CAMINO
A este paso me borro del gimnasio, llevo un ritmo de subir escaleras a toda prisa que ni una clase de zumba. Tanto teléfono inteligente y tanta supertecnología y, al final, cuando necesitamos contar algo realmente importante, todos necesitamos mirarnos a los ojos, sin pantallas en medio.
Al entrar en la sala, veo a Jimena mirando unos papeles como si le fuese la vida en ello. Ni se ha dado cuenta de que estoy aquí.
—Mierda, lo sabía. —Farfulla algo más mientras va hasta su mesa y coge otro montón de documentos—. No, pero no es igual.
—Jimena, ¿qué pasa?
—¡Eba! Menos mal que has venido, ven, tengo a la mujer ahí dentro, no lo entiendo.
La sujeto por los hombros obligándola a parar y a mirarme.
—Amiga, sea lo que sea, entre las dos seguro que lo acabamos de entender, pero primero necesito que pares y te sientes conmigo. Pareces una científica loca que busca la cuadratura del círculo. Paso a paso y desde el principio. Primero me explicas y luego veo lo que tú quieras.
—Tienes razón. —Respira profundo—. Ese es el problema, que intento cuadrar algo que o bien no encaja o, si tiene sentido, es aún peor.
—Desde el principio, Jimena, desde el principio.
—Vale. —Nos sentamos en el despacho, pero no hago café, si le doy algún tipo de excitante lo mismo la tengo que bajar del techo—.
La mujer, la que trajeron que habían encontrado en la iglesia.
Determinaron un posible infarto, así que pensé que sería una autopsia rápida, confirmar la causa de la muerte y poco más.
La primera sorpresa ha venido al quitarle la ropa.
Tiene un disparo, en el corazón, y, adivina qué, no hay bala.
—Hostia. —Mi cabeza empieza a buscar la posible secuencia—. Es decir, que mató al hombre y luego a la mujer, ¿no? Habrá que investigar si se conocían…
—Eba… —Jimena interrumpe mi discurso—. Eso es solo el principio. Al ver el disparo, busqué marcas de ataduras y ahí estaban, también había estado horas inmovilizada. Hasta ese punto todo cuadraría con tu teoría, pero entonces he empezado a encontrar todo lo que no encaja.
—No me va a gustar, ¿verdad?
—Un disparo sangra, eso está claro, pero esta mujer no tenía ni gota en ningún lugar visible.
La lavaron a conciencia antes de vestirla.
Al girarla, llegó la segunda sorpresa. Observé que tenía livor mortis en la espalda, es decir, que, una vez muerta, la tumbaron boca arriba y la gravedad hizo que la sangre se acumulara ahí.
Lo jodido, Eba, es que estaba completamente fijado.
—Soy policía, cariño, no forense. ¿Por qué es importante?
—Porque eso no ocurre hasta que han pasado entre doce y veinticuatro horas de la muerte. Así que seguí buscando y te puedo decir que esta mujer murió sobre la medianoche del día veinticinco.
—¿Los mató al mismo tiempo?
—Ahí llega el tercer problema.
—Ah, que hay más. —Mi mente ya está al máximo rendimiento, pero parece que no al suficiente.
—Cuando empecé a quitarle la ropa a la desconocida, noté que olía muchísimo a incienso o algo parecido.
También tenía como restos de salitre en la cara, pero como la habían encontrado en una iglesia no le eché mucha cuenta.
Allí siempre huele así y pensé que la sal sería del agua bendita, que la mujer se habría santiguado al entrar.
Después de ver el disparo, al darle la vuelta, noté que ese salitre estaba por todo el cuerpo y no creo que se diera un baño en la pila bautismal antes de ponerse a rezar.
La lavaron con agua con sal y la ahumaron con incienso como si fuese un salmón.
—¡Vaya imagen! De acuerdo, el que sea está tarado, pero ¿por qué es otro problema?
—Porque después de todas las coincidencias y que parecía claro que los había matado la misma persona pensé que no estaría de más pedir que analizaran también muestras de piel de la primera víctima.
Eso es lo que estaba mirando cuando has llegado.
Antes te cuento lo que sí encaja. Del hombre envié también sangre y orina que pude extraer.
Confirmada la presencia de escopolamina y ketamina.
—Lo drogaron.
—Más que si hubiese estado en una rave tres días seguidos.
La cuestión: de la mujer también he mandado muestras, pero, si lo que creía era cierto, la escopolamina no saldría; es demasiado volátil y en orina, que es donde más dura, solo da un margen de unas doce horas desde la ingesta.
Sí ha salido ketamina, así que podemos deducir que les dieron el mismo coctel.
—Perfecto, y ¿cuál es el problema?
—El incienso.
—¿Perdona?
—He pedido analizar la composición del incienso y del agua supuestamente bendita y, sorpresa, no coinciden.
—Vale, Jimena. Está a punto de estallarme la cabeza. Explícame, así, despacito, como si fuese nueva, por qué eso es un problema.
—Porque si tienes a dos personas en el mismo sitio, les montas un sahumerio de incienso y los bañas en agua con sal, es imposible que cada incienso tenga una composición diferente y el agua tampoco tenga los mismo isotopos ni cantidad de sal.
—Entonces, no los mataron en el mismo sitio, pero sí de la misma manera. ¿Primero uno y luego el otro?
—Ese es el gran problema, Eba. El intervalo post mortem entre ambas víctimas es demasiado pequeño para cargarse al primero, descuartizarlo e irse a matar al segundo. Murieron de la misma manera, a la misma hora, pero en dos lugares diferentes.
—¡Madre mía! Eso nos deja a dos tarados que se han puesto de acuerdo.
—Exacto. No buscáis a uno, como mínimo son dos e igual de desquiciados.
—Hay que identificar a la mujer. —Al decirlo me doy cuenta de que, al final, con la explicación, aún no la he visto—. Enséñamela, por favor.
Jimena me lleva hasta las neveras y saca a la desconocida. Nunca he sido muy buena calculando edades, pero esta señora es una anciana. Aun así, tiene restos de maquillaje en la cara, como si hubiese ido pintada como una puerta y el agua sola no hubiese podido eliminar todos los restos.
—¿Me enseñas la ropa que llevaba?
—Claro.
Saca de unas bolsas una camisa de botones de color marrón oscuro, una chaquetita de lana azul marino, una falda larga y recta del mismo tono y unas medias color carne de espuma gruesa. En otra bolsa hay unos zapatos de cordones, planos, de color marrón.
—Parece ropa de monja, ¿no? ¿Llevaba la camisa abotonada?
—Hasta el último botón.
—No pega mucho llevar esta ropa y usar maquillaje resistente al agua en cantidades considerables. Yo creo que esta ropa no es suya.
—Eso, ya, te va a tocar averiguarlo a ti. Lo que está claro es que se ha complicado mucho el asunto. —Mientras me lo dice me da una palmadita de ánimo en la espalda.
—Ahora falta saber cuánto se ha complicado. Si cuando la identifiquemos tiene relación con la primera víctima, podremos buscar motivos o conexiones, pero si no tienen nada en común, se va a desatar el pánico y ya sabemos lo que eso conlleva. ¿Has avanzado algo con el arma?
—Tengo un par de cosas en mente que creo que pueden encajar. Déjame que lo confirme y te digo algo, ¿vale?
—Hecho. Gracias, Jimena. Te lo digo poco, pero eres muy buena en lo tuyo, lo sabes, ¿no?
—Lo sé. —Se ríe mientras hace el gesto de victoria con la mano—. Por cierto, ¿las cosas buenas que tenías que contarme?
—Tendrán que esperar. Ahora me toca llamar a Bonet y contarle todo esto. Se van a oír los gritos desde Ecuador. —Odio esta parte de mi trabajo—. Resumen rápido: he hablado con Sergio, nos vamos a divorciar y hemos quedado como amigos. Ah, y se llama Vanessa y están enamorados.
—¿En serio?
—En serio en serio; Vanessa se llama.
—¡No eso! ¿En serio me cuentas algo así como si fuese el parte meteorológico? —No da crédito.
—Pues no era como pensaba contártelo, pero tu eficacia profesional me ha complicado la existencia a niveles estratosféricos. Tómatelo como un avance, quédate tranquila porque estoy muy bien y, en cuanto pueda, te explico todo con calma, ¿vale?
—Vale, date prisa en pillar al par de locos, que me dejas con la miel en los labios.
—Lo intentaré. Dios te oiga.
—¿No era un personaje de ficción?
—Calla ya, anda. —Le doy un beso—. Me voy corriendo, que no me da la vida.
Salgo del instituto pensando en la llamada que tengo que hacer, pero decido posponerla hasta llegar a comisaría.
Cuando el jefe pierde los nervios me pone histérica y ese no es el mejor estado para conducir, bastante información llevo dando vueltas en mi cabeza.
Si los muertos no se conocían, va a ser una odisea establecer una victimología; como no fuesen los dos adictos al bingo, poca cosa veo yo en común a simple vista.
Es la pesadilla de cualquier policía, un asesino que elige víctimas al azar, pero dos y en equipo, eso no se lo deseo ni a mi peor enemigo.
Necesito encontrar algo antes de que llegue a los medios.
No hay nada que dificulte más la labor de investigación que la alarma social.
Existen pocas emociones más primarias que el miedo, nos vuelve completamente irracionales y un ser humano privado de razón es solo un animal con un único objetivo: sobrevivir.
Bastante complicado se está poniendo el tema como para tener que combatir también la indignación popular.
Eso es lo jodido del miedo, que luchas o huyes y, si no tienes donde huir, cualquiera es el enemigo. Aunque sea la policía.