Salvación, camino y otras mentiras CAMINO #2
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CAMINO #2

—Sí, algo tenemos. —Anita cambia de pestaña en el navegador y me hace un resumen.

Mientras yo voy mirando las fotos, diría que casi embelesada ante lo imponente de la construcción, Anita me va contando detalles del edificio.

Me explica que fue construido entre 1931 y 1941, amén del consecuente parón en medio, mérito de nuestra guerra civil.

El arquitecto fue Joan Rubió, discípulo de Gaudí, detalle que sin duda se aprecia al mirar la obra, incluso para los menos versados en el estilo del famoso creador de la Sagrada Familia.

El terreno fue donado por las hermanas Castells para la construcción de un asilo para ancianos sin posibilidades económicas.

Dato que me parece curioso y cachondo, como todo lo relacionado con la iglesia, porque si yo ahora quisiera meter allí a mi madre, la broma ronda los 2500 € mensuales, servicios no esenciales aparte.

Vamos, que como no tengas posibilidades económicas no entras y ya.

Vuelvo a centrarme en la explicación, que me disperso.

Desde 1944 se encarga de la gestión la congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, de ahí la estatua de su fundadora en la entrada de los jardines.

Se considera modernista, con altas dosis de gaudinismo por la mezcla de elementos románicos y góticos y con una clara influencia de la arquitectura típica catalana de las casas pairales o masías.

En definitiva, posee sin duda un estilo ecléctico o, lo que es lo mismo, una especie de caos organizado que en su batiburrillo de estilos acaba resultando único y precioso.

—Mucho desamparado y mucho desvalido, pero tiene pinta de costar un pastizal tener a los yayos allí dentro.

Durán tiene la extraña capacidad de leerme el pensamiento. Me encantaría seguir con esa conversación y aprovechar para quedarme a gusto diciendo todo lo que opino de cualquier estamento religioso. Pero no puedo, ahora no.

—Aunque coincido con tu opinión, ese no es el tema ahora.

La cuestión: nos toca averiguar quién es el muerto, porque sin eso no sabremos por qué era importante dejarlo justo ahí.

Me voy a ver a Jimena, a ver si tiene algo.

Anita, ¿le has pasado ya las fichas de desaparecidos para que pueda cotejarlas?

—Sí, se las acabo de enviar.

—Perfecto, pues me voy al instituto médico forense.

—Vale, jefa. Y nosotros, mientras, ¿qué hacemos? —Durán me mira con cara de querer irse.

—¿Todavía llegas a tiempo a tu cita con la diosa del olimpo? —Se lo he dicho como una broma, pero la expresión de su cara me dice que, por algún motivo, no quiere hablar de ello.

—No lo sé, es por saber si quieres que nos encarguemos de algo.

—De momento, tenemos que esperar a que cada uno haga su parte para juntar las piezas —lo estoy diciendo y ya me estoy arrepintiendo del símil escogido—. Os podéis ir, pero tened el móvil a mano, porque en cuanto tengamos algo de lo que poder tirar, reanudamos la marcha.

—A sus órdenes, inspectora. —Anita coge sus cosas y antes de salir, se gira—. Feliz Navidad.

Es curioso, porque, aunque lo ha dicho en general, me ha dado la sensación de que miraba a Durán a los ojos mientras lo decía. A él también se lo ha debido parecer, porque durante unos segundos se queda pensativo. Se sacude un poco, como el que va a empezar a correr, y me mira.

—Yo también me voy, cualquier cosa, ya sabes. Servicio 24/7. —Se ríe y sale por la puerta.

Supongo que es superior a mis fuerzas, odio no tener la respuesta cuando una pregunta me ronda la cabeza.

Así que me quedo unos minutos analizando qué es exactamente lo que acabo de ver que no me encaja.

Podría dedicar horas a mis pensamientos, pero se me cruza el recuerdo de que tengo muchas cosas que hacer y decido dejarlo para otro momento.

No significa que vaya a parar, solo que tendrá que esperar.

Aparco y, antes de bajar del coche, cojo las botellas de cava que acabo de comprar en el súper veinticuatro horas que me he encontrado de camino.

No es precisamente de primera y además está caliente, pero para cuando mi amiga pueda descorchar la primera seguro que sus fantásticas neveras han hecho su magia.

Por lo que se refiere a la calidad, me resulta un detalle sin importancia si cumple con su función: adormecer emociones.

La sala de autopsias de Jimena es tan singular como ella.

Cuando uno entra en un sitio así, sobre todo con la intoxicación de series y películas sobre el tema que todos llevamos encima, lo que espera encontrar son paredes blancas, superficies de acero inoxidable, toda clase de tubos y vasos de vidrio y una luz brillante y cegadora.

Todo eso está, pero no es en lo que uno se fija al entrar.

Todas las repisas, estantes, su escritorio, cualquier lugar lejos de la zona principal de trabajo con algún hueco, están repletos de cúpulas de cristal, herméticamente cerradas, llenas de plantas.

Biosferas de todos los tamaños que evitan cualquier tipo de contaminación del espacio pero que lo llenan todo de decenas de distintas tonalidades de verde.

Al traspasar la puerta uno olvida, aunque sea por un momento, el lugar en el que está.

Jimena dice que son el equilibrio, que un lugar lleno de muerte debe estar también lleno de vida.

Siempre he pensado que, si el reglamento lo permitiera, haría las autopsias llevando vestidos de mil colores y llena de collares de sonidos alegres.

Pero es una profesional, de los pies a la cabeza, así que me la encuentro alrededor de la mesa, con toda la parafernalia protocolaria puesta, hablando para ella misma, pero en voz alta, para que el micro que cuelga del techo grabe cada detalle.

—Inspectora Salinas —lo dice en tono ceremonioso—. Se detiene el proceso de autopsia a las veintitrés y dieciocho de la noche del 25 de diciembre de 2025. —Pausa la grabadora y me mira—. Pasa, anda, no te quedes ahí parada.

—Es que me encanta verte tan seria mientras trabajas. —Le enseño las botellas que llevo a la espalda—. Están calientes, ¿las ponemos a enfriar?

—Con suerte lo mismo nos las tomamos en el vermut, porque aquí tengo yo para muchas horas. Trae, que tengo una nevera vacía que hay que limpiar.

—No tendrá restitos, ¿no? —Mi cara es un poema.

—No seas tan fina, que no vas a chupar el cristal, además, cuando entran ya están limpios. —La veo reírse mientras mete las botellas.

Miro la mesa de autopsias. Sigue siendo una imagen dantesca, pero al menos Jimena ya lo ha colocado de forma que vuelve a parecer un ser humano —es un estado lamentable, pero humano—.

—¿Qué estabas haciendo? —le pregunto mientras me siento en una de las sillas que hay por allí.

—Le voy a dejar el humor negro a Durán y te voy a contestar que trabajando. He podido colocar cada parte donde corresponde y estoy separando los órganos para analizarlos. De momento no me ha dado tiempo a mucho más, pero te diré que tengo tres noticias buenas y una mala.

—Eres la mejor. —Pienso cuál quiero escuchar primero—. Cuéntame la mala.

—Cuando le cortaron el pene, estaba vivo.

—Joder, ¿murió desangrado?

—No, eso forma parte de las tres buenas. La primera es que lo descuartizaron post mortem; la segunda, que creo que sé cuál es la causa de la muerte; y la tercera, que he identificado a la víctima. —Cuando acaba tiene esa sonrisa que dice: qué buena soy.

—Genial. Me alegro de que no le hicieran sufrir aún más.

—Bueno —me interrumpe Jimena—, sufrir, sufrió. Tengo que acabar de hacer más comprobaciones, pero, si no me equivoco, la amputación fue, mínimo, una hora antes de la muerte, hay diferencias en la necrosis del tejido.

—¿Lo tuvo una hora agonizando? Menudo sádico de mierda. ¿La causa de la muerte?

—Aquí se pone interesante: tiene un disparo, en el corazón.

—Vale. —No le veo nada de resaltable a un disparo en el corazón, más bien me parece eficaz—. ¿Tienes la bala?

—Eso es justo lo interesante, que no hay bala ni orificio de salida. —Escudriña mi cara, que en este momento debe estar de foto.

—¿Perdón? ¿Se la quitó?

—No. Solo hay un agujero en el pecho y su correspondiente trayectoria en el corazón, pero no hay ningún signo de que hayan intentado siquiera extraer el proyectil.

—¡Venga ya! Vale y, digo yo, con tanto trocear y el transporte, ¿no se puede haber caído?

—Eba, es una bala, no un anillo. Además, el torso estaba entero. Cortó cabeza, brazos a la altura de los hombros y por la cintura. Si le hubiese disparado en las tripas podríamos cuestionárnoslo porque no todas están enteras. Pero en el pecho no. No hay bala y punto.

—No me jodas, Jimena, que no estoy yo para misterios del cuarto amarillo.

—Nada más lejos de mi intención, cariño. Te cuento lo que hay.

—¿Y no puede ser otra cosa? —Pienso a toda velocidad mientras busco armas que dejen una marca que se pueda confundir con un disparo—. No sé, un punzón, algo tipo palo de hierro redondo, ¿algo?

—No, es un disparo. El borde del orificio está cauterizado, se quema por la velocidad del disparo. Es una bala, pero no hay bala. Ah, que se me olvidaba: y restos de pólvora tampoco. —Ahora sí, me acaba de poner su cara de Poirot.

—¡Claro que sí! A este paso no vamos a tener ni cadáver.

—Me quedo pensando, pero, como veo que estoy entrando en bucle, decido cambiar de enfoque, ya volveré a esto—.

De acuerdo, te dejaré seguir trabajando porque sé que en algún momento sabrás con qué leches le han matado. Me has dicho que sabes quién es.

—Sí; sobre eso, no hay misterio, ha sido muy fácil.