CAMINO
No pueden ser ya las seis y media. Anoche caí en coma en cuanto toqué la almohada y parece que solo hayan pasado unos minutos.
Apago el despertador de mala gana y miro al otro lado de la cama.
Sergio no está, pero lo oigo en la cocina.
Huele a café. Bien, porque lo voy a necesitar, por litros, intravenoso.
Cuando entro en la cocina lo encuentro desayunando sentado a la mesa.
No se sorprende de verme despierta. Después de décadas juntos, sabe que, en medio de un caso, dormir se convierte en algo anecdótico.
Emito un sonido gutural que significa «buenos días» y le doy al botoncito de la cafetera, anhelando que me dé su elixir del despertar.
Me bebo casi la mitad a base de soplo y sorbo, porque quema, pero necesito el primer chute de cafeína si quiero poder hablar.
Con lo que me queda, me siento a la mesa con Sergio, que está leyendo las noticias en el móvil.
La misma secuencia de un guion que no cambia nunca. Hasta hoy.
—Buenos días. —El brebaje ha hecho su función y ahora se entiende lo que digo.
—Hola. Has dormido poco, ¿no? No te oí llegar, pero imagino que se complicó la cosa, tienes cara de cansada.
—Sí, bastante. —No imagina hasta qué punto, pero no quiero hablar de trabajo—. Me gustaría que habláramos de algo, no tengo mucho tiempo, pero no quiero seguir posponiéndolo.
Mientras le digo esto, ha soltado el café y su cara ha ido mudando de la sorpresa a la culpa, pasando por la vergüenza, pero también tiene algún tipo de determinación, como una especie de alivio. Creo que de ponerle un título a la escena sería: «de perdidos al río».
—Lo sabes, ¿verdad? Supongo que ha sido muy iluso por mi parte pensar que se le puede ocultar algo a la policía.
—Supones bien. Pero no es por ser policía, aunque ayude; en general, cualquier persona que convive con alguien tantos años nota cuando algo no encaja, son cambios sutiles, pero se van sumando.
—Estarás muy enfadada, pero necesito explicarte cómo han sucedido las cosas. —Hace una pausa intentando estructurar las frases.
—No estoy enfadada, Sergio. En realidad, tú has sido el único de los dos que ha intentado cambiar su infelicidad, porque, seamos sinceros, a estas alturas ni tú ni yo sabemos por qué seguimos juntos.
—Por costumbre, Eba, y porque, al menos, yo te quiero.
—Traga saliva para continuar—. Sé que suena superhipócrita que te diga que te quiero cuando he hecho lo que he hecho, pero es la verdad.
Lo que pasa es que me he dado cuenta de que no te quiero como se quiere a tu mujer.
Hace tanto que solo somos compañeros que para mí era lo normal.
Entonces apareció Vanessa y me rompió todos los esquemas.
—¿Estás enamorado? —Es una pregunta sincera, sin ningún tipo de rencor.
—Creo que sí. —Una lágrima se le escapa mejilla abajo—. Lo siento mucho, Eba, de verdad. Quería decírtelo cuando pasaran las navidades, pero no sabía cómo hacerlo. Nunca he querido hacerte daño.
—Lo sé. No llores, las cosas ocurren como ocurren. —Me acerco a su lado y lo abrazo, quizás por primera vez en muchos años.
—Hay que joderse. El cabrón soy yo y eres tú la que me consuela.
—No me beatifiques todavía, Sergio. Me has dado la libertad que necesitaba y que no me atrevía a pedir.
Yo también he sido de algún modo tu carcelera.
Querer a alguien no es solo estar a su lado y guardarle fidelidad.
Eso solo es lealtad o cobardía. El amor es otra cosa y me alegro de corazón de que lo hayas encontrado.
—Joder, Eba, muchas gracias por hacerlo todo tan fácil. —Ahora es él quien me abraza—. ¿Crees que podremos ser amigos?
—No nos queda otra, seguimos teniendo dos hijos en común. Además, llevamos años siéndolo. —Le doy un codazo para intentar rebajar la tensión—. Se nos da de muerte.
—Bien. —Sonríe, pero se pone serio de repente—. Y ¿los chicos? Habrá que decírselo.
—Los chicos lo deben saber antes que nosotros, que tontos no son, pero déjales que pasen las fiestas tranquilos y luego ya nos sentamos para llegar a acuerdos varios.
De momento, excúsame con tu familia por no estar hoy en la comida.
Igualmente, no creo que a nadie le vaya a extrañar no verme, tengo el trabajo ideal como excusa social.
—De acuerdo. —Me sonríe—. Diría que acabamos de protagonizar el divorcio más surrealista de la historia, ¿no?
—Es posible, pero estoy harta de dramas. Te prefiero como amigo que como compañero de celda. —Le doy un beso en la cara—. Ya seguiremos hablando y concretando, ¿vale? Ahora me tengo que ir pitando a la ducha, que no llego.
—Gracias, Eba. ¿Estaría mal decirte que te quiero?
—No creo, bueno, siempre que no te escuche Vanessa. —Le guiño un ojo mientras cojo una magdalena y echo a correr hacia el baño, al mismo tiempo que esquivo una bola de papel de cocina que me acaba de tirar, riéndose.
Eso también hacía mucho tiempo que no lo escuchaba, su risa.
Subo las escaleras a saltitos, ligera, acabo de quitarme un gran peso del alma.
Me alegro de verdad de que sea feliz, porque yo también siento algo parecido a la dicha.
Me siento serena, en paz, libre. Mientras me meto en la ducha, pienso en que espero que sea una buena chica y lo trate bien, incluso se me ocurre por un momento que un vistacito rápido a su historial tampoco estaría tan mal, pero yo misma me echo la bronca antes casi de acabar de pensarlo.
Sergio es un adulto, no necesita a una mamá.
Mi única función a partir de ahora será ser su amiga.
Dejo caer el agua sobre mí y, para mi propio asombro, me doy cuenta de que estoy tarareando una canción. Es otra de las muchas que he oído mil veces, pero que jamás me he parado a escuchar, cosa que Jimena me pidió encarecidamente cuando me la recomendó.
«Escúchala, por favor. Se llama Valerie Luh. Es una pasada, ya verás».
Yo hice lo mismo que he hecho siempre: la puse y la oí.
Me fijé en lo impresionante de la voz de esta chica y analicé mentalmente que me resultaba una fusión muy interesante de flamenco, blues, jazz y un toque de rumba.
Tiene un ritmo alegre, así que, a fuerza de oírla, me aprendí la letra.
Pero lo hice como quien memoriza el padre nuestro, sin pararse a pensar en lo que dice ni en su significado.
Ahora, mientras la tarareo en la ducha, entiendo lo que dice.
Es más que comprenderla, siento que podría haber escrito yo cada palabra, así que dejo el tarareo y me pongo a cantarla a pleno pulmón.
Cargué con tanto que ya ni era mío.
Culpas prestadas, errores que heredé.
Me castigué por no ser suficiente
por cada vez que no supe querer bien.
Pero hoy desperté y algo cambió.
Hoy me miré y me solté.
Me perdoné
por no saber, por no poder, por no llegar.
Me perdoné.
Y soltar eso es volver a respirar.
Me perdoné
por ser humana y no perfecta al caminar.
Me perdoné
y hoy por fin puedo empezar.
Siento la tentación de ponerme a bailar, pero justo ahora no me apetece morir por un resbalón en la ducha. Hoy, cuando salgo y limpio el vaho del espejo, no hay lágrimas, no hay llantos ni máscaras. Solo agua, música, perdón y amor. Primero un paso y luego otro, pero ahora ya he empezado el camino.