Salvación, camino y otras mentiras CAMINO
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CAMINO

Entro en comisaría con el teléfono en la mano. No puedo retrasar más la llamada al jefe, así que la voy a hacer mientras ando, a ver si la falta de resuello en mi voz lo invita a compadecerse un poco. Solo me da dos tonos de margen.

—Dime, Salinas.

—Buenas tardes, intendent. Siento mucho molestar en un día como hoy, pero necesitaría convocar una reunión de urgencia en comisaría. El caso se acaba de complicar un poco.

—Estoy en la sala, Eba. Acabo de llegar y Durán me ha dicho que habías ido a hablar con la forense. Te espero aquí.

Cuelga, sin despedirse, cómo no. Lo raro ha sido la ausencia de palabrotas, o se las guarda todas para soltármelas en directo o está tan desbordado por todo esto que ya no sabe ni a quién maldecir.

Cojo el ascensor, es lento; al menos, me dará unos segundos para recobrar el aliento.

Al entrar veo que me están esperando en la pecera.

Es un nombre curioso para una sala de reuniones, pero es lo que tiene que sean cuatro paredes de cristal insonorizadas.

Cuando estás dentro y no están bajadas las cortinas, ves cómo los demás se van moviendo fuera, aunque no los oyes.

Por eso parece una pecera y tú puedes sentirte como Nemo, incluida la sensación de querer salir de ahí cuanto antes. Vamos allá.

Me siento con ellos y los pongo al corriente de todo lo que ha descubierto Jimena.

La cara de Bonet es un auténtico poema, lo veo cómo va cambiando del blanco al amarillo, pasando por el rojo, para acabar otra vez de un blanco casi azulado.

Creo que le ha dejado de circular la sangre al enterarse de lo que nos ha caído encima.

Intento ampliar la información, a ver si algún avance lo anima un poco.

—Durán, ¿has averiguado algo de la segunda víctima?

—Bastante, inspectora. —Con el jefe delante parece un niño bueno—. La fallecida era Virtudes Martorell, setenta y un años. De esta tuvieron a bien dejar el monedero con la documentación. La hubiésemos identificado igual, porque estaba fichada.

—¿Por qué delito?

—Prostitución, no es que le fuese muy acorde el nombre.

—¿Prostitución? ¿Con setenta y un años? Pues sí que se está complicando el tema de la jubilación, por lo visto en todos los sectores laborales. —Ahora cuadra más lo del maquillaje y menos lo de la ropa.

—No sé si seguía ejerciendo, las detenciones eran bastante antiguas.

—¿Familia?

—Vivía sola, ahora mismo están registrando el piso. En cuanto acaben me dirán lo que hayan encontrado. Del sitio donde la dejaron, os cuento… —Nos pasa copias de las fotos que hay de la escena.

Según empieza a explicarnos, la han encontrado esta mañana en la Basílica de Santa María del Pi, en pleno corazón de Barcelona. En las imágenes se la ve sentada en un banco, situado a mano derecha, justo al lado de la puerta.

—Suponemos que la dejaron ahí porque es el banco más cercano a la entrada. Los técnicos están buscando grabaciones de las cámaras de la zona —continúa explicándonos.

»A primera vista, no se aprecia ningún signo de violencia, por lo que es comprensible que lo tratasen, de primeras, como una muerte natural.

Según las anotaciones que se hicieron, sobre las once de la mañana, entró otra mujer en la iglesia y se sentó en el mismo banco a rezar.

Al levantarse para irse, le pareció extraño que su compañera de plegarias no se hubiese movido ni un milímetro y le tocó en el hombro para preguntarle si se encontraba bien, lo que provocó que esta cayera de lado sobre el banco.

La pobre señora entró en pánico y empezó a chillar como una descosida.

Fue el cura, que estaba trasteando por allí, el que, al oír los gritos, se acercó.

Al ver la escena, llamó a dos ambulancias, una para cada una.

La medicalizada buscó constantes vitales y, viendo el panorama más lo que pudo contar la otra mujer, determinó fallecimiento por posible infarto y se la llevaron para hacerle la autopsia, mientras la otra ambulancia trataba a la anciana que la encontró por una crisis de ansiedad como una catedral,

nunca mejor dicho.

Las imágenes muestran una absoluta normalidad, ni una gota de sangre ni nada fuera de su sitio, solo una persona sentada frente a una virgen.

No se tomaron ni muestras ni huellas porque en ningún momento se consideró que hubiese nada extraño.

Miro a Bonet antes de hablar, por si quiere ser él quien dé las órdenes, pero, como veo que no hace ni el intento, decido tomar el mando.

—Bien. Por lo que sabemos hasta ahora, buscamos mínimo a dos personas.

Necesitamos saber si tenían algún tipo de relación.

Si la mujer no tuviese familia, habrá que preguntar a vecinos o averiguar si tiene algún amigo o conocido que nos pueda dar información.

Ambos escenarios contienen elementos religiosos, aunque no creo que ninguno de los dos fuese muy devoto; supongo que la elección de los lugares tiene más que ver con los asesinos que con las víctimas.

O son muy religiosos o todo lo contrario; de momento, todo es posible.

Hay que esperar a ver qué encuentran en el piso de la fallecida, porque no tenemos escenario principal en ninguno de los dos casos.

Si no encontramos relación, habrá que activar toda la vigilancia y seguridad de la que podamos disponer, porque no podemos descartar que vuelvan a hacerlo.

Si han sido elegidos al azar se nos va a complicar mucho el asunto.

Anita, busca una foto de la mujer y enséñasela a la viuda de la primera víctima, a ver si tenemos suerte.

—A sus órdenes, inspectora.

—Durán, quiero vida y milagros de la señora Virtudes. Que un grupo pregunte a vecinos o familia y amigos, si los tuviese.

—Recibido, jefa.

—¿Quiere añadir algo, intendent?

Bonet sale del extraño trance en el que lleva metido un buen rato. No tengo claro qué le pasa, pero sí que no es nada bueno.

—No, inspectora. Todo correcto. —Hace una pausa—. Me gustaría hablar contigo a solas un momento.

—Por supuesto. —Me dirijo a Durán y a Anita—: Ya sabéis lo que hay que hacer, a trabajar.

Los dos asienten y salen de la pecera. Cuando cierran la puerta miro a Bonet, que tiene la mirada perdida. Suponía muchísimas reacciones, pero ninguna parecida a esta. El jefe malhablado y gruñón no está por ningún sitio, en su lugar solo veo a un hombre, casi me atrevería a decir, derrotado.

—Bonet, ¿estás bien?

—No, Eba, no lo estoy. Tengo cáncer, en estadio cuatro. No me queda mucho por aquí.

Podría haber esperado cualquier respuesta, pero no esa.

Nos conocemos hace muchos años y, aunque nunca he olvidado que es mi jefe, con el tiempo hemos llegado a tener algo parecido a una amistad.

Es un buen hombre, un buen policía, alguien que siempre despotrica de todo con lo que tiene que lidiar, pero que nos ha salvado el culo a todos en más de una ocasión.

Es alguien a quien aprecio de verdad y sus palabras me acaban de dejar muda.

No es justo, ahora no, así no. Noto como una lágrima me cae mejilla abajo.

—No te lo cuento para que sientas pena por mí, Eba. Lo único que me jode es que tenía ganas de jubilarme y empezar a disfrutar de mucho tiempo libre. Pero supongo que alguien como yo no sabe ser otra cosa que policía, así que creo que es hasta poético esto de morir con las botas puestas.

—Bonet… —intento decir algo reconfortante, pero no me sale nada.

—No me interrumpas, coño, que si paro lo mismo no puedo seguir.

—Genio y figura, como siempre—. Te lo cuento porque estoy muy cansado.

Sabes tan bien como yo que nos acaban de cubrir de mierda hasta el cuello.

En las series americanas tocan a un asesino en serie a la semana, pero esto es España, la vida real y, por si fuera poco, somos los mossos, se nos van a comer.

Por muchos años que hayan pasado, las policías autonómicas seguimos siendo, para muchos, de segunda división.

Aquí no se trata solo de pillar a un par de tarados, esto también es política, Eba, mucha reunión y mucho comunicado y, sobre todo, mucho gilipollas lameculos al que solo le interesa salir bien en la foto.

La gran putada es que me ha pillado en el tiempo de descuento, no me quedan ni fuerzas ni ganas para ir esquivando y capeando a calientasillas de despacho.

Sé que lo que te voy a pedir es mucho, pero voy a necesitar que seas tú, esta vez, la que me cubra la espalda.

Te dejo la ventaja de ser como el Cid, aunque esté medio muerto, solo mi nombre ya calla a mucho imbécil que se cree con la autoridad para opinar porque tiene un titulito de universidad cara.

Es lo bueno de haber criado fama, que ahora me puedo echar a dormir.

Pero alguien va a tener que vigilar el campamento y tomar el mando y no se me ocurre a nadie mejor que tú.

Soy consciente de que soy un tocapelotas, que parece que solo sé gritar y cagarme en todo, pero te respeto, inspectora, es más, te admiro.

Estoy completamente convencido de que nadie va a dirigir a la tropa como tú.

¿Puedo contar contigo y con tu discreción?

Ahora ya no hay una lagrimita. Mis ojos se han llenado de un río que no puedo parar.

En este momento no hay rangos, solo dos personas que se aprecian, se respetan y se admiran, que no tienen muy claro si se están despidiendo.

Quizás sea por eso por lo que me permito decirle lo primero que me pasa por la cabeza.

—Bonet, eres un auténtico hijo de puta —se lo suelto mientras me tiro a sus brazos y lo aprieto como si eso pudiera impedir que se vaya—. No puedes hacerme esto, no puedes dejarme sola.

El río se transforma en mar, en un océano que ya no hay quien contenga. Lloramos, los dos, no sé cuánto tiempo. Haciendo honor a su cargo y a su talante, noto como intenta recuperar el control de la situación. Me seca los ojos, me sonríe y hace un perfecto simulacro de saber estar.

—Ya vale, inspectora. No me entierres todavía, que aún me queda mucho por culo que dar. Volviendo al tema realmente importante. ¿Te vas a encargar de llevar el barco a puerto?

Me quedo seria y pensativa unos segundos.

Desde luego, si ya lo tenía cuesta arriba, esta inesperada petición acaba de aumentar la pendiente, pero también sé que no podría negarle nada y menos que nunca ahora, cuando puedo ver su agotamiento.

Así que recupero la compostura yo también, me pongo de pie y, mientras me cuadro frente a él de modo oficial, le contesto:

—A les seves ordres, intendent. Sempre.

—Vamos, no me jodas. —Se ríe con ganas—. Si sé que tengo que estar muriéndome para que me hables en catalán lo hago antes.

Nos reímos los dos. Bonet recoge sus cosas, me da un abrazo, esta vez más corto, pero igual de fuerte y se va hacia la puerta.

Antes de salir se para y me mira como si supiese que será la última vez que lo haga.

Me había equivocado antes, no es derrota lo que hay en sus ojos, solo cariño, agradecimiento y puede que un poco de tristeza.

—Gracias, Eba. Por todo. No se lo cuentes a nadie, no quiero ver caritas lastimeras ni oír susurros de compasión. Mantenme encima del caballo, hasta que ganemos la batalla.

Asiento en señal de conformidad y se va.

No sé si volveremos a vernos y esa idea vuelve a desatar una nueva oleada de llanto.

No lloro solo por Bonet, es un dolor aún más profundo.

Pensar que no sé si acabo de decirle adiós por última vez me ha hecho ser consciente de que, en realidad, es algo que hacemos cada día, constantemente, solo que no nos damos cuenta.

Decimos hasta luego, hasta mañana, dando por hecho que tendremos esa ocasión.

Nadie sabe cuál será el último beso, el último abrazo y, aun así, vamos por la vida creyéndonos eternos.

Nos despedimos enfadados, sin mirar al otro a los ojos, despreocupados, porque estamos seguros de tener otra oportunidad.

Este trabajo te hace un poco más consciente de eso, pero el ritmo frenético del día a día consigue que hasta nosotros nos olvidemos de ello.

Solo tenemos el presente, pero nos empeñamos en vivir anclados al pasado o esperando un futuro que no sabemos si tenemos.

Voy a cumplir mi promesa y voy a hacer lo imposible por cerrar el caso.

Pero, cuando esto acabe, tengo muchas cosas en las que pensar y muchas más que cambiar.

Ahora tengo que hacerme cargo de lo urgente, pero inmediatamente después pienso ocuparme de lo importante.

Y si algo voy entendiendo es que no hay nada más importante que vivir disfrutando del camino.