CAMINO #2
—Puff, ¿es realmente necesario? —Nunca me han impresionado los cadáveres, pero, por las explicaciones que han ido dando, no me apetece nada meter ni las manos ni mi memoria en lo que haya dentro de esa bolsa. Pero lo hago—. Ya están puestos los guantes, echa un poco para allá y déjame ver.
Me agacho junto a Jimena, que abre las solapas de la bolsa con la misma cara con la que me ofrecería un regalo. Está pasándoselo en grande viendo mi cara de asco. Aunque dura poco, porque, en cuanto el haz de luz de la linterna enfoca lo que tengo en mi mano, el asco deja paso al espanto.
—¡Por favor!, pero ¿qué le han hecho?
—Yo creo que con lo que no le han hecho acabamos antes, pero necesito examinarlo en condiciones. Así que, si la juez da su permiso, me lo llevo.
—Voy a preguntar y, de paso, hablo con el sargento Serra, a ver si los suyos han encontrado algo útil.
—Me levanto y empiezo a andar, pero me giro después de unos pasos—.
¿Cómo lo ves si me paso dentro de dos o tres horas por tu lugar santo y llevo una botellita de cava? Así celebramos tú y yo San Esteban.
—Dentro de tres horas no voy a poder beber porque no habré acabado ni de broma, pero hay neveras de sobra para mantenerlo fresquito. —Me sonríe—. Cualquier excusa es buena para no estar en casa, ¿no?
—Hoy no, Jimena, hoy no. —Le guiño un ojo y echo a andar.
Tiene razón, siempre la tiene, por más que yo le discuta.
Sé que no soy yo la que habla, es mi miedo, mi comodidad o mi cobardía.
Lo malo es que llevan tanto tiempo hablando por mí que ya no sé dónde acabo yo y dónde empiezan el resto de las voces.
Me cruzo con la juez, que me confirma que en breve dará la orden de levantamiento.
Justo detrás está el sargent Serra. Bendito bigote, porque, con los trajes que llevan los de la División de Policía Científica, creo que a sus madres les costaría reconocerlos.
—Sargent Serra.
—A les seves ordres, inspectora.
—¿Han encontrado algo útil?
—Me gustaría decirle que sí, inspectora, pero no mucho, la verdad.
Por aquí ha pasado medio pueblo antes de que se pudiera examinar la zona, así que hay más pisadas que en una procesión, y en la bolsa no se ha encontrado ni una huella dactilar.
Me parece que vamos a depender todos de lo que pueda encontrar la doctora Arribas.
—De acuerdo, Serra, le dejo seguir trabajando.
—Gracias, inspectora. A sus órdenes.
De momento todo apunta a que o bien Jimena saca mucha información de lo que pueda o fácil no lo vamos a tener. Ahora es Durán el que se acerca por mi espalda.
—¿Qué tal te ha ido, jefa? ¿Has sacado algo en claro?
—Sí, que es un jodido artista del mecano, pero si te refieres a algo útil, no mucho, por no decir nada.
—¿Ya has decidido que es «un» jodido artista y no «una»?
—En su pregunta no hay cuestionamiento, más bien un tono que me recuerda al hada de las navidades futuras que salía en aquella película ochentera: Los fantasmas atacan al jefe.
Concretamente en la escena en la que le da golpes en la cabeza al protagonista con su varita mientras le repite con voz chillona y molesta: «Yo sé algo que tú no sabes».
—¿No debería? Va, Durán, ¿qué sabes?
—Saber no sé nada, pero me acaba de decir uno de los de científica que han encontrado algo que podría no ser nada, o sí.
—Guau. Pues ahora sí que me has ayudado a tenerlo todo clarísimo —le digo mientras le doy una palmadita en la espalda.
—Qué mal llevas los giros tensionales, jefa. Como para ir contigo al cine a ver una de intriga. —Mi cara de «no me toques las narices» lo anima a seguir hablando—. Vale…, justo debajo de la bolsa hay un rastro de lo que parecen ser las marcas que dejaría una silla de ruedas.
—Durán, esto es una residencia de ancianos. ¿Quieres que los haga ponerse en formación a ver si alguna de las sillas es la que buscamos y así nos lo llevamos ya detenido?
—¿Te he dicho alguna vez que tienes un humor de perros? —Me sonríe—. He dicho justo debajo de la bolsa, y reciente.
—¿Y la trayectoria?
—Demasiado trasiego de gente, pero eso puede significar que no cargó con los restos, sino que utilizó una silla de ruedas para llevarlos hasta allí.
—Vale, así que me quieres decir que podría haber sido una mujer, ¿no?
—Cargar con el peso no habría sido un problema.
—Obviando el hecho de que hay muchas mujeres que podrían cargar ese peso, no creo que el sujeto sea una mujer por la carnicería que ha hecho. Las mujeres no matan así, al menos, estadísticamente hablando.
—Ya te ha salido la vena feminista —me dice riendo.
—No es feminismo —que también—, es estadística y estudios.
—Ya, pero, si no me salen mal las cuentas, acabaste la carrera de Psicología hace más de veinte años, ¿no?
—Más o menos, la de Criminología hace no tanto. —Eso ha dolido, qué fácil es recordarle a una que se ha hecho mayor.
—Pues habría que dar un repasito a esos estudios. La igualdad entre géneros, aunque aún nos quede mucho camino que recorrer, ha avanzado para casi todo. Y piradas sádicas haberlas las habrá, digo yo.
—Sigue existiendo mucha desigualdad y en esto también.
Las piradas sádicas, que las hay, siguen eligiendo, mayoritariamente, métodos menos sucios y mucho más prácticos.
Y mejor cruza los deditos para que no sea una mujer, porque son más difíciles de pillar.
Eso también lo dicen las estadísticas. De momento vamos a esperar a tener más información.
Por lo demás, el sitio deber ser importante si se ha tomado la molestia de meterlo aquí. ¿Sabes algo más?
—Marro está en la oficina recabando información, si quieres vamos para allá. Aquí ya están empezando a levantar el campamento.
—Vale, nos vemos en comisaría.
Me saluda oficialmente con la mano y lo veo ir hacia el coche.
Echo un último vistazo a mi alrededor. De camino a la comisaría me va a tocar llamar a Bonet.
Mientras me dirijo hacia el coche, voy murmurando mentalmente la plegaria para que haya mala cobertura en el trayecto, porque está claro que no le va a gustar nada lo que tengo que contarle.