CAMINO
—Tenemos poco rato, así que vamos al tema. —Jimena es la definición de directa—. ¿Le has dicho algo?
—No, no sé qué decirle.
—Vaya, la locuaz Eba no tiene palabras.
—¡Oye!, no me eches la bronca a mí, que no he sido yo la que me he puesto los cuernos.
—Ah, ¿no? Y, ¿qué esperas que te diga?, ¿que me das pena?, ¿que lo siento mucho?
—Bueno, un poco de empatía no estaría mal.
—Empatía, ¿con quién, amiga? Sergio es el único de los dos que ha sido algo coherente con lo que siente.
—Desde luego no es lo que esperaba oír—.
No ha elegido la manera más correcta, que digamos, pero, al menos, ha hecho algo para aliviar su malestar.
Dime la verdad, ¿te duele? ¿Cuánto tiempo hace que lo que sienta o piense Sergio te da exactamente igual?
¿Qué has hecho tú para cambiar la situación?
—Demasiadas preguntas a estas horas, Jimena.
No sé cuánto tiempo, sé que mucho. A veces pienso que no me ha importado nunca y que sencillamente seguí los pasos que tocaban.
Conocí a un buen chico, me casé y tuve dos hijos, hasta compramos el chalé, solo me faltó el perro para la perfecta estampa de familia ideal, pero Sergio es alérgico.
—Hago una pausa para coger aire, pero he abierto algún tipo de tapón y no puedo cerrarlo ahora—.
Nunca he hecho nada para cambiar la situación porque siempre me ha parecido un esfuerzo inútil.
Me equivoqué y, cuando me di cuenta, tenía dos hijos, una hipoteca y una vida.
Supongo que simplemente acepté las consecuencias de mi error.
Con respecto a si me duele, pues la verdad es que sí, pero no que se esté follando a una niña de treinta años, me duele que él se permita ser feliz y yo no.
—Ya lo has dicho. Nada pasa por casualidad, Eba. Tomaste decisiones porque tenías que aprender de ellas. El problema no es ese, el auténtico conflicto llega cuando repites y repites la misma lección porque no te atreves a dar el siguiente paso. ¿Por qué no te permites ser feliz?
—La verdad es que no lo sé, creo que por lealtad, quizás ese ha sido mi error, que me creía demasiado importante para ellos y sentía que los traicionaba si rompía lo que habíamos creado.
—Es que eres importante.
—Sí, un montón. —Se me escapa una risita nerviosa—. Mi marido se acuesta con otra y a mis hijos les importa menos mi presencia que la calidad del wifi.
—Te vuelves a olvidar de la persona más relevante.
Tienes que ser importante para ti. Has estado tan pendiente de no ser desleal con los demás que te has olvidado de no fallarle a la única persona que estará contigo toda la vida.
A ti. ¿Cuándo fue la última vez que te preguntaste qué es lo que quieres, de verdad?
—No me pregunto nada, Jimena. Respiro, trabajo, hago la compra cuando me toca y pago las facturas. Creo que si me parase a preguntarme algo no podría continuar.
—Podrías, apagando el piloto automático. Has desconectado tu mente de tu espíritu, de tus emociones, si te chirría menos. Eres un autómata y tu cuerpo te está empezando a pedir cuentas. Lo físico cuenta lo que la mente obliga a la emoción a callar.
—Tengo miedo. Puedo coger una pistola y entrar en una casa a oscuras, donde puede haber alguien dispuesto a hacerme daño, pero me aterra mirar hacia dentro, porque no sé lo que hay.
—Es que da miedo. Pero es necesario. Si no despiertas tú sola del mundo ilusorio en el que vives, te va a despertar la vida, y no suele ser muy sutil. Piensa en tu trayectoria vital como si fuese un avión. Como no sabías hacia dónde ir, conectaste el piloto automático.
—Sigo sin saber a dónde quiero ir.
—Pero… —Jimena no piensa darme tregua—. Ahora sabes a donde no quieres ir y, mejor aún, sabes que el destino que llevas fijado conduce a un choque inevitable.
Sé que todas las opciones dan mucho miedo, porque, cuando desconectes el piloto automático, vas a tener un buen rato de caída libre y habrá momentos en los que pienses que vas a ser incapaz de retomar el vuelo y que te vas a estrellar.
Es justo ahí donde la fe hace de paracaídas.
—Pues vamos mal, Jimena. Ya sabes que la religión me produce urticaria.
—¿Quién está hablando de religión? Todas son la religión verdadera porque verdaderamente ninguna lo es.
Llevas tanto tiempo enfadada con la religión que no te has dado cuenta de que enfadarte con Dios por eso es como odiar a un cantante porque tiene un club de fans lleno de gilipollas.
¿Qué culpa tendrá Dios de que los que dicen hablar en su nombre no digan y hagan más que idioteces?
—No creo en Dios —lo digo tajante, sin fisuras.
—Vale. ¿Por qué? ¿Estás enfadada?
—¡Claro que estoy enfadada! Llevo toda la vida siendo juzgada por una familia que lo prefiere a él antes que a su propia hija, que no me considera ni lo bastante buena ni digna porque no respeto las pautas que marca la Biblia. ¿Cómo no voy a estar enfadada?
—¿Y con los unicornios no estás enfadada? —me lo suelta así, como quien pregunta si quieres un café.
—¿Es una pregunta seria?
—Por supuesto.
—Pues no, y con las sirenas tampoco. —Al final me ha hecho reír.
—Normal, porque uno no puede enfadarse con alguien en quien no cree, ¿lo entiendes?
—Vamos, Jimena, no me jodas. No es lo mismo.
—Lo es. Estás enfadada porque crees que te ha abandonado y rechazado, y desconectaste ese sentimiento negando algo en lo que sí crees. ¿Nunca has dicho: «Dios mío, ayúdame», en un momento jodido?
—Supongo. —No me gusta por dónde está derivando la conversación.
—No dijiste: «Elefante rosa, ayúdame». Eso está ahí dentro, solo tienes que entender que los dogmas, pecados y sacrificios son inventos humanos. Dios es otra cosa.
—Me sigue flipando que siendo científica creas en Dios. —No es ni de lejos un reproche, es algo que siempre me ha fascinado de ella.
—Precisamente por eso. Tampoco creo en un señor con barba sentado en un trono dorado.
Creo en una inteligencia superior a la mente humana, pero al mismo tiempo creo que todos somos parte de ella.
Como decía Einstein: «Cuanto más estudio la ciencia, más creo en Dios».
Solo que, igual que para mí, para él Dios no era alguien, sino algo, armonioso y superior, que equilibra el universo.
—Vale, puede ser, pero no veo en qué me ayuda eso.
—En que confíes en ti, porque tienes todo lo necesario dentro. Todas las respuestas que buscas ya las tienes. Solo tienes que aceptarlo, darle a la palanquita que desconecta el automático y aprender a disfrutar el tramo de caída libre hasta que consigas determinar un destino y recuperar los mandos.
—Casi nada, ¿no? Y supongo que, siguiendo tu línea argumental, todo esto tengo que hacerlo con una sonrisa. —Cuando todo falla siempre me queda la ironía.
—Justamente. Es un paso; el más difícil: el primero; los demás vendrán solos. Cuando empieces a ver cómo el universo reequilibra las cosas, la sonrisa saldrá sola.
—¿No era Dios?
—Dios, el universo, el cosmos, la inteligencia suprema, la madre naturaleza. Llámalo como te dé la gana o, mejor, no lo llames de ninguna manera. Deja las etiquetas para el trabajo y empieza a sentir. Pero hazlo. —No es una súplica, es una orden.
—Lo haré. No sé cuándo porque, ahora, con todo lo que hay liado…
—No me cuentes rollos. —Qué manera tiene de interrumpir mis excusas, con lo creíbles que me están quedando—. Trabajamos en lo mismo, después de este caso vendrá otro. Nunca vas a encontrar el momento adecuado, así que créalo.
—De acuerdo. No tengo claro si me voy más jodida de lo que he venido, yo contaba con el cava para amortiguar la paliza.
—Un día de estos me lo agradecerás. Anda, ven aquí. —Me da un abrazo de los suyos, de esos que te dejan sin respiración pero que te cargan a tope la batería—. Sabes que te quiero, ¿verdad?
—Lo sé. Yo más. —Le guiño un ojo y al mirar la hora pongo cara de culpabilidad—. Madre mía, me voy volando, espero que estos hayan sido capaces de ponerse de acuerdo.
—Todavía no tienes ni idea de lo que les pasa, ¿no? —La pregunta lleva un tono malicioso incluido.
—Qué va. ¿Tú sí?
—Tú también lo sabrás, cuando dejes de usar tanto la mente y empieces a utilizar el corazón.
—En serio, ¿me vas a dejar así? —Cuando hace estas cosas la mataba.
—Sí. Corre que llegas tarde, además, me estás entreteniendo y algunas tenemos trabajo. —Me guiña el ojo y sonríe.
—Eres una cabrona. —Se lo digo mientras cojo mis cosas—. Lo sabes, ¿verdad?
—Yo también te quiero. —Me tira un beso y se gira para volver a meterse en faena.
Mientras recorro el camino hacia el coche, siento como mi cabeza gira a la velocidad de una ruleta.
Rojo, negro, pares, impares. Jimena ha metido un millón de ideas en mi mente y la ha agitado como una coctelera.
Puedo sentir cómo sus palabras rebotan en mi cerebro como los cubitos de hielo en el recipiente de metal.
Pienso en lo último que me ha dicho, lo de entender si miro con el corazón.
Me siento tentada de empezar a darle vueltas cuando me doy cuenta de que estoy intentando obviar la parte realmente trascendental de la conversación.
No soy feliz, quizás no lo he sido nunca.
Llevo toda mi vida pensando que en algún momento ocurrirá algo que me hará dichosa.
Como si la felicidad fuese algo que te toca en una tómbola sin que tú tengas que hacer nada para llevarte el premio.
Porque hacer siempre da miedo y el miedo me paraliza.
«Quieta y esperando», dos palabras que podrían definir muy bien mi actitud ante la vida; eso y «ya lo haré», en algún momento, como si la expectativa del cambio futuro fuese suficiente para justificar la infelicidad presente.
Ahora no, pero en el futuro seguro que pasa algo.
Es justo en ese pensamiento cuando dejo de andar.
Me quedo inmóvil al darme cuenta de la idea que me asalta en este momento.
Acabo de salir de un depósito de cadáveres.
Una sala llena de neveras repletas de personas que también pensaron que tenían tiempo.
Gente que, seguro, tenía grandes planes para el futuro.
Muchos de ellos aún deben tener activos sus perfiles de Instagram, donde cuentan sus proyectos para las próximas vacaciones o muestran fotos de un bonito y espumoso café para tapar lo tediosa que había sido esa reunión con los amigos.
Seres humanos que pospusieron anhelos, sueños y destinos porque ya tendrían tiempo.
No hay mayor certeza que la muerte, aunque todos nos empeñemos en hablar de ella como algo que les ocurre a los demás.
Aunque vivimos siendo conscientes de que llegará, la colocamos siempre en un futuro lejano.
Es inexorable, pero lo que es aún más perturbador es que es completamente impredecible.
Como si acabara de tener una revelación, siento que un escalofrío me recorre el cuerpo.
Estoy a punto de catalogarlo como miedo, pero recuerdo las palabras de mi amiga y me permito sentirlo.
No es miedo, es una electricidad, una vibración que me impulsa.
Mi mente sigue teniendo un millón de temores de los que intenta hacerme consciente, pero mi corazón está hablando y, quizás por primera vez, lo escucho muy alto.
No sé cuánto tiempo tengo, pero ahora sé que tengo ganas de vivirlo.
Me subo al coche y enciendo la radio. Está sonando la canción Vivir de Rozalén y Estopa.
La he oído mil veces porque Jimena adora a esta chica y siempre lleva su música en el coche, pero esta vez no la oigo, la escucho.
Una sonrisa enorme aparece espontáneamente en mi cara.
Quizás sea cierto que, si se abre el corazón, el universo encuentra la manera de hablarte.