Salvación, camino y otras mentiras CAMINO
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CAMINO

Por fin en casa. Entro directa al vestidor.

Me quito la ropa destinada a las fiestas de guardar en casa de papá y mamá, que, ya se sabe, requiere de unos niveles de elegancia y recato mayores que las de otras ocasiones y otros lugares.

Hoy toda esa ropa pesa como un neopreno de alto espesor mojado.

Con cada prenda que voy soltando siento que me voy quitando un pedacito de la máscara que no me deja respirar.

Debería estar más que acostumbrada, pero no puedo, no quiero.

Porque siento que el día que todo esto deje de molestarme me habré muerto del todo por dentro.

Durante mucho tiempo tuve el firme convencimiento de que llegaría un punto en que no me afectaría.

Que, por sobreexposición, mi cuerpo y mi mente generarían algún tipo de anestésico que haría que pudiese soportar las situaciones inevitables sin sentir ni padecer.

Con lo que no contaba en mis precisos cálculos era que ese bendito adormecedor tendría una duración limitada, como el hechizo de Cenicienta.

Funciona, pero solo un rato, si me excedo en el tiempo o en la intensidad de la conversación…

¡Puff!, la carroza vuelve a ser calabaza, y a estas edades empieza a estar demasiado madura, tirando a pasadita.

Por eso, cuando llego a casa después de estos encuentros, necesito una ducha urgente, porque llego en reanimación posanestésica y oliendo a calabaza podrida.

Mientras el agua cae sobre mi cabeza, cierro los ojos.

Entonces, solo entonces, dejo caer por el desagüe agua dulce y agua salada.

H2O y lágrimas que van sacando toda la tensión acumulada durante días.

Quizás no toda, pero sí mucha, y, mientras permito el desalojo, repaso el absurdo trayecto en coche desde casa de mis padres.

Cinco kilómetros dan para mucho, o para nada, según se mire.

—Qué bueno estaba todo, ¿verdad? La verdad es que tu madre cocina de muerte.

—Sí, siempre se lo dices. —No hay ironía en mi respuesta, es un comentario objetivo, siempre se lo dice—. Pero, cambiando de tema, podrías haberme echado una mano con el temita de la confirmación, ¿no?

—¿Y qué se supone que querías que dijera?

—Pues no sé, inventarte algo del trabajo, un viaje, la previsible muerte de un tío tercero de Cuenca que lleva tiempo en coma terminal. Me da igual, lo que sea, algo que me hubiese dado un poco de apoyo.

—Eba, trabajo en la central de un banco, no hay trabajo imprevisto. De lunes a jueves hasta las cinco y los viernes hasta las tres. ¿Qué trabajo ni que tío en Cuenca quieres que me invente? Además, cuando tu madre y tú os poneis en ese plan, es mejor hacerse el muerto.

—¿Qué plan? —Aquí tampoco hay ironía, pero sí cabreo.

—Pues ese plan, el de siempre. Ese en el que te dice cualquier cosa y todo te sienta mal.

Menos mal que no soy yo la que conduce hoy, porque el frenazo nos hubiese provocado, como poco, un esguince cervical.

—¿Que todo me sienta mal? Vamos, ¿que mi madre es una santa y yo una susceptible de mierda?

—Tampoco he dicho eso. Tu madre también tiene sus cosas, es mayor y tiene sus creencias; no es una persona muy flexible, que digamos. Pero tú también podrías pasar más y no entrar al trapo casa vez que te lo enseña.

Fin de la conversación con referencia taurina incluida.

Cómo podría saber él, después de veinte años juntos, que cualquier cosa relacionada con la tauromaquia me resulta desagradable.

Es una discusión sin posibilidad de acuerdo.

Sergio no ve, ni lo pretende, que detrás de cada pregunta hay una crítica, y detrás de cada respuesta una defensa, aunque la mayor parte de las veces no esté claro si la ofensa es presente u ocurrió hace décadas.

Así que confirmo la correcta conexión del piloto automático y dejo que me lleve hasta la ducha. Menos mal que el trayecto es corto.

Cuando quito el vaho del espejo y veo la cara de mapache que me mira desde el otro lado, siempre me pregunto por qué lloro en la ducha.

Parece algún tipo de ritual macabro al que me someto voluntariamente y con el que siempre acabo con la sensación de haber perdido los papeles para nada, porque tampoco me siento mejor.

Escucho la voz de Sergio, de fondo, que me pregunta si quiero que pidamos algo para cenar.

Cenar, por Dios, si tengo la comida en la garganta y queda San Esteban mañana en casa de mis suegros.

Mis hombros se tensan ante la perspectiva de otra comida familiar y, justo cuando voy a contestar que por mí no pida nada, suena el teléfono. Trabajo, bendito trabajo.

—Inspectora Salinas al habla. A sus órdenes, intendent.

—Si vas a usar el protocolo, por lo menos, habla en catalán, coño, Eba.

—Nunca se sabe si está puesto el altavoz —le respondo con una medio sonrisa.

—Doncs per aixo mateix, Eba, justo por eso.

—¿Me has llamado para tener uno de nuestros debates sobre el uso exclusivo del catalán o para felicitarme la Navidad?

—Ni lo uno ni lo otro. Te están esperando. Hay un caso. —Noto que le sabe mal porque él sí tiene una familia preciosa que le jode mucho no disfrutar, sobre todo en días como hoy—. No te hubiese llamado si no fuese algo… raro.

—¿Raro? —Oleadas de dopamina inundan mi cerebro. Trabajo, raro, pensar, no familia. ¡Feliz Navidad!—. ¿Cómo de raro?

—De cojones, Eba, raro de cojones, que esto no es Nueva York, joder. —Lo que le gustan las palabrotas—. Ha aparecido un cadáver dentro de una bolsa. En el asilo del Santo Cristo, en Igualada.

—Un cadáver, ¿hombre o mujer?

—Buena pregunta, me encantaría contestártela, pero aún no han acabado de montar el Lego.

—¿Perdón? —Por un segundo pienso que mi jefe está mezclando el caso con la apertura de los regalos de sus nietos.

—Está hecho trocitos, pequeños, como los puzles chungos de más de cinco mil piezas.

—Joder, Bonet, mira que eres macabro.

—Cuarenta años en esto vuelven macabro a cualquiera, ya verás, ya. —Hay cansancio en la manera de decirlo, pero también hay orgullo. Ese que tiene el que lleva una vida haciendo un trabajo duro, pero bien hecho. No está todo perdido—. Siento fastidiarte la fiesta, pero te están esperando.

—¿Quién está allí?

—Tienes a Durán y a Marro. Y, si no me equivoco, había llegado ya también el caporal Pardo, que tiene que ir de culo intentando organizar el show que habrá montado a estas horas. Con la que se está liando, vamos a salir hasta en la CNN.

—Me hago una idea.

—No, no te la haces. Navidad. Aquello ahora es una residencia de ancianos a los que hoy han ido a visitar sus hijitos y sus nietecitos para llevarles unos pañuelos y hacerse una foto.

Y de fondo decorativo en el jardín se han encontrado un cadáver al que hay que echar imaginación para darle forma de ser humano.

Nos han metido un elefante en medio de una huevería.

—Sabes, Bonet, si alguna vez dejas los mossos puedes plantearte la escritura de algún guion de cine, los relatos gráficos se te dan de muerte. —Y digo esto último con toda la intención.

—A cagar, Salinas, vete a cagar, y de paso ves tirando, que el puzle no se va a montar solo.

Me queda en la punta de los labios la observación de que la metáfora es terriblemente inapropiada, pero no pasa de ahí porque la llamada ya ha acabado.

Vuelvo a limpiar el vaho para tener una superficie sobre la que verme, limpiarme el desastre de los ojos, peinarme y ponerme ropa cómoda, porque la noche promete.

Me miro de nuevo en el espejo y por primera vez, desde hace demasiados días, estoy sonriendo.