Salvación, camino y otras mentiras CAMINO
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CAMINO

Llevo un rato sola en la sala. Las cortinas están bajadas, así que estoy aprovechando para volver en mí y ser capaz de mantener el tipo ahí fuera.

Necesito centrarme en el caso o todo el torbellino emocional que se está desatando a mi alrededor me arrastrará con él.

No soy consciente de cuánto tiempo llevo aquí hasta que Anita golpea tímidamente la puerta.

—Adelante.

—Inspectora, la viuda ya se marcha. Jimena ha autorizado el reconocimiento y va para allá. ¿Quiere hacerle alguna pregunta antes de que se marche?

—No, Anita, gracias. Ahora salgo y me pones al corriente de lo que te haya contado.

Cinco minutos más para ordenar las ideas y salgo.

Los dos me miran, atentos. Saben que está pasando algo, pero ni siquiera Durán se atreverá a preguntar.

La amistad que tenemos le permite tomarse las licencias que se toma, pero nunca ha olvidado que por encima de la amistad está el rango.

Si tu jefa no te da explicaciones no se las pides, y punto.

—Anita, cuéntame, ¿la viuda nos ha dado algún dato interesante?

—Lo siento mucho, inspectora, pero poca cosa, la verdad.

Con respecto a la otra víctima, asegura no haberla visto nunca y tampoco le suena el nombre.

Le he preguntado si le constaba que su marido utilizase servicios de profesionales sexuales.

Se ha encogido de hombros y me ha dicho que a ella no se lo contaba, pero que no le extrañaría.

En lo que concierne a la última vez que lo vio, me ha dicho que fue el mismo día veinticuatro, por la mañana temprano.

Se levantó y salió, en teoría, a desayunar, serían las ocho aproximadamente.

Que no viniera a comer no le pareció alarmante, era algo que solía hacer.

—Vale, por ahí no creo que vayamos a obtener mucho más. Gracias, Anita. Durán, ¿sabes algo ya del piso de la segunda víctima?

—Limpio como una patena, jefa. Por lo que han podido encontrar y ver los compañeros, esta señora hace mucho que no ejercía.

Tampoco han hallado nada que pueda sugerir ninguna devoción ni que profesara religión alguna.

Pero, sobre todo, lo que no había era ningún rastro de sangre ni de violencia.

Donde fuese que la mataran, no fue en su casa.

Para los vecinos, su compañera de comunidad no era más que una ancianita jubilada.

Llevaba quince años viviendo allí, el piso era de su madre y se mudó al fallecer esta.

Todos la describen como una persona muy agradable, nada problemática y discreta.

Vamos, la vecina perfecta. Por lo que se refiere a lo que hemos encontrado en los registros oficiales, hija única, sin ningún pariente vivo y no consta que tuviese hijos.

Lo siento, jefa, pero creo que por aquí también vamos a encontrar poco.

—Gracias, Durán.

Hago para mí un repaso de lo que tenemos hasta ahora.

Dos muertos, secuestrados horas antes de la muerte y ejecutados exactamente al mismo tiempo, de la misma manera, pero en dos lugares distintos.

Ambos fueron drogados con una combinación que, por un lado, anula la voluntad y convierte a alguien en poco más que un muñeco, pero también les dieron un anestésico.

Teniendo en cuenta las edades de ambos, no creo que fuese por una cuestión de control, sino por algún tipo de malentendida piedad.

No tenemos relación alguna entre las víctimas, ni sospechosos viables.

Tampoco tenemos los escenarios principales y, que sepamos, no hemos encontrado móvil evidente.

Por no tener, no tenemos ni el arma del crimen.

Como detalle de conclusión, ambos fueron dejados en escenarios con elementos religiosos, uno en un asilo de ancianos regentado por monjas y la otra en una basílica.

Como diría Bonet, estamos bien jodidos. Durán interrumpe mi recopilación de datos mental.

—¡Jefa! Mira lo que me acaban de pasar. —Tanto Anita como yo nos acercamos a su mesa—. Son las imágenes de las cámaras de la plaza de la basílica y de algunos comercios que enfocan al escaparate. Tenemos el momento de la entrega en vídeo.

Durán pone las imágenes en las que se puede ver a alguien que lleva a la víctima en una silla de ruedas.

Va completamente de negro, con capucha, guantes y una braga que le tapa hasta la nariz.

La mujer parece dormida y quien sea la lleva plácidamente, como el que saca a la abuelita a pasear.

Entonces hay un detalle: la entrada a la basílica tiene dos pequeños escalones y, aunque la señora Virtudes pesaba poco más que un pajarillo, se ve cómo el sujeto hace un esfuerzo visible para poder subir la silla.

No se le ve la cara, pero hay algo que tengo claro.

—Es una mujer. Fijaos en las caderas, la altura, el tamaño de las manos. Es muy delgada y le ha costado subir la silla.

—Estoy de acuerdo, jefa. Pero… —Durán no va a dejar que disfrute mucho del hallazgo— es una mujer muy lista o muy bien informada.

Como ves, sale unos minutos después, con la silla ya vacía y gira exactamente por la calle donde no hay cámaras.

Después de eso, no hay absolutamente nada.

Puede que se cambiase de ropa o que supiese qué ruta debía seguir.

—Fantástico. Tenemos a una pareja, seguramente un hombre y una mujer, que entienden de farmacología y saben dónde ponen las cámaras el Ayuntamiento y la policía.

—¿Farmacología? ¿Por qué lo dice, inspectora?

—Perdona, Anita, que no os lo he dicho. Por lo que ha puesto Jimena en el informe, las cantidades de escopolamina y de ketamina que les dieron eran perfectas para cumplir su objetivo.

Menos no hubiese hecho efecto el tiempo necesario, más se los hubiese cargado. Nadie acierta algo así por casualidad.

—Y, ¿en internet? Mira, jefa, que esto de la IA se está poniendo peliagudo.

—La IA no da esa información, Durán. Se necesitan conocimientos médicos o farmacológicos. Lo siento, chicos, pero ahora mismo no sé por dónde tirar. No puedo pediros que hagáis nada más que intentar averiguar de dónde se los llevaron, por si por ahí pudiésemos encontrar algo.

En ese momento, como caída del cielo, me llama Jimena al móvil. Al menos, hablar con ella me ayudará a sobrellevar la sensación de fracaso absoluto que siento en este momento.

—Hola, Jimena, ¿algo nuevo?

—Pues sí, Elisheba de mi vida, tengo algo nuevo que contarte. —En su voz hay triunfo y eso activa mi esperanza, pero no lo suficiente para pasar por alto cómo me acaba de llamar.

—Una cosita: el nombre, que justo en este momento no estoy yo para tocadas de narices, amiga.

—¿Qué te pasa?

—Que no sé por dónde tirar, Jimena. Necesito contarte una cosa.

—Me aparto de los chicos, he hecho una promesa, pero mi amiga es parte de mí, así que no cuenta—.

En privado. Pero lo que me tiene desquiciada es el caso, son todo vías muertas.

La mujer, por no tener, no tenía ni familia ni amigos a quien preguntar y para los vecinos, pues lo típico: una mujer encantadora, muy discreta, agradable. Lo que viene siendo una puta mierda.

—¿Has dicho sin familia?

—Sí, hija única, sin parientes vivos, sin hijos. Nada de lo que tirar.

—En el registro, ¿no constan hijos fallecidos? —No sé por qué, pero insiste.

—No, nada.

—Vale, pues en ese caso no tengo una cosa que contarte, tengo dos. He acabado también la autopsia de la señora y te puedo asegurar que esta mujer dio a luz, mínimo, dos veces.

—¿Cómo?

—¿Cómo que cómo? Lo de las abejitas y las flores te lo sabes, ¿no?

—No seas capulla. —Al menos me ha sacado una sonrisa—. No constan en ningún sitio. ¿Pudieron ser abortos?

—Ni de broma. Ambos a término y con un buen tamaño.

Tanto por las cicatrices de la pelvis como por la hipertrofia del útero, sumado a la ausencia de cicatriz abdominal inferior, fueron partos vaginales.

Los dos desgarros diferentes del periné me indican que no fueron precisamente ni pequeños ni prematuros, le hicieron dos tremendos costurones, muy mal hechos, por cierto.

—Podría haberlos tenido en casa y haberle ayudado algún tipo de partera. Quizás por eso no hay registros ni constancia de su existencia. Gracias, amiga. Me has dado algo por donde buscar.

—No he acabado. Te he dicho que tenía dos cosas que contarte. Esta solo es una de ellas.

—Perdón, que me he emocionado con la pista. Cuéntame.

—Pues si eso te ha emocionado te invito a que vengas a tomarte un café conmigo. Así me cuentas lo que te preocupa y yo te enseño lo que he descubierto.

—Yo voy, pero no me dejes así, que luego me estalla la cabeza de camino dándole vueltas a lo que puede ser. Dímelo, por favor.

—Te va a estallar igual hasta que vengas, porque si no te lo enseño no te lo crees, pero te lo digo. —Hace una pausa dramática—. Sé cuál es el arma del crimen y vas a flipar.