Anita está cayendo en las garras del sarcasmo y la ironía imperantes en el equipo.
Me gusta—. Voy a intentar resumir, porque son más de seiscientos años de historia.
En Valencia, en 1409, el padre Jofré iba camino a dar la misa cuando se encontró en la calle a un grupo de gente pegando y gritando a un loco.
En aquella época eran considerados poseídos, malvados, peligrosos y toda una serie de calificativos de origen ignorante y fanático.
Este cura los hizo parar y se llevó al hombre, al que cuidó y curó las heridas.
Preocupado por la situación que vivían las personas con enfermedades mentales, en el siguiente sermón dio una buena reprimenda a todo aquel que no entendía que no eran demonios, sino personas que necesitaban ayuda.
Pidiendo la colaboración de comerciantes y de todo aquel que quisiera colaborar para recaudar fondos, consigue fundar, en 1410, el que está considerado el primer manicomio del mundo occidental.
Se constituye la Cofradía de la Virgen María de los Inocentes y Desamparados, para encargarse de los cuidados del centro y de los internos, ya que una de las muchas cosas destacables es que no se dedicaban a encerrarlos, sino a proporcionarles sustento y tratamiento.
Leyenda incluida, al querer hacer una imagen de la virgen, cuentan que aparecieron cuatro peregrinos que, a cambio de cobijo, se ofrecieron a hacer la talla.
Cuatro días después, sin saber nada de ellos, entraron donde se alojaban y no hallaron más rastro que la escultura de la virgen, que acabaría siendo la Virgen de los Desamparados, de ahí la parte mística,
ya que se decía que eran cuatro ángeles que habían venido a hacer la imagen como consuelo para todos los desvalidos.
Hoy en día es la patrona de Valencia. Fue creada para reposar en horizontal, colocándose sobre el féretro del difunto, por ese motivo tiene la cabeza inclinada hacia abajo y se la conoce con el apodo cariñoso de la Geperudeta, por la especie de joroba que se forma en la espalda al mirar hacia abajo.
Era costumbre de la época dejar expuestos los cadáveres de los ejecutados y no se les podía enterrar en campo sagrado.
Parece muy del medievo, pero la práctica no desapareció hasta casi 1800.
Al principio, eran dejados en la plaza principal del pueblo, como ejemplo y advertencia para todo el que viera, pero cuando pestes y epidemias se fueron sucediendo, consideraron a bien hacerlo a las afueras de la ciudad, concretamente en la zona del Carraixet,
que actualmente pertenece al municipio de Tavernes Blanques.
En 1414, la cofradía recibe el privilegio de no solo atender a enfermos mentales y otras obras de caridad, sino que también se les permite asistir a los condenados a muerte hasta su ejecución, para darles consuelo, cuidados y la posibilidad de redención.
En 1416 se amplían sus derechos y se les permite descolgar o recoger los restos de los cadáveres de los ajusticiados y darles sepultura, lo cual hacían el 24 de febrero, día de San Matías, después de una procesión de la Virgen de los Desamparados.
En 1447 se construye en el Carraixet una ermita para la virgen y dos cementerios, uno para desvalidos e inocentes y otro para ajusticiados.
El lugar se acabó conociendo como el cementerio de los ajusticiados.
Después de eso hay muchas idas y venidas entre reyes e iglesia, pero vamos, resumiendo la parte que nos interesa sobre su origen y tradición, esto sería todo.
—Anita coge una botella de agua y le da un buen trago.
—Bebe, hija, bebe, que te habrás quedado seca, y ponte colirio, porque se te habrán secado hasta los ojos de tanta información.
—Incluso a Anita le da la risa. La verdad es que necesitamos un poco de distensión después de la retahíla que nos acabamos de tragar—.
Recapitulamos luego. Durán, cuéntanos qué has averiguado tú y así, entre todos, montamos el cuadro completo.
—Pues nos vamos de vírgenes a putas, casi da para el título de una peli.
Lo primero ha sido buscar a alguien que hubiese conocido a la víctima en sus tiempos mozos.
Empecé por buscar dónde vivía, pero lo de los contratos de alquiler legales no estaba muy de moda décadas atrás, así que me enfoqué en localizar dónde se concentraba mayoritariamente la prostitución en Barcelona en los años setenta y ochenta.
Principalmente se ubicaba en el antiguo Barrio Chino, lo que hoy conocemos como El Raval, y como arteria de mayor afluencia la calle d’en Robadors.
Gracias a internet, hoy no hace falta pasearse por allí para consultar servicios y tarifas, así que me puse a llamar.
Ninguna conocía de nada a Virtudes Martorell; después de muchos ofrecimientos de oferta especial, decidí cambiar de táctica y empecé a preguntar si sabían de alguien mayor que siguiera ejerciendo.
En eso se pusieron todas de acuerdo, si alguien me podía ayudar era la Jefa.
La llamé y nos tocó el premio. Mariana, que así se llama la Jefa, es una adorable señora de sesenta y nueve años que sigue en activo, la cual, además, tenía muchas ganas de hablar.
No solo la conoció, sino que vivieron juntas muchos años.
Me ha contado que llegó de un pueblecito de Andalucía en 1972, con solo dieciséis años, creyendo, como mucha gente en aquella época, eso que decían de que en Cataluña atábamos a los perros con longaniza.
Lo que encontró nada tenía que ver con lo que contaban, solo había miseria, hambre y una desigualdad social como solo conocen las ciudades grandes.
Cuando se vio en la calle, solo le quedó dedicarse a aquello por lo que sí le querían pagar.
Ahí conoció a Virtudes, pero nadie la llamaba así, todos la conocían como la Cachetes, y en aquel momento tenía dieciocho años y un bombo como el de la lotería.
—¿Estaba embarazada? —lo interrumpo con la esperanza de que hayamos encontrado algo interesante.
—Correcto. Virtudes vivía en un pisucho en la calle Sant Ramón, pero le ofreció cobijo a Mariana a cambio de que, cuando ella tuviese que parar unos meses por el inminente parto, se hiciera cargo de la comida y de mantenerlas a ambas.
Así lo hicieron. Virtudes no dejó de trabajar hasta el mismo día en que tuvo al bebé.
Eso me extrañó y entonces Mariana me explicó el origen de ambos nombres de guerra.
A Virtudes no la llamaban la Cachetes ni por sus mejillas ni por sus nalgas.
En aquella época, irse de putas era lo más normal del mundo, algo que se podía comentar con los amigotes desayunando un lunes cualquiera en un bar.
Pero prácticas como el bondage o el sado eran vistas como algo marginal, de pervertidos y depravados.
Virtudes vio que, por mucha moral que destilaran los clientes, eran muchos los que tenían gustos e intereses que no satisfacían otras chicas, y lo aprovechó.
De ahí el apodo, daba y recibía cachetes y otras prácticas impensables para el momento, que no voy a comentar.
Para esos clientes, la barriga no era un problema, era más bien un aliciente morboso.
Mariana entendió muy bien la lección que le ofrecía la maestra, pero, viendo que había de todo, decidió quedarse con los que querían cobrar.
Puestos a dar o a recibir, eligió ser ella la que castigara, de ahí la Jefa.
En la actualidad es lo que se conoce como una dominatriz.
—¿Con sesenta y nueve años? —Pienso en mi madre y tengo que sacudir la cabeza para borrar esa imagen.
—En sus propias palabras, las putas no tienen derecho a jubilación.
Voy a lo relevante, que me desvío. Menos de un mes después de empezar a vivir juntas, Virtudes se puso de parto.
Hasta 1986, si querías un médico: o tenías un trabajo legal con seguro de enfermedad o lo pagabas.
Ellas no tenían ni lo uno ni lo otro. En el barrio tenían a una especie de partera, una mujer que había venido años atrás de Galicia, donde había ayudado a parir a muchas vacas.
Así que cuando alguna se encontraba en esa situación recurrían a ella.
El parto fue horrible, era una niña grande y sacarla fue muy complicado.
La madre tuvo que reposar varias semanas por los desgarros y los puntos.
Nunca cogió a la niña, era Mariana la que la alimentaba como podía con leche de vaca diluida.
Dos semanas después de nacer la niña, un día que salía para el mercado, le extrañó ver llegar a uno de los clientes habituales de la Cachetes, ya que sabía que apenas se podía mover de la cama.
Cuando volvió con la compra, la niña no estaba y en su lugar había un buen fajo de billetes.
—La vendió. ¿Se acordaba de algo de ese cliente?
—No recuerda quién era porque no lo conocía mucho; era de los que daban y ella no lo atendía nunca.
Solo sabe que era un tío alto, rubio, guapo y que tenía pinta de tener dinero y buena educación.
También que viajaba mucho porque iba por temporadas, no de manera regular.
La cuestión es que Virtudes le dijo que se hiciera a la idea de que no había existido niña alguna y jamás volvió a mencionarla.
La mala suerte o, científicamente hablando, la falta de profilaxis, hizo que a los cuatro meses de parir, a la primera, volviese a quedarse embarazada.
Mariana supone que tenía los mismos planes para la segunda criatura que para la primera, solo que esta vez no le sonrieron los astros.
En 1973 tuvo un niño al que no se molestó ni en ponerle nombre.
Fue la Jefa quien, en honor a su padre, le puso Antonio, y también la que se encargó de que no se muriese de hambre.
En cuanto estuvo recuperada, Virtudes volvió al trabajo.
El niño, cuando Mariana no podía atenderlo, estaba metido en un cuartucho tamaño armario.
Si lloraba se subía la música y en paz. Jamás pisó un colegio; para cuando cumplió nueve años, la pobre mujer me contó que le compró una televisión para que se enterase menos del trabajo que tenían ella y su madre, pero, a pesar de su falta de escolarización, Toni, que así le llamaban,
siempre fue un chico listo, además de muy grande.
Con trece años, pasaba del metro ochenta y tenía la espalda del tamaño de una puerta doble, así que pasó a ser una especie de chulo y guardaespaldas de ambas mujeres, aunque no era su única ocupación.
Empezó a juntarse con gente que se dedicaba al juego y las apuestas ilegales.