Salvación, camino y otras mentiras CAMINO #3
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CAMINO #3

De vez en cuando llegaba a casa con un ojo morado o el labio partido y los nudillos destrozados.

Mariana lo curaba y le decía que dejara esa vida, a lo que él siempre le respondía que la que tenía en casa no era mejor.

Al cumplir quince años, simplemente se fue y nunca volvieron a saber de él.

La única nota de despedida que dejó fue para Mariana, agradeciéndole todo lo que le había cuidado y querido; a su madre solo la mencionó cuando le contó a la Jefa que le había dicho que tenía un cliente que estaba interesado en él y que fuese amable la próxima vez que viniera,

y que eso había sido lo último que había podido soportar.

Mientras me contaba todo esto, todavía se le quiebra la voz al hablar de él, supongo que fue lo más parecido a una madre que tuvo ese chico y para ella fue el hijo que nunca parió.

Resumiendo, es lo que sabemos, que se llama Toni y que, si sigue vivo, debe tener unos cincuenta y tres años.

—Dios mío, qué infancia tan horrible. —Veo como Anita está sobrecogida ante el horror de lo que acaba de explicar Durán—. ¿Cómo puede hacer algo así una madre?

—Es terrorífico, la verdad, y por desgracia pasaba y pasa más de lo que nos enteramos. Perfecto, gran trabajo los dos. Ahora por fin empiezo a ver la imagen del cuadro.

—Pues ilumínanos, jefa, porque yo no veo la relación entre una virgen, un maltratador y una prostituta. Parece un chiste malo, de esos de «un español, un inglés y un francés, van por la calle Sierpes de Sevilla a las tres de la tarde».

—Nada de chiste, Durán, al contrario. Al principio pensábamos en el borracho maltratador y en la prostituta como pecadores, que los ponían en una iglesia o frente a una virgen como acto de redención.

Pero, después de lo que me habéis contado, la cosa cambia.

La adorable y buena ancianita ha resultado ser una maltratadora y abusadora infantil.

No son sus pecados contra Dios lo que los ha condenado, son sus delitos contra otras personas a las que han hecho daño.

Por eso los han matado y colocado frente a esa virgen en concreto, porque era la única a la que tenían derecho los maleantes condenados a muerte que eran ejecutados.

No los están matando, los están ajusticiando.

Si no me equivoco, las dos víctimas de Madrid tendrán de santos lo que yo de pastelera.

Nos quedamos los tres en silencio, asimilando y estructurando todo lo que acabamos de entender, pero, sobre todo, las posibles consecuencias de estar en lo cierto.

Si algo sobra en el mundo es gente malvada y cruel, lo que proporciona al equipo de justicieros divinos un público objetivo incalculable.

No nos da tiempo a comentarlo porque suena el teléfono. Anita lo coge y me llama.

—Inspectora, preguntan por usted.

Me pasa el teléfono y contesto:

—Buenas tardes, soy el inspector jefe de la UDEV de Madrid, Diego Alcázar. ¿Hablo con la inspectora Elisheba Salinas?

Me veo tentada de corregirle el nombre, pero, por más que me pese, es el que pone en mi DNI.

—Correcto, ¿en qué puedo ayudarle, inspector jefe?

—Como ya sabrán a estas horas, han aparecido dos cadáveres en Madrid.

El primero teníamos claro que no había sido muerte natural porque, aunque no se ha revelado a la prensa, le habían cortado una mano y se la habían metido en el bolsillo.

El segundo sí que, en un principio, parecía haber sufrido una sobredosis.

Al empezar a hacer las autopsias, en ambos casos han encontrado un agujero de bala a la altura del corazón, pero sin bala y sin evidencia alguna de haber sido extraída.

Ante la situación, se ha decidido transferir las diligencias de la investigación a la policía judicial y aquí entramos nosotros.

Al hacer una búsqueda, hemos encontrado que tienen dos casos en curso con evidentes similitudes.

—Así es. Hemos avanzado bastante, pero nos queda mucho.

—De ahí la petición que quiero hacerle. En este momento están trasladando los cuerpos hasta aquí para que nuestra forense pueda examinarlos y, aunque no es el protocolo habitual, me gustaría proponerle hacer lo mismo con los cadáveres que tienen allí y…

—¿Pretenden quitarnos el caso? —Me acabo de pasar todos los rangos y oficialidades por el forro, pero si piensan que les vamos a dar nuestro caso y nuestro trabajo van listos.

—No me ha permitido acabar de contarle la propuesta, inspectora. No queremos trasladar solo los cadáveres, nos gustaría que tanto usted como su equipo, y si fuese posible también su forense, pudiesen venir y que podamos colaborar. Juntos, quizás nos sea más fácil pillarlo.

—Pillarlos, mínimo son dos o tres.

—Por eso mismo, toda la información que ya tienen nos ayudará a avanzar más rápido; y además ha cambiado de territorio. ¿Qué me dice, inspectora? ¿Acepta la colaboración? Si me dice que sí en media hora un helicóptero recogerá los cuerpos y les organizaremos el vuelo y el hotel.

El tal Diego Alcázar tiene una voz profunda, segura, cuesta decirle que no.

Pero no es eso lo que me motiva, este es mi caso, nuestro, y además yo he hecho una promesa.

No pienso cedérselo a nadie. Puede que unos días en Madrid me sienten bien, pero, sobre todo, me muero de ganas de pillar a estos iluminados.

—Acepto.

—¿Cuánto tiempo necesitan para prepararse para el viaje?

—Un par de horas.

—Perfecto. Lo prepararemos todo y les enviaré los billetes de avión. Irán a recogerles el aeropuerto. ¿Puede darme su número de móvil?

Se lo doy y quedamos en vernos dentro de unas horas. Cuanto cuelgo tengo dos pares de ojos mirándome fijamente. Durán tiene los brazos cruzados sobre el pecho en clara muestra de enfado.

—¿En serio nos van a quitar el caso?

—No, Durán. ¿Tenéis planes importantes para los próximos días? —Ambos niegan despacio con la cabeza—. Genial, porque nos vamos a Madrid.

—¿Cuándo?

—En menos de tres horas. Id a casa, coged lo indispensable y nos vemos aquí lo antes posible. A mí aún me queda convencer a Jimena.

—¿No cree que quiera venir, inspectora?

—No es eso. Es que no creo que le haga gracia dejar su sacrosanto lugar de trabajo y menos aún tener que compartir reino y reinado con otra forense. A ver qué consigo, daos prisa, que no tenemos mucho tiempo.

Durán y Anita recogen y se marchan. Ninguno de los dos ha puesto una sola pega.

La verdad es que tengo un equipazo, sin ellos nada sería lo mismo.

Pensando en el equipo, me acuerdo de Jimena y cojo el teléfono para llamarla, pero no me da tiempo.

Antes de acabar de buscar su número me entra una llamada. Es ella.

—Hola, Jimena.

—¿Me puedes explicar por qué hay aquí unos tíos de Madrid que dicen que vienen a llevarse mis cuerpos? —Está enfadada, muy enfadada.

—Amiga, te tengo que contar, pero prométeme tener la mente abierta.

—Que lo sueltes.

—Nos vamos a Madrid, tú también.