Salvación, camino y otras mentiras CAMINO
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CAMINO

—Me estás diciendo que estamos jodidos.

—No, Bonet. Te estoy diciendo que acabamos de empezar y que, por lo que hemos encontrado, está claro que homicidio imprudente no es, pero eso no significa que estemos jodidos. Por algún sitio tiraremos, además, Jimena no ha dicho aún nada y sabes que siempre nos da algo de lo que tirar.

—Pues eso espero, inspectora, eso espero. Porque lo que está claro es que no me van a dejar respirar. Ya está saliendo en todas partes y ya me ha llamado el comisario. Quiere saber qué decir y quiere que yo le dé el discurso redactado en Arial 12, ¿me entiendes?

—Sí, intendent. —Ya no le hablo de tú porque sé que está cabreado.

—Por lo tanto, necesito saber qué decirle y me lo vas a tener que decir tú.

Esto huele a circo mediático que tira para atrás y eso nunca es bueno.

Así que daos prisa en identificar al muerto y cruzad los dedos para que sea un traficante con muchas deudas y con mucha gente detrás queriendo cobrárselas, porque, si no, Eba, vamos a estar muy jodidos.

Cuelga. No me sienta mal, estoy acostumbrada a que, cuando está cabreado, se entienda que su última frase es el cierre de la conversación.

Además, lo entiendo. No es, ni de lejos, el primer caso en el que trabajamos juntos y sé que la presión a la que se verá sometido en las próximas semanas —esperemos que no meses— resultaría insoportable para la mayoría de los mortales.

La prensa en general y la amarilla en particular pueden hacer tomar diazepam al más calmado de los responsables policiales.

Con los años he aprendido a convivir —incluso diría que a soportar— con todo tipo de publicaciones y medios.

Muchos hacen su trabajo, informan, a veces demasiado, pero dan la noticia y los avances que van ocurriendo durante la investigación.

Eso lo entiendo. Lo que sigo sin comprender son esos programas que dedican horas a hablar de un proceso tan complejo igual que hablarían del último novio de la influencer del momento.

Una mesa llena de comentaristas, sin oficio ni beneficio, con algún que otro experto intercalado para dar credibilidad al debate.

Esos criminólogos, forenses o abogados dan datos, información de cierto rigor, que impregna el aire del plató de ambiente científico, mientras los cuatro charlatanes de ocasión y algún que otro periodista se dedican o bien a criticar la labor policial o, aún peor, a dar datos macabros,

en su mayoría erróneos, de todo lo que sufrió la víctima o del supuesto perfil del criminal.

Todo esto para el deleite de una audiencia que se va tragando la sarta de chorradas como el que ve un culebrón.

Pero la telenovela no duele y toda esta basura sí.

Provoca dolor a todos los que han perdido a alguien.

Cada dato que dan, con todo lujo de detalle, incluso los inventados o exagerados, son puñaladas que reciben la madre, el marido, la hija, la mujer del muerto.

No importan, porque el dolor vende y eso es lo único que cuenta.

La verdad pasa a ser algo secundario, hay que emitir y, si pueden, adelantarse incluso a las personas que están investigando.

Así que rellenan horas y horas con medias verdades y muchas mentiras.

Es lo que ocurre cuando se habla de lo que no se sabe y cuando un juez decreta secreto del sumario, indistintamente de quien sea el presentador o la presentadora de turno, lo que van a contar serán solo suposiciones y, por desgracia, la mayoría de ellas erróneas,

lo que las convierte en mentiras cuando se cuentan de un modo taxativo.

Recuerdo que, hace unos años, cuando comunicábamos lo sucedido a la familia, intentábamos siempre decir cosas como: «fue rápido», «no se enteró de nada», «no sufrió».

Ahora decimos la verdad, la justa y necesaria, y a ser posible con nombres complejos.

No decimos que le dieron un golpe que le rompió la cabeza, utilizamos el tecnicismo de traumatismo craneal con objeto romo.

Se van a enterar igual, pero, al menos, nos queda el cómo decirlo.

El lenguaje tiene esas cosas, es capaz de crear la realidad.

No es tan importante lo que ocurre sino lo que nos contamos sobre ello.

Una narrativa puede aliviar el dolor o provocar sufrimiento.

Así que elegimos bien las palabras. Y las acompañamos siempre de la recomendación de que no vean la televisión en los días venideros, porque ahí no van a encontrar respuestas, pero sí daño.

No sé qué porcentaje nos hace caso. Ojalá llegue un día en que nadie quiera ver todas esas patrañas capaces de revolver las tripas al más templado.

Enfrascada en toda mi conversación mental, ya he aparcado y subo las escaleras hasta mi zona de trabajo.

Son casi las diez de la noche, pero para cualquiera que no mire el reloj podrían ser las diez de la mañana debido a la cantidad de gente que hay moviéndose de un lado a otro.

Todo esto nos ha pillado fuera de juego.

Reconozcámoslo, esto no es Las Vegas, aquí la ciudad duerme —poco, pero duerme—, y algo así no pasa cada día.

Al fondo están Durán y Marro, cada uno en su mesa, con sus respectivas miradas pegadas a los monitores del ordenador.

Hablan entre ellos si deben hacerlo, pero poco más.

Me tengo que enterar de cuál es el problema.

Con Durán ya lo intenté, con la excusa de que somos amigos, se lo pregunté uno de esos días de tomar una cerveza después de trabajar.

Desde luego su respuesta fue la última que me esperaba.

«Pregúntale a Marro. Yo no tengo ningún problema».

No pregunté más. No porque no tengamos la confianza suficiente, más bien al contrario.

Porque lo conozco, esperaba algún chascarrillo, alguna crítica, mordaz o inocente, que justificase que le tenía manía.

Incluso una broma o alguna risa. Pero lo que vi en sus ojos fue dolor.

Breve, impreciso, pero dolor. Si no me lo contó, con toda nuestra confianza, era porque ahí aún había una herida que dolía tocar.

Quizás la mejor opción era olvidar el tema, pero tengo esa vena —mitad mamá de sus polluelos, mitad maestra de colegio— que quiere que sus chicos se lleven bien, y también un puntito maruja y cotilla, para qué engañarnos.

Cuando todo esto pase, en uno de esos fines de jornada, invito a Marro a tres copas y le tiro de la lengua.

Aunque reconozco que no sé ni si bebe. Esta chica es todo un misterio para mí.

—Hola, muchachos, ¿cómo vamos? —Mi saludo les hace levantar a ambos la vista de lo que están mirando.

—Buenas noches, inspectora. —Ana Marro, Anita, siempre tan formal.

—Hola, jefa. ¿Qué tal ha ido la charla con el intendent?

—Pues iba conduciendo, Durán, así que no he podido apuntar todas las palabrotas que ha dicho por segundo, pero vamos, te puedes hacer una idea.

—¿Está enfadado? Pero si acabamos de empezar.

—Lo sé, Anita, lo sé. Pero a él lo presionan y él nos presiona a nosotros. Ya sabemos cómo va el juego, así que empecemos la partida. ¿Novedades?

—Novedades viernes: un temazo, de Dani Martín, ¿lo has escuchado?

—Marro sonríe levemente, aunque disimula, a mí se me sube la ceja y Durán sabe que eso no es bueno, así que se pone serio—.

Poca cosa, de momento me acaban de subir las fotos del escenario y justo he colgado ahora con Serra, que me ha confirmado lo que ya sabíamos: nada útil en rastros, por ahora.

—Cojonudo. Anita, dime que tú tienes cosas buenas que contarme.

—Buenas no sé si son. —Se sonroja un poco—. Pero algo tengo. Lo primero que he hecho ha sido mirar las denuncias por desaparición de los dos últimos días, aunque no sé si he hecho bien, porque Jimena aún no nos ha dado el momento del fallecimiento.

—Para empezar, está bien, ya afinaremos más si es necesario. —Y mi reconocimiento la anima a seguir.

—Entre ayer y hoy se han puesto veinte denuncias. Siete son mujeres y cuatro, adolescentes; lo que nos deja nueve posibilidades, todos caucásicos, como la víctima, así que por ahí no podemos eliminar a ninguno.

—De los nueve, más de la mitad vuelven pasadas las fiestas porque no querían estar en Navidad con la suegra.

—Joder, Durán. —Echarle la bronca va con el cargo, pero algo de razón tiene.

Las navidades son malas fechas, tanto para la violencia de género como para las desapariciones voluntarias.

Diría que, para la salud mental, en general, sobre todo si no aguantas a tu familia—.

Esperemos que así sea, pero Anita, igualmente, pásaselo a Jimena, a ver si coincide alguno.

Y tú, Arnau, pásame las fotos que te han dado.

—Tú haces al revés que mi madre. Si me llamas por el nombre, malo.

—Algo habrás hecho, seguro. Pásamelas. —Pero esta vez se lo digo con media sonrisa.

Las fotos no me enseñan mucho más de lo que ya he visto allí, aunque reconozco que las de dentro de la bolsa las paso más deprisa, dos veces es demasiado.

Me detengo un poco más en las que muestran la bolsa cerrada, tal y como se encontró.

Vuelvo a maravillarme con la belleza del sitio, desde luego, tiene algo especial.

La estatua central vuelve a captar mi atención.

—Por cierto, ¿sabemos ya qué santa Teresa es esta?

—Sí. —Anita ha hecho los deberes—. Es santa Teresa Jornet.

Hago un rápido repaso mental por el santoral que conozco, bastante amplio para ser atea, gracias a la insistencia de mi madre durante lustros. Pero ni me suena, así que o mi madre no le guarda gran devoción o es de reciente beatificación. Durán se ríe mientras observa mi cara de concentración.

—Una que no te sabes, jefa. Será muy nueva.

—Pues será, ¿no, Anita? —Esta vez me río con él.

—Lo es, la canonizaron en 1974. Existir, existió hace más tiempo.

—Se coloca bien las gafas de leer—. Nació en 1843 y murió en 1897, con cincuenta y cuatro años, de tuberculosis.

Estudió para maestra y, aunque siempre estuvo vinculada a la iglesia, ella se lo pensó bastante para la época, porque no se hizo monja hasta los treinta años.

Es la patrona de los ancianos porque en 1873 fundó la congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados y dedicó el resto de su vida a cuidar abuelos desvalidos.

Cuando murió, dejó ciento tres asilos en marcha. En resumen, una santa.

—Como su propio título indica. —Me lleva unos segundos procesar tanta información canónica—. Y del sitio, ¿tenemos algo?