Salvación, camino y otras mentiras CAMINO #3
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CAMINO #3

José Salmerón, sesenta y dos años. Su mujer denunció la desaparición la misma noche del veinticuatro porque no se presentó a la cena familiar.

Creo que los compañeros hubiesen apostado a que se le había ido de las manos lo de entonarse para la Nochebuena porque ya te digo yo que no me hace falta un análisis para saber a simple vista que ese hígado ha filtrado más alcohol del que podía.

—Durán y Marro me van a odiar por hacerles volver a la oficina. Sobre todo, él, que tenía planes. —Levanto los ojos indicándole qué tipo de planes—. Pero la verdad es que, sabiendo quién es, tenemos mucho trabajo por delante, empezando por informar a la familia, no se vayan a enterar por la tele.

—Pues les llamas, qué se le va a hacer.

—Lo siento por el cava —se lo digo con cara de pena mientras me palpo el pantalón en busca del móvil.

—¡Ah, no! De eso nada. Cava no vamos a poder tomar, pero un café sí, que tú y yo tenemos que hablar sí o sí. —Su expresión no deja mucho margen a la negociación.

—Tengo trabajo, y tú también. —Esgrimo la excusa del trabajo en un intento desesperado de librarme de una conversación que llevo semanas posponiendo, básicamente porque sé lo que me va a decir y sé también que no me va a gustar.

—Mi trabajo no se va a mover de donde está, te lo aseguro, y en el tuyo tienes a mucha gente para ir adelantando faena, no tienes más que repartir tareas por teléfono y luego te unes. Para algo estás al mando, ¿no? Digo yo que por que delegues un poquito no van a dejar de saber hacer su trabajo.

Golazo por la escuadra, inutilizando todas mis defensas.

Ni Messi hubiese regateado con tanta elegancia.

No voy a librarme de la charla, así que cojo el teléfono y llamo a los chicos.

Anita me lo coge al primer tono, estaba despierta y preparada.

Le doy instrucciones y cuelgo. Ahora le toca a Durán y mi mente se imagina una cortada de rollo en toda regla. Para mi sorpresa, tiene voz de dormido.

—Dime, jefa.

—¿Estabas durmiendo?

—En eso estaba.

—Ah, vale, pensaba que retomarías tus planes navideños.

—Es que tengo una jefa muy plasta y sabía que me iba a llamar en mitad de la noche; además, se me han quitado las ganas con tanta imagen gore.

—Tendrás que hacértelo mirar, que tú sueles ser inmune para según qué menesteres. Bueno, sabemos quién es la víctima. Le he dado instrucciones a Marro, que te cuente cuando llegues, así te acabas de despertar.

—¿Y tú? ¿No nos vemos allí?

—Sí, pero en un rato. Tengo unas cuantas cosas más que hablar con Jimena. —Aunque me apetezca más hablar de asesinos que de mí.

—Vale. —Bosteza—. Pero ¿no me puedes decir tú lo que quieres que haga?

—En serio, Durán, madura. Es verdad que a veces parece que se lea el reglamento policial cada mañana, pero no es mala chica. Dale una oportunidad, que no sé por qué le tienes tanta manía.

—No se la tengo y no he dicho que sea mala chica. Solo que me gusta más hablar contigo. —Y esto último lo dice con voz de galán de película mala, en su línea, el humor como defensa.

—Vaya por Dios, pues mira, hoy no. Nos vemos en un rato.

Lo que yo digo: una profe de párvulos. Cuando salgo, miro a Jimena, que me está esperando en el despachito adjunto a la sala grande.

Ha preparado café, del que me llega el aroma y me hace recordar el cava con cierta añoranza.

La verdad es que a mi cuerpo le apetece la dosis de cafeína y, desde luego, la va a necesitar, pero mi alma piensa que, sin duda, un poquito de alcohol sería más conveniente para aguantar el chaparrón que se me viene encima.

Sé que me quiere, que todo lo que me va a decir es verdad y que está realmente preocupada por mí.

Pero también sé que hablar de todo eso me duele y que no me siento capaz de tomar decisiones trascendentales.

Lo que pasa es que, con los años, vas descubriendo que a la vida le importa una mierda si estás preparada o no, que si tú no tomas las decisiones, otros las tomarán por ti y que llega un punto donde solo te queda instalarte en la queja y la apatía o pegar un salto y agarrar el timón del barco y

llevarlo al puerto que quieras, aunque para ello tengas que tragar agua y sentir como el viento salado te araña la cara.

Duele, es verdad, y a nadie le gusta sentir dolor.

Pero, a veces, tenemos la suerte de que el universo coloca en nuestro camino a personas que nos recuerdan esas palabras que supuestamente dijo Buda: «El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional».

Gente que te sacude y te hace ver que tienes la puerta de la jaula abierta, que solo tienes que recordar cómo se vuela.

Yo tengo a Jimena y me veo venir, por su mirada, que el zarandeo de hoy va a ser histórico.

Así que, como una niña a la que han mandado al despacho de la directora, arrastro los pies hacia donde me espera.

Paso por delante de la mesa y de reojo miro el cadáver.

Me pasa por la mente que yo también me siento un poco como él, dividida, hecha trozos, sin saber bien cómo volver a unirlos.

Sacudo la cabeza y decido pensar que, al menos, yo aún tengo la posibilidad de cambiar mi destino, aunque no tenga ni idea de hacia dónde. Cojo el café y me siento. Empezamos.