CAMINO
Voy en el coche hacia comisaría cuando suena el teléfono. Se me corta un poco la respiración hasta que veo en pantalla el nombre de Jimena. No podría soportar ahora mismo otra retahíla de palabrotas del jefe.
—Hola, amiga, ¿tú no duermes?
—Poco, Eba, la verdad es que muy poco y encima se me acumula la faena.
—¿Y eso?
—Me han traído hace un ratillo a una mujer. Se la han encontrado muerta, sentadita en un banco de la iglesia. Parece un infarto. Ahora le echaré un vistazo. Lo bueno: he acabado con la autopsia del señor Salmerón. Confirmada la causa de la muerte: el disparo sin bala.
—Deduzco que aún no sabes con qué le dispararon, ¿no?
—Estoy en ello. Lo que sí he encontrado, aparte de lo evidente, es que este hombre estuvo muchas horas inmovilizado de pies, manos y a la altura del esternón.
Por los hematomas, apostaría a que lo tuvieron atado a una silla y creo que con algún tipo de cinta americana, pero aún no han llegado los resultados del laboratorio, te confirmo en cuanto los tenga.
—Eso amplía el momento del secuestro. Cuando llegue a comisaría citaremos a su mujer para saber cuándo lo vio por última vez, a ver si podemos determinar de dónde o cómo se lo llevaron. Cambiando de tema, tengo muchas cosas que contarte.
—Ah, ¿sí? Dime que todas buenas. —Mientras lo dice, puedo notar cómo sonríe al otro lado del teléfono, es medio bruja esta mujer.
—Creo que sí, pero estoy llegando. ¿Me paso por allí en un rato y te cuento?
—Hecho. Mientras, aprovecho para revisar a la pobre señora que se ha muerto rezando. Serían muchos los pecados o las súplicas a la virgen. —Son pocos los forenses o policías que no desarrollan un humor muy negro. Supongo que es algo que ayuda a sobrellevar tanto sufrimiento ajeno.
Cuando entro por la puerta ya está allí el equipo. Al menos, no me ha resultado demasiado complicado aparcar, porque llego tarde, cosa que, evidentemente, Durán no piensa pasar por alto.
—Buenos días, chicos.
—Buenos días, jefa. Así no se da ejemplo a la tropa, ¿eh? Anita y yo estamos aquí, mano sobre mano.
—Pues muy mala jefa debo ser si tengo dos subinspectores mano sobre mano con todo lo que hay por hacer —se lo digo sonriendo porque sé que no es verdad, ni lo uno ni lo otro.
—Es bromita, jefa. Bonet aún no te ha llamado, ¿no? Porque todavía estás de buen humor.
—No creo que tarde. —Pongo los ojos en blanco—. Estará celebrando San Esteban. Eso o elaborando una nueva lista de tacos. ¿Qué tenemos?
—He llamado a la viuda y la he citado para… —Anita revisa la agenda— las cuatro de la tarde.
—Qué lástima, le vamos a dar el día y la comida, pero no queda otra.
Perfecto, Anita. De camino hacia aquí me ha llamado Jimena.
Al parecer, la víctima estuvo horas atada a una silla antes de morir, así que habrá que averiguar cuándo la vieron por última vez e intentar seguir sus pasos a ver si podemos encontrar cuándo, dónde o cómo se lo llevaron.
Encontrar a quién sería ya el premio gordo.
—Entendido, inspectora.
—Durán, tú, mientras, puedes… —El sonido de mi móvil interrumpe mis órdenes—. Disculpa, es Jimena, quizás tenga ya los resultados del laboratorio. —Contesto—: Dime, Jimena.
—Eba, tienes que venir echando leches. —En su tono hay una mezcla de miedo y urgencia.
—¿Estás bien? Me estás preocupando.
—Yo estoy bien, pero la muerta no.
—Hostia, Jimena, que me habías asustado. Ya me imagino que si está muerta muy bien no estará la mujer.
—Eba, no es coña. Tienes que venir ya, créeme, estamos muy jodidos.
—Vale, ya voy. —Está realmente preocupada—. ¿No me puedes adelantar algo?
—No. He mandado una muestra superurgente al laboratorio con prioridad absoluta. Te puedo decir que de infarto, nada, y que, si se confirma lo que creo, se nos acaba de complicar la Navidad, pero mucho.
—Salgo para allá. —Jimena cuelga y yo me quedo con cara de haberme quedado sin GPS en medio de un trayecto que no conozco—. Cambio de planes. No sé qué pasa, pero Jimena necesita que vaya urgentemente al anatómico forense. De momento, mantenemos la cita de las cuatro.
—¿Y yo, jefa? ¿Qué quieres que haga? —Durán está igual o más desconcertado que yo.
—Esta mañana han recogido un cadáver en una iglesia, una mujer sentada en un banco que, al parecer, había sufrido un infarto.
Infórmate de todo lo que puedas. Dónde ha sido, cómo la han encontrado, quién, si han hecho fotos o tomado muestras…
Hasta del DNI de la mujer, si puedes. Quiero saber todo lo que tienen.
—Hecho, jefa.
—Os llamo en cuanto sepa algo —lo digo saliendo por la puerta.
No tengo la más remota idea de lo que está pasando, lo que sí sé es que Jimena es el equilibrio hecho mujer y que no es alguien que pierda los papeles por cualquier nimiedad.
Por eso mismo tengo claro que, sea lo que sea lo que la ha puesto en ese estado, es grave o, al menos, muy importante.
De camino, voy intentando hacer cábalas sobre qué puede tratarse.
No ha muerto de un infarto, eso es lo que me ha dicho, pero digo yo que un navajazo, un tiro, un estrangulamiento, no se confunden con un infarto.
Habrían visto marcas o encontrado sangre en el lugar.
Decido igualar la urgencia de mi coche a la de mi cerebro y pongo la sirena.
Lo que esté ocurriendo tiene toda la pinta de que nos va a amargar las fiestas a más de uno.
Pienso en Bonet e, instintivamente, aprieto un poco más el acelerador.