Salvación, camino y otras mentiras CAMINO
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CAMINO

Ha pasado casi una hora desde la llamada de mi superior cuando llego por fin al sitio que tan amablemente me ha ido indicando el GPS.

Podría haberlo apagado hace más de tres manzanas y habría llegado igual.

Solo hubiese tenido que seguir el halo de luces azules que puede verse desde los pueblos de alrededor.

Me tomo unos segundos antes de bajar del coche, no muchos, porque alrededor del lugar hay ya toda una legión de periodistas y mirones que, aunque a veces no sabes quién es quién, hay que asumir que, hoy en día, cualquiera con un móvil en la mano —o, lo que es lo mismo,

todo el mundo— es un reportero en potencia.

Por este motivo, solo me permito ese pequeño momento, pero la verdad es que el sitio merece esos segundos y muchos más.

A primera vista parece un castillo de la Edad Media, una edificación imponente que ocupa toda una manzana de la ciudad de Igualada.

Lo que más sorprende al principio es lo anacrónico del conjunto, como si no tuviese que estar allí.

Podrías esperar encontrártelo en lo alto de una montaña, pero no rodeado de edificios actuales o al lado de una tienda de barrio.

Quizás parte de su belleza radica en que está fuera de lugar, que lo sabe y no le importa, porque se sabe poderoso, inmune al paso del tiempo.

No tengo ni idea de arquitectura, así que no sé a qué estilo pertenece, lo que tengo claro es que, cuando lo ves, impresiona.

No sé si sentir compasión o envidia por los ancianos que ahora viven ahí.

Creo que a la luz del sol, envidia; pero al caer la noche me vienen a la mente unos cuantos relatos de Edgar Allan Poe, acompañados de un escalofrío.

Ahora sí, bajo del coche y cruzo la valla de entrada a los jardines.

Justo en medio hay una figura blanca, una escultura de lo que parecen ser tres personas, pero no soy capaz de reconocer en ella ninguna virgen o santa, al menos, a ninguna de las muchas que venera y tiene mi madre en casa.

Lo que tengo claro es que no estoy viendo ningún cadáver.

Mientras intento ubicarme, veo a Arnau Durán, que me saluda a distancia, y voy a su encuentro.

—A les seves ordres, inspectora Salinas.

—Descansa, Durán, que no nos están mirando. ¿Te deseo feliz Navidad o vamos por faena?

—¿A ti también te han sacado de una divertida comida familiar? —me lo pregunta con esa sonrisita irónica suya. Son muchos años trabajando juntos como para que crea que me han fastidiado las fiestas.

—La pena es que me han avisado cuando ya estaba en casa. Me llaman tres horitas antes y vuelvo a creer en Papá Noel.

—Pues yo sí tenía planazo —dice mohíno.

—¿Rubia o morena? El planazo, digo.

—Joder, jefa, a veces hago otras cosas. —Me quedo mirando, solo estoy esperando la respuesta, porque sé que hay poca opción más—. Rubia, divina, inteligente y divertida. Una diosa y aquí estoy, currando un veinticinco de diciembre.

—Deja de quejarte, anda, que seguro que lo entiende y te da otra oportunidad de visitar el olimpo.

—Cómo se nota que estás fuera del mercado. —Es una fracción de segundo, pero en mi cara aparece una microexpresión de infelicidad. Durán la ve y recula—. Porque quieres, jefa, porque quieres.

—Tira ya, anda. —Me ha hecho reír—. Déjate de galanterías, que no te pegan nada, y ponme al corriente, que esto parece un concierto con tanta gente.

La verdad es que tengo suerte. Trabajar con Durán es fácil y divertido, también porque, aunque no se lo digo mucho, es un gran policía.

No me pareció tan genial al principio; cuando me lo asignaron como compañero, estuve de morros durante meses.

Consideraba un castigo que me obligaran a hacerme cargo de un niño de veintitrés años a mis treinta y seis.

Era como llevarme a mi hijo al trabajo, pero peor, porque este venía graduado y creyendo saber mucho.

Diez años después, y viendo el panorama actual, no puedo estar más que agradecida.

Además de ser un buen compañero, se ha convertido en un gran amigo.

Yo le digo que debería encontrar a alguien y establecerse, y él me dice que yo debería dejar de estar tan establecida y probar a ser feliz. Formamos un buen equipo.

—Pues te cuento, jefa. El cadáver está ahí detrás, donde la estatua.

—Ahí no hay nada.

—Hay que dar la vuelta, está detrás de santa Teresa.

—Esa no es santa Teresa. —Esa me la sé.

—Sí lo es, es otra Teresa, luego que te explique Marro, que todo lo histórico se le da mejor que a mí —lo dice poniendo los ojos en blanco, Marro no está en su lista de personas favoritas, pero aún no sé por qué—.

La cuestión: creo que la juez de instrucción ya ha acabado y la forense está mirando dentro de la bolsa, a ver qué encuentra.

Yo, de momento, te puedo decir que quien esté dentro no está de una pieza, que dejaron la bolsa en algún momento durante la madrugada, que el edificio no tiene seguridad perimetral, así que no hay cámaras ni alarma en el jardín, y que dieron el aviso sobre las once y media de la mañana,

cuando salieron a abrir las puertas para recibir las visitas de los familiares.

—¿Quién dio el aviso?

—Pues la primera, una monja. —Tengo que refrenar el impulso, adquirido tras años de repetición, de persignarme—.

Salió para abrir el portón y no se fijó, porque iba mirando el reloj, pero, al volver hacia el edificio, atisbó lo que, según dijo, le pareció una bolsa grande de basura y se acercó para ver qué era.

En cuanto se fijó en la cremallera y la forma echó a correr para dentro a llamar a la policía y a todo el equipo del centro.

Lo malo es que, con el susto, no se acordó de que había dejado la puerta abierta, así que, imagínate, conforme iban llegando los familiares, se iba sucediendo la misma escena: gritos, terror, llamada a los mossos.

En media hora estaba el 112 que echaba humo.

—Ya, ya me imagino. Y a la prensa, ¿quién la ha avisado?

—Pues ves a saber, pero si nos descuidamos llegan antes que los compañeros de seguridad ciudadana.

—Que se aseguren de que no se cuela ninguno, por favor, y de paso también de que nadie haga fotitos con el móvil de lo que sea que vayamos a encontrarnos.

—Entendido, jefa. Voy a hablar con el Gato Pardo, que se lo remarque a los suyos.

—Como te oiga, te forma un consejo de guerra —se lo intento decir como reprimenda, pero me estoy riendo y pierdo autoridad.

—Pues que se dé prisa y oposite, así le cambian de rango y ya no habrá chiste.

—Es que en realidad no hay chiste y lo sabéis, en mossos no existe el cabo, es caporal, y si no es cabo, el parecido con gato no existe y, por lo tanto, la unión con su apellido ya no tiene gracia.

—Venga, jefa, eso es en catalán y este es de Badalona, allí el catalán se habla solo en los despachos.

—Y ahora, nazi, ¿quieres dejar de generalizar?

—Vale, vale. Pero se morirá siendo el Gato Pardo, así consiga llegar a major.

Con todos los años que llevo en la DIC —o, su nombre largo, Divissiò d’Investigaciò Criminal—, sigo sin saber el motivo real de ese mote.

Al principio, como una quiere creerse intelectual, pensaba que lo llamaban así en alusión a la novela del mismo nombre, en su acepción más política de gatopardismo, porque era el típico que se quejaba de todo y parecía que quería cambiar muchas cosas,

pero siempre y cuando no le tocaran sus privilegios; de los que marean mucho la perdiz para acabar dejándolo todo como estaba.

Con el tiempo llegué a la conclusión de que era mucho pensar para un apodo y que su origen podía deberse a que era un tipo bastante insulso, ni guapo ni feo, ni bueno ni malo, y que lo llamaban así en alusión al refrán de que de noche todos los gatos son pardos; vamos, que era un tío del montón.

Ahora, después de una década codo con codo con ellos, puedo decir, sin miedo a equivocarme, que les hizo gracia la rima y punto, amén de que les pareció una buena manera de tocarle los cojones, cosa que parece que funciona porque se sube por las paredes cada vez que lo oye.

Como dice siempre mi amiga Jimena, mi problema es que doy por hecho que todo el mundo se come tanto la cabeza como yo, a lo que siempre le respondo que quizás por eso soy tan buena en mi trabajo, frase que replica sentenciosamente con: «Y tan mala tomando decisiones vitales».

Qué capacidad tiene de reventarme los esquemas.

Pensando en ella y en sus pellizcos de conciencia, como los llama, me voy acercando hasta donde está.

Jimena, además de mi amiga, es, probablemente, la mejor médico forense que tenemos en Cataluña y me atrevería a afirmar que en toda España, pero puede que lo mucho que la quiero no me permita ser objetiva.

La encuentro metida de arriba abajo en el traje de faena, mientras parece que, agachada como está, buscara en la basura un boleto de lotería premiado que alguien hubiera tirado por error.

—Buenas noches, doctora Arribas.

—¡Inspectora Salinas! —Me echa un vistazo—. Vaya por Dios, te ha dado tiempo a cambiarte. Con lo que me gusta a mí verte vestidita de domingo.

—No empecemos, Jimena, que no es el día. Sé buena conmigo, aunque sea un ratito. —Acompaño la petición poniendo ojos de gatito abandonado.

—Ains…, si fuese mala… Bueno, ¿te cuento?

—Pues si puedes, todo un detalle.

—Poder, lo que se dice poder, puedo poco, de momento. Hasta que no lo tenga en mi mesa.

—¿Lo? ¿Es un hombre?

—Pues sí, eso dice su miembro, que, al menos, sea quien sea el autor del tetris, ha tenido el detalle de dejarle la pieza entera.

—Bueno, algo que no le han cortado. —Y lo digo con cara de circunstancias.

—Yo no he dicho eso, he dicho que la pieza está entera, no que permanezca unida al resto.

—¡No jodas! —Ahora ya no tengo cara de circunstancias, más bien de no entender nada—. Pues no creo que fuese por facilitar el transporte, ¿no? Por cierto —digo mirando la bolsa—, ¿eso no es muy pequeño para ser una bolsa de cadáveres?

—Sí y no. Es pequeña porque los cadáveres para los que está hecha no son humanos.

Está fabricada para transportar cadáveres de animales; de granja, para ser exactos.

Tipo oveja, cerdo… —Para un momento la explicación y me mira—.

¿En serio vas a seguir haciéndome preguntas sin tener el detalle de ponerte los guantes y mirar tú solita?