CAMINO
Suena el despertador. Son las ocho de la mañana y tengo algo parecido a una resaca.
No sé si ya no tengo edad para estos excesos o es la sobrecarga mental la que hace que me vaya a estallar la cabeza.
En una hora tengo que estar en comisaría, comienza la misión «buena cara», pero, antes, un par de cafés.
Hoy no me llega ningún olor desde la cocina y estoy yo sola en la cama.
Al bajar, me encuentro una nota de Sergio pegada a la cafetera.
Me dice que se ha ido con los chicos a ver un partido de fútbol y comerán fuera.
También me desea un buen día. La verdad es que Sergio es un gran amigo y padre.
Aquello en lo que fijas la atención se acaba convirtiendo en lo más importante.
Los cafés son rápidos, igual que la ducha, hoy no me da tiempo a entretenerme cantando.
Cuando cruzo la puerta de la zona de trabajo, son las nueve en punto, pero al entrar me encuentro a Anita ya sentada a su mesa, con el ordenador encendido.
Esta chica iba para militar, pero equivocó la carrera.
Durán no ha llegado todavía. Me alegro, eso me dará la oportunidad de ser yo hoy la que lo reprenda, lo malo es que no me da margen, porque aún estoy acabando de pensar en lo que le voy a decir cuando entra por la puerta como si lo persiguiera el demonio.
—¡Jefa!
—Buenos días a ti también. —Le sonrío—. No hace falta que corras, que, por dos minutos, no te voy a expedientar.
—No es eso. —No me devuelve la sonrisa, así que algo pasa—. Anita, por favor, pon las noticias en directo en el ordenador.
—¿Algún canal en concreto?
—El que te dé la gana, está saliendo en todos.
Busca uno con emisión en directo, lo pone y enciende los altavoces.
En la pantalla aparece una reportera informando sobre la aparición de un cadáver en el distrito de Villaverde en Madrid.
Según explica, podría tratarse de un sintecho que, tratando de buscar cobijo en la parroquia, hubiese muerto de hipotermia, debido a las bajas temperaturas que se registraron anoche en la capital.
Señala también que de momento se descarta una muerte violenta ante la ausencia de rastros de sangre o violencia en el lugar donde lo han hallado.
—¿Otra iglesia? Podría ser casualidad.
—No lo creo, jefa. Ahora no han dicho el nombre, pero mientras venía hacia aquí sí lo he oído en la radio. Lo han encontrado en la Parroquia de Nuestra Señora de los Desamparados. ¿No os recuerda a nada?
—Es la congregación que lleva el asilo donde encontraron a la primera víctima —dice Anita mientras revisa el informe.
—No es solo eso. —Me quedo con la mirada clavada en la pantalla—. Fijaos en la estatua que tiene detrás la periodista.
—Es la misma a la que supuestamente le rezaba la señora Virtudes, ¿no?
—Exactamente, Durán. Están dejando los cadáveres de las víctimas delante de la Virgen de los Desamparados.
—Pero el primero no. —Anita vuelve a rebuscar en las notas—. La estatua donde dejaron el cuerpo del asilo era una santa, santa Teresa Jornet.
—Durán, dame las fotos del primer escenario, por favor.
Va a buscarlas y me las trae. Voy pasando una por una y esta vez sí me fijo bien en todas. No tengo claro si lo he imaginado o en alguna he visto lo que creo. Debo llevar más de veinte fotos cuando lo veo. No, no le he soñado.
—Anita, ¿están digitalizadas las fotos?
—Por supuesto, inspectora.
—Búscame esta. —Se la enseño y veo cómo empieza a abrir carpetas y archivos hasta que la pone en pantalla—. Perfecto, ahora necesito que hagas un zoom a la puerta de entrada, al arco superior. Ahí está, ¿la veis?
Les señalo la imagen. En la parte superior del arco que rodea la puerta de entrada, en el centro, justo en medio del nombre del lugar, hay una escultura en relieve.
—¡Es la misma virgen!
—Así es, Durán. No la dejó a los pies de santa Teresa Jornet. La colocó justo delante de la Virgen de los Desamparados.
Justo en ese momento escuchamos hablar a la periodista con cierta alarma en la voz.
Anita sube los altavoces y podemos oírla decir que le acaban de comunicar que esta misma mañana ha aparecido también otro cadáver en la zona de Atocha, dentro de la Parroquia Santa Cruz.
Comenta que, aunque no tienen aún más datos, las autoridades barajan una posible sobredosis por el estado de la víctima y que seguirán informando cuando dispongan de más datos.
—¿Os jugáis algo a que lo han dejado delante de la misma virgen y ambos tienen un agujero sin bala en el corazón?
—Pero es Madrid, jefa. Si han hecho lo mismo en todo, deberían haberlos inmovilizado y drogado mucho tiempo antes de la muerte.
Por la hora de las cámaras donde se ve a la sospechosa dejar a la anciana en la iglesia, es imposible que dejara el paquete, llegara a Madrid, secuestrara y drogara a dos personas para dejarlas esta madrugada a cada una en una punta de la capital.
—Atocha y Villaverde no están lejos. De madrugada, con parafernalia de traslado de cadáveres incluida, se tardan menos de veinte minutos en coche. Igualmente, son demasiadas cosas que hacer en poco tiempo, podría ser un equipo más grande.
—¿Más asesinos? Definitivamente, de esta nos van a tener que subir el sueldo.
—No me preocupa el sueldo ahora mismo, amigo. Lo realmente jodido es que no tenemos ni idea de cuántos son ni de por qué lo hacen ni cómo escogen a las víctimas. Y lo que es infinitamente peor: si piensan parar. ¿Sabemos quién lo lleva?
—A esta hora… —Anita mira el reloj—. Los deben estar llevando a cada uno donde corresponda para hacerles la autopsia. Supongo que en cuanto se encuentren el percal se meterá la policía judicial y se harán cargo.
—De acuerdo, les daremos unas horas y me pondré en contacto con ellos.
Mientras, vamos a adelantar faena. Hay dos cosas importantes que podemos investigar.
La primera: Anita, quiero saber qué tiene de especial esa virgen.
Todo, historia, milagros, tradiciones, fotos, todo lo que sea posible encontrar. Hablas con el papa, si hace falta.
—Entendido, inspectora.
—Durán, durante la autopsia de la mujer, Jimena descubrió que, a pesar de que los registros oficiales dicen lo contrario, la buena señora dio a luz, mínimo, dos veces.
En algún sitio tienen que estar esos niños, bueno, adultos ya.
En su piso no vas a encontrar nada. Hay que averiguar dónde vivía y ejercía hace cuarenta o cincuenta años.
Ahí seguro que alguien se tuvo que enterar de la existencia de esos partos y de esos bebés, sobre todo, a ser posible, qué fue de ellos.
—Hecho, jefa.
—Mientras, voy a intentar averiguar cuánto sabe la prensa. Tengo un buen amigo periodista en la agencia EFE y nadie mejor que ellos sabe lo que se está cociendo en todos los medios.
—Perdone el atrevimiento, inspectora, ¿pero no intentará obtener él información a cambio?
—Tranquila, Anita, es periodista deportivo. Le interesan tanto los crímenes como a mí el fútbol, pero lleva más de treinta años trabajando ahí y se entera de todo. Hay que tener amigos hasta en el infierno.
—Lo tendré en cuenta, jefa. A ver si con suerte me echo yo un amigo en Hacienda.
—No seas malo, Durán, Hacienda somos todos, menos a los que amnistían después de defraudar millones, esos no cuentan. Venga, al lío.
Durante horas veo a los dos trabajar sin descanso, teclean, llaman, leen.
Yo, en primer lugar, compruebo que nos han concedido el secreto del sumario.
Efectivamente, lo tenemos. Bonet sigue galopando.
A partir de ahí, paso mucho rato esperando.
Localizar a Pedro me lleva un tiempo. Cuando por fin lo consigo, le cuento lo que necesito saber.
Me pide un margen para hacer unas llamadas, así que me toca a mí ser la que espere la suya.
Probablemente no tarda tanto, es solo que la paciencia nunca ha sido uno de mis puntos fuertes.
Antes de descolgar, estoy segura de que tiene la información que le he pedido.
Los números de teléfono que tiene en su agenda harían temblar a más de uno.
Lo que me cuenta no me gusta. Los hallazgos tienen a todo el sector a la caza de información.
Los más serios se basan en la suposición lógica de que tres cadáveres —ellos no saben que son cuatro— en dos días, en lugares religiosos, no pueden ser una casualidad, aunque las fuentes oficiales se esfuercen en catalogar los dos últimos como muerte natural o accidente.
Los carroñeros ya son otro cantar. Van desde conspiración de los poderes judiciales para ocultar la verdad al pueblo hasta ovnis.
El peor, con diferencia, es un programa previsto para emitirse esta noche, del que Pedro me ha conseguido la escaleta.
Entre las diferentes opciones que consideran, la que defienden con más ahínco es que es algún tipo de justicia divina, concretamente la segunda venida de Cristo anunciada en la Biblia, y que está eliminando a aquellos que han sido juzgados como impíos,
para destruir el pecado y así establecer el nuevo milenio de paz, donde solo los justos tienen cabida.
Automáticamente me viene mi madre a la cabeza, se pondrá a rezar por mi salvación como una loca.
Empiezo a pensar que sería mejor que supieran que hay un grupo de perturbados matando gente para así no fomentar todo tipo de teorías apocalípticas.
No tengo claro si prefiero la alarma social a una panda de fanáticos anunciando que ha llegado el Armagedón.
Sea como sea, la rueda ya está girando y no hay quien la pare.
Mientras solo especulen y a nadie se le ocurra filtrar ningún dato relevante, podremos considerar que lo tenemos bajo control.
Levanto la vista y veo que ambos parecen haber encontrado lo que buscaban.
—Chicos, ¿nos sentamos y compartimos información?
Nos metemos en la pecera y les explico todo lo que me ha contado mi amigo. La mayor parte era de esperar, pero lo de que consideren a Jesucristo el sospechoso más plausible es otro cantar.
—Madre mía. No veo yo a Cristo descuartizando gente y metiéndola en bolsas.
—Ni yo, Durán, ni yo. Pero esta gente acusaría a sus madres de terroristas por conseguir audiencia. En fin, ¿vosotros, qué tal? Anita, ¿tú qué tienes?
—Un gran dolor de cabeza. Debería ser sencillo encontrar la historia de una virgen, pero entre leyendas, datos históricos y la parte mística, con la iglesia hemos topado.