Salvación, camino y otras mentiras SALVACIÓN
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SALVACIÓN

Diez minutos. ¿Qué son diez minutos? Cualquiera que crea estar en su sano juicio responderá que son solo tiempo; algunos, más concisos, podrían llegar a afirmar que son seiscientos segundos.

Y todos creerán tener razón. Pero ¿qué es el tiempo?

¿Qué son seiscientos segundos si no se tiene un reloj para medirlos?

Sus padres, firmes creyentes, defensores y estudiosos de la física cuántica, le explicaron infinidad de veces que el tiempo no existe como tal, que ese tictac en un reloj solo aumenta la ilusión de que el tiempo fluye hacia delante, del pasado hacia el futuro, unidireccional,

medible y exactamente con la misma temporalidad para cualquiera, como si se tratase de una alucinación colectiva.

Pero se supone que eso no es real, que lo percibimos así por el segundo principio de la termodinámica en su expresión matemática, que dice que «la entropía siempre tiende a aumentar».

O, lo que es lo mismo, que es más fácil desordenar que ordenar.

Así que, por pura estadística, si coges un manuscrito de doscientas hojas perfectamente ordenadas y numeradas y las barajas un millón de veces, es prácticamente imposible que vuelvan al orden inicial.

Es posible, pero altamente improbable. Así que los procesos irreversibles son los que nos hacen vivir en la ilusión del tiempo como una flecha que apunta a un futuro que aún no existe y dejando atrás un pasado que ya ha ocurrido.

Ahora es capaz de reírse mientras recuerda las tediosas explicaciones que, en especial su madre, le repetía una y otra vez.

Entonces no. Entonces lloraba porque no entendía nada.

No era capaz de comprender ninguno de esos conceptos que para ellos eran tan lógicos, tan obvios.

Solo quería salir a jugar. La verdad es que tampoco ahora lo entiende, solo aprendió a memorizarlo, a fingir que lo entendía, el tiempo suficiente para sobrevivir.

El tiempo, otra vez el tiempo. Mientras vivía en aquel infierno de números y ciencia podrían haber pasado siglos y no hubiese notado la diferencia con diez minutos.

Eso sí lo había comprendido. Que no importa lo que diga la física, que la verdad es que diez minutos no son lo mismo cuando besas por primera vez al amor de tu vida, cuando llegas tarde a trabajar, mientras bailas feliz o cuando son tus últimos minutos de vida y lo sabes.

Porque lo que marca el tiempo no es un reloj, es la consciencia que tenemos de él.

Mientras anota las últimas ideas para la siguiente reunión, le surge una pregunta en la mente: ¿cuánto duran los seiscientos últimos segundos de tu vida cuando eres consciente de que lo son?

¿Pasan rápido porque no quieres que llegue el final de la cuenta atrás o son muy lentos porque la angustia de lo inevitable los hace insoportables?

Se ríe. Parece que algo sí entendió de todo ese rollo de la ilusión del tiempo.

Lástima que sus padres no tengan la oportunidad de sentirse orgullosos.