Salvación, camino y otras mentiras CAMINO
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CAMINO

Subo las escaleras de dos en dos; al final, va a ser cierto que el pilates es estupendo para mantenerse en forma, aunque no voy tanto como debería.

Cuando entro en la zona, para mi sorpresa, Durán y Anita están sentados en la misma mesa.

Ella revisa unos papeles y le va diciendo los datos más relevantes que él va apuntando.

No me han oído entrar, por lo que aprovecho la ocasión para observarlos trabajar juntos, como la maestra orgullosa que ha conseguido que sus dos alumnos díscolos dejen de pelear y se hagan amiguitos.

Me vienen a la cabeza las palabras de Jimena: «Tú también lo sabrás, cuando dejes de usar tanto la mente y empieces a utilizar el corazón». Pues venga, vamos a probar.

Dejo la mente en blanco lo máximo que puedo y observo la secuencia.

Entonces lo veo; si fue una película pondría la pausa e iría una y otra vez de atrás hacia delante para asegurarme de lo que acabo de ver.

Pero ni tengo mando ni la posibilidad de retroceder, así que toca creer que lo que he visto es real.

Solo ha sido un momento, Anita miraba los documentos y, mientras Durán esperaba, ha levantado la vista y la ha mirado.

No había enfado, manía, molestia. La ha mirado embelesado, como una beata profunda miraría a la virgen.

Ese instante estaba lleno de un sentimiento que si no es amor, debe ser primo hermano.

Por lo tanto, era eso, no se trataba de que le cayera mal, sino de que le cae demasiado bien.

El empedernido casanova está loco por la protocolaria y formal Anita.

También veo claro que o bien no se ha atrevido a decírselo o, peor aún, sí se lo ha dicho y ha recibido una negativa como un piano.

Apostaría por lo segundo, pero, como dicen que el diablo sabe más por viejo que por diablo, también me la jugaría a que el no de Anita tiene más que ver con exceso de miedo que con falta de sentimiento.

Sea como sea, esa es su partida y a mí nadie me ha repartido cartas. Vamos a lo urgente.

—Hola otra vez. —Ahora sí que levantan la vista hacia mí.

—¡Hombre, jefa! ¡Cuánto tiempo! Esto contará como horas superextras, ¿no? —Durán, en su línea.

—Depende. Si me contáis algo interesante os pido un plus de superefectividad.

—Ha estado aquí la viuda. —Anita toma la palabra, si alguien se merece ese plus es ella, siempre—. Le hemos dicho que habíamos encontrado el cadáver de su marido, pero que aún no podía identificarlo.

—Si logra reconocer a ese hombre, después de cómo lo han dejado, yo la colocaría la primera en la lista de sospechosos.

—Qué bestia eres, Durán. —Me paro un momento a pensar cómo se presenta un cadáver en ese estado para ser identificado—. Supongo que Jimena hará su magia y algo se le ocurrirá para que no le dé un infarto a la esposa.

—No tengo yo tan claro que a esa mujer le vaya a afectar tanto ver a su marido muerto. La psicóloga eres tú, pero me ha dado la sensación de que había una mezcla de alivio y resignación. Como si no le sorprendiera que alguien hubiese podido cargarse al marido, ¿no, Anita?

—No me gusta suponer. —Lo dicen las reglas, obviamente—.

Pero debo decir que a mí también me ha provocado una sensación parecida.

De hecho, hemos sido nosotros los que le hemos dicho que debía esperar para verlo, ella no ha mostrado el mínimo interés.

Cabe decir que después de revisar la documentación, tiene hasta lógica.

—¿Por qué? ¿Qué habéis encontrado?

—Esta mujer, con cincuenta y nueve años, tiene más ingresos en el hospital que mi abuela con noventa y dos. —Ahora es Durán quien toma la palabra—. Hay para todos los gustos: brazos rotos, clavículas, pómulos, bazo, un aborto, traumatismos de todos los colores… La lista es muy larga.

—¿Lo denunció?

—Ni una sola vez. —Anita revisa los informes—. Todas las denuncias las puso de oficio el hospital y todas fueron retiradas por ella alegando un montón de excusas inverosímiles.

—Con ese historial no me extraña que se sienta aliviada. —Hago una pausa para asimilar la situación—. ¿Tienen hijos?

—No, según el informe médico de la denuncia cuando sufrió el aborto, las lesiones fueron tan graves que tuvieron que extirparle la matriz.

—Pobrecita. Pues mira, a lo mejor va a tener razón el jefe y va a ser alguien problemático al que mucha gente le tenía ganas. De todas maneras, habrá que comprobar su coartada, porque motivos tenía de sobra.

—Le he preguntado —me responde Anita— y, a falta de corroborarlo con el resto, estaba toda la familia junta en casa para la cena de Nochebuena.

Estaban la suegra, que tiene ochenta y cuatro años, el hermano y la hermana del muerto y sus respectivas parejas.

Al parecer, los sobrinos ya son mayores y cada uno hace su vida.

A las once y media de la noche, después de llevar todo el día llamándolo al móvil y viendo que no aparecía, fueron los cuñados los que acercaron a la mujer a la comisaría a poner la denuncia.

Vamos, que, a la hora de la muerte, tienen de coartada nada menos que a la policía.

—Bueno, alguien así no pasa por la vida sin cosechar enemigos.

Será cuestión de preguntar y tirar del hilo.

Si hacía eso con su mujer le ha tenido que tocar mucho los huevos a alguien más.

Dejaremos que la pobre lo asimile y mañana la llamaremos a declarar.

—Miro el reloj—. Mejor dicho, hoy, pero de momento nos vamos todos a dormir.

Tendremos que esperar también a que acabe la autopsia y el laboratorio diga lo suyo.

¿Os parece si nos vemos aquí a las ocho?

—De acuerdo, inspectora. —Anita empieza a recoger sus cosas.

—¡Guau! —Durán mira el reloj y echa cuentas—. Entre ir y venir, con suerte podemos dormir cinco o seis horas. Estás generosa, jefa.

—Y tú, muy tocapelotas, Arnau. —No estoy enfadada, pero sí cansada—. Es a mí a la que va a llamar Bonet en cuanto abra los ojos, así que yo tendré mucha suerte si consigo esas cinco horas en la cama.

Durán levanta las manos en señal de rendición. Es como un niño pequeño que hace pataletas, pero también sabe hasta dónde puede estirar.

—Entendido, jefa. Pues a dormir.

El trayecto a casa se me hace largo y corto.

Largo porque tengo sueño y corto porque no quiero llegar.

Entro sin hacer ruido; tantos años de práctica me han convalidado el nivel ninja.

Cojo el pijama a oscuras y me meto en el baño a cambiarme.

De buena gana me tiraba tal y como voy a la cama, pero nunca he soportado meter en mis sábanas la misma ropa impregnada de tanto horror y sufrimiento.

Sergio está durmiendo, me lo quedo mirando un momento.

Pienso en que me gustaría odiarlo, a veces el odio es un buen motor que te sube la adrenalina y te hace más fácil actuar.

Pero no lo odio, de hecho, en el momento en que he dejado de verlo como mi carcelero y he entendido que la única que se ha mantenido dentro de una jaula he sido yo, me he dado cuenta de que lo quiero.

No para seguir viviendo una vida falsa, donde cada uno interpreta su papel.

Lo quiero como persona, como alguien a quien he visto crecer a mi lado y que me ha dado dos hijos.

Es curioso cómo cambia la perspectiva de las cosas cuando dejas de verte como víctima de las circunstancias y aceptas tu responsabilidad en la creación de ellas.

Pongo el despertador a las seis y media, no tengo mucho rato para dormir, pero hay una conversación que necesito tener y por esta vez no voy a dejarla para mañana. Si algo me ha quedado claro esta noche es que no siempre hay mañana.