Salvación, camino y otras mentiras CAMINO
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CAMINO

—Ya estoy aquí. Espero que valga la pena, porque empiezo a dudar de cuál es mi trabajo. Si no fuese porque no llevo pasajeros, creería que soy taxista.

—Vale la pena, créeme. —Me da un abrazo—. ¿Quieres desahogarte primero? Te veo preocupada.

—Lo estoy, pero no. Dime lo que sea, porque te juro que estoy perdidísima. Después me tomo con gusto ese café y te cuento.

—Pues vamos al lío. Sígueme.

—¿A dónde?

—A la mesa de autopsias. Si te lo explico no te lo vas a creer, por eso he decidido hacerte una demostración en directo.

—Sé que eres la mejor, Jimena, pero matar a alguien solo para demostrar tu teoría me parece que excede la profesionalidad.

—¡No voy a matar a nadie! Solo a rematarlo. Venga, va, que me muero de ganas de enseñártelo.

Sin darme posibilidad de réplica, me coge de la mano y me arrastra a la sala de autopsias. Hay alguien o algo en la mesa, pero no lo veo porque está cubierto por una sábana. Jimena se coloca al otro lado y, como si fuera un mago a punto de realizar el truco de su vida, tira de la tela.

—¡Tachán!

—Pero ¿qué me estás contando? —Si no se me han salido los ojos, mi mandíbula debe estar rozando el suelo—. ¿Eso es un cerdo?

—Justo. Un ejemplar magnífico.

—Y enorme, Jimena, enorme. ¿Qué piensas hacer con semejante bicharraco?

—Enseñarte cómo mataron a las víctimas. Hemos tenido suerte. Este pobre murió de una enfermedad, así que no tiene heridas.

—Porque explicármelo y ya está no te parece suficiente, ¿no, amiga?

—Me he roto los sesos buscando entre miles de opciones hasta dar con la correcta. No me fastidies el show, que me lo he ganado.

Le hago una reverencia de estilo medieval y me coloco frente a ella, dispuesta para ver el macabro espectáculo.

La veo acercar una mesita auxiliar con diferentes herramientas de disección y otros aparatos que he visto un montón de veces, pero entre ellos hay uno que no había visto nunca.

Es una especie de tubo cilíndrico, metálico, de unos treinta o treinta y cinco centímetros de largo, con una palanquita roja en la parte superior.

Jimena lo coge y me lo muestra, como si fuese una vendedora de fiambreras.

—Querida inspectora, le presento el arma del crimen.

—Me lo vas a explicar, ¿verdad? Porque no veo yo cómo una barra de metal hace un disparo de bala.

—Justo por eso tenías que venir y verlo por ti misma, mujer de poca fe.

—Se ríe ella sola y empieza su explicación—.

Lo que estás viendo se llama pistola de bala cautiva; para ser más exactos, es un aturdidor de perno cautivo penetrante accionado por aire comprimido.

Este artilugio se diseñó para el sacrificio de animales de granja para consumo humano.

Aunque pueda parecer todo lo contrario, en realidad su objetivo es minimizar el sufrimiento del animal durante la matanza.

Al ser carne que va a ser ingerida, no se puede utilizar ningún tipo de sedante químico del que pudiesen quedar restos, ya que luego tú te los comerías en la hamburguesa de turno; y desangrar a un animal hasta la muerte no es ni rápido ni indoloro. Por eso inventaron esto.

—Fíjate que creo que después de esto voy a tardar bastante en comer carne. —Solo la explicación me está girando el estómago.

—Ya lo siento, pero aún falta lo mejor. —Continúa con su demostración—.

La cuestión: el objetivo de este aparatito es dejar al animal en estado comatoso para que no sienta dolor mientras se desangra.

Se coloca aquí, en la cabeza, y con un solo clic le atraviesa el cerebro y lo deja desconectado; así, ni siente ni padece.

La veo colocarlo en la frente del cerdo y apretar la palanquita roja. El ruido que hace es fuerte y breve, pero ni de lejos se parece al que haría una pistola de verdad. Cuando lo aparta de la cabeza del pobre bicho, hay un agujero del mismo tipo que el de las víctimas.

—Claro está que no soy experta en anatomía porcina, así que probablemente no se coloque justo así. Los que se dedican a esto sí saben el punto exacto donde ponerlo para que atraviese el cerebro por donde es necesario para aturdir lo suficiente al animal.

—Decidido, me acabo de hacer vegetariana. —De hecho, creo que estoy a punto de vomitar o de llorar, no lo tengo claro.

—La mayoría lo seríamos si viésemos el proceso que ocurre desde que el animal se mueve y respira hasta que llega un trocito de filete en una bandejita al súper.

Forma parte de la magia de la mente humana.

En tu realidad esa hamburguesa que te ponen en el pan no tiene relación alguna con un bichito rosa juguetón, así te la puedes comer sin culpabilidad ni pena.

—Hubiese preferido seguir viviendo en mi ignorancia. Lo importante, ¿y la bala?

—Dale con la bala, que no hay bala. Es un perno metálico de la misma cilindrada que una bala, pero que sale y vuelve a entrar. Te lo enseño.

Sujeta el cilindro apuntando hacia fuera y aprieta la palanca. Es muy rápido, pero veo cómo sale una barra de metal puntiaguda y se vuelve a meter dentro del tubo.

—Por eso no había ni bala ni pólvora, pero sí agujero con cauterización. —Jimena vuelve a accionar la palanca apuntando al aire—. Sale con tanta fuerza que quema los bordes al penetrar.

—Impresionante, pero has dicho que es una herramienta aturdidora, se supone que luego tienen que desangrar al animal. ¿Por qué a las víctimas sí las mató?

—Segunda parte de la exhibición y esta es aún más reveladora, ya verás, pero antes necesito que me ayudes.

—¿A qué?

—A darle la vuelta al cerdo.

—Estás de broma, Jimena. No pienso tocar eso.

—Pues te quedarás sin saber una información vital para tu investigación y, antes de que preguntes, no, no te lo pienso contar. O te lo enseño o nada.

—¿Y tú dices ser mi amiga? Jimena, por favor, que me da mucho asco…

Se cruza de brazos con una sonrisa de oreja a oreja.

Sabe que ha ganado. Bajaría al infierno si allí estuviese la pista que me ayudase a seguir.

Cojo un par de guantes y me pongo a darle la vuelta al cerdo.

Entre las dos, con mucho esfuerzo, conseguimos ponerlo panza arriba.

No tenía ni idea de lo que pesan estos animales.

—Gracias, otro día de gimnasio que queda compensado. —Entre escaleras y cerdos estoy considerando seriamente la suspensión temporal de la cuota.

—No te quejes, que empieza lo realmente emocionante.

Me ha tocado echar un vistazo a la anatomía de los cerdos, para asegurar el tiro, nunca mejor dicho.

Resulta que los amigos de colita rizada tienen una distribución musculoesquelética y cardiorrespiratoria casi idéntica a la de los humanos, con sus diferencias, obviamente, empezando porque caminar a cuatro patas y no a dos comprime bastante el espacio torácico, pero nos servirá.

Como podrás imaginar, el corazón tiene su propio sistema de protección, no es un órgano que pueda ir por la vida expuesto a llevarse un golpe.

Tanto cerdos como humanos tenemos costillas y esternón, con sus respectivos músculos, que conforman una especie de armadura.

Por lo que respecta al lugar que ocupa el corazón, la mayoría de las personas tiene una idea equivocada.

Si bien es cierto que está en medio de la parte superior de ambos pulmones, un poco más hacia el lado izquierdo que totalmente en el centro, ni está a la izquierda ni lo protege por completo el esternón y las costillas y, por supuesto, no es redondito y con forma de huevo por abajo.

De hecho, la parte baja del corazón, el pericardio, es más puntiaguda que ovalada y se desvía mucho más del centro de lo que la gente cree.

—Toda esta lección de anatomía, con bicho muerto incluido, tiene una finalidad, ¿verdad?

—Por supuesto, no me interrumpas, que pierdo el hilo.

—Modo profesora encendido—. A lo que iba, como la gente tiende a colocarlo imaginariamente donde no va, la mayoría de las puñaladas o disparos las recibe el ventrículo derecho, por suponerlo más arriba, o el pericardio, que suele pillar de rebote cuando apuntan a la barriga.

Cualquiera de esas dos lesiones hubiese podido suponer un problema, bien porque la víctima hubiese tardado mucho tiempo en desangrarse o porque el pericardio se hubiese taponado, lo que puede ser potencialmente mortal,

pero también puede aumentar la probabilidad de supervivencia de esa persona si consigue llegar a un hospital.

Ninguna de las dos hubiese provocado una muerte casi instantánea e irreversible.

—De acuerdo, ahora, tradúcelo a mi idioma. —Tanto término médico me está volviendo loca.

—Cuando examiné los cadáveres, me fijé en que los orificios estaban, anatómicamente hablando, exactamente en el mismo sitio, así que necesitaba entender por qué. Demostración visual.

No me da tiempo a oponerme. Antes de poder abrir la boca, Jimena ha cogido la pistola, la ha colocado en una marca que tenía el cerdo dibujada en el tórax y ha disparado.

—Ponte la pantalla protectora en la cara. No creo que salpique mucho, pero por si acaso.

—No pensarás abrirlo, ¿no?

—A ver, Eba. Si no lo abro, todo el rollo que te acabo de soltar solo te va a servir para ganar el quesito verde del Trivial.

—Joder, Jimena. Si lo sé no vengo.

—Me lo agradecerás, aún no lo sabes, pero lo harás.

Dicho esto, coge el escalpelo y le hace al animal un corte de arriba abajo.

Sí, salpica y mucho. En vez de borrarme del gimnasio voy a tener que añadir a mis cuotas mensuales a un buen psicólogo, esto me va a dejar trauma, seguro.

Como siempre, he pensado antes de tiempo, porque lo que empieza a hacer ahora es infinitamente peor.

Mientras mantiene ambos lados de la carne abiertos como un libro a medio leer, ha cogido una especie de sierra mecánica y le está cortando las costillas y separando el esternón.

Vegetariana no: vegana, directamente. Cuando termina la escena de la matanza de Texas, deja la sierra y coge otro bisturí y una especie de pinzas y la veo empezar a trastear en el interior de la pobre criatura, hasta que, con rostro triunfante, saca una mano en la que sostiene un corazón.

Yo esto no lo supero.

—¡Aquí está! ¿Ves el orificio?

—Lo veo, lo veo, quisiera no hacerlo, pero lo veo.

—No seas quejica, acércate, que te enseño lo importante.

Me acerco, aunque lo que me apetece es salir corriendo, me acerco a ver lo que Jimena tiene que enseñarme. Más le vale que sea revelador, porque, si no, verla en modo Jack el Destripador va a dejar secuelas en nuestra amistad. La próxima vez que venga a cenar a casa le pongo cuchillos de plástico.

—Fíjate en las costillas y en el esternón. ¿Ves alguna marca?

—No, no hay ninguna.

—¡Exacto! La pistola de bala cautiva tiene fuerza, pero no alcanza, ni de broma, la velocidad de una bala de verdad.

Cualquier choque lateral con un hueso hubiese podido desviar la trayectoria o disminuir la profundidad de perforación.

Los pernos, en ambos casos, pasaron exactamente entre la tercera y cuarta costilla a dos centímetros del esternón, lo cual no solo evitó obstáculos, sino que hizo que el proyectil se clavara perfectamente en el punto preciso, la mitad superior de la arteria coronaria izquierda anterior.

Para que lo entiendas, con ese disparo, aunque se los hubiesen hecho dentro de un quirófano, no los hubiese salvado ni el doctor House.

Una vez puede ser casualidad, dos es un cálculo milimétrico.

Hace falta saber mucho de anatomía humana para hacer algo así.

—Necesito procesar todo esto. ¿Estamos buscando a una pareja de médicos sádicos asesinos?

Al menos uno lo es o ha estudiado Medicina. No es algo que pones en Google y te marca el punto correcto.

—No creo que pueda comprobar la coartada de todos los médicos de la zona.

Hacen falta muchos más para que la sanidad pública funcione como se merece, pero, para interrogarlos, se me van de las manos.

Lo que puedo intentar es averiguar si alguno de los fallecidos tuvo algún problema con médicos u hospitales.

Es muy rebuscado, pero quién sabe lo que puede estar dispuesto a hacer alguien que se juega la carrera.

—Se puede probar. ¿A que ahora ya no te parece tan malo mi espectáculo?

—Ha sido horrible, Jimena. Voy a tener pesadillas contigo, con una sierra en una mano y un corazón en la otra. —Me pone cara de psicópata y se ríe—. Por cierto, ¿cómo de fácil o difícil sería conseguir un arma de esas? ¿Podríamos rastrear la compra?

—Solo en España hay más de seiscientos mataderos en los que trabajan más de cien mil personas, por no hablar de internet, compras bajo mano, etc. Dudo mucho que por ahí vayas a encontrar algo.

—Te juro que me dan ganas de cogerme la baja. Cada dato que encontramos nos lleva a un callejón sin salida. Y ahora, encima, lo de Bonet. No sé si voy a poder con todo esto.

—¿Bonet? ¿Qué pasa con Bonet?

—Eso era lo que quería contarte. Hace un rato, cuando hemos acabado la reunión, me ha cogido para hablar a solas. Tiene cáncer, Jimena, en estadio cuatro. Se muere. —Al decirlo en voz alta, los ojos se me han vuelto a llenar de lágrimas.

—Vale, amiga. Ahora sí necesitas ese café y este hombro mullidito que tengo. —Me abraza y me permite llorar, con ganas, hasta que me calmo—. Ven, vamos a la salita y me cuentas tranquilamente.

—Antes déjame llamar a los chicos, los pongo al tanto de todo y los mando para casa. Hoy no vamos a poder hacer más y todos necesitamos descansar.

Llamo a Durán y Anita y les cuento las novedades.

Ambos agradecen poder irse a casa e intentan, cada uno a su manera, motivarme con la idea de que mañana encontraremos algo, seguro.

Oficialmente, tanto Jimena como yo hemos acabado nuestra jornada, así que me acuerdo del cava y decido pasar del café.

Me cuesta dos sobresaltos encontrar la nevera correcta, pero se me olvida rápido al primer sorbo.

Nos bebemos la botella entera y, mientras, hablamos, lloramos y reímos.

Hay pocas cosas en la vida más increíbles que encontrar a esa persona que, solo con su presencia, es capaz de iluminar tus sombras.

Yo soy una afortunada. Jimena lleva más de veinte años siendo el faro que siempre me enseña el camino a casa.

No tendré nunca vida suficiente para compensarle todo el amor y el apoyo que me da.

Ha conseguido que salga de allí creyéndome capaz de nuevo de pillar a los malos sin morir en el intento, incluso me ha hecho sentir orgullosa de mis pasos y avances.

Por eso no compro lotería, ya me tocó el premio cuando la conocí.

Mientras espero el taxi que me lleve a casa, porque obviamente no estoy para conducir, vuelvo a pensar en el caso.

Está claro que nos han tocado unos contrincantes muy complicados.

Mientras no sepamos hacia dónde tirar, vamos a necesitar que la juez decrete secreto del sumario.

Ni la prensa ni la gente pueden enterarse de que ambos casos están relacionados y menos aún si les da por matar a alguien más.

Lo que menos necesita este país en este momento es un equipo de asesinos múltiples.

Voy a tener que pedir un último favor; me hubiese gustado no tener que hacerlo, pero quién sabe, quizás le vaya hasta bien.

Si alguien puede conseguir ese decreto y rápido es él. Nadie le dice que no a Bonet.