Salvación, camino y otras mentiras
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CAMINO
¡Feliz Navidad! Aquí estoy, un año más, repitiendo la misma frase que no tengo ganas de decir a las mismas personas a las que no tengo ganas de ver. Pero quién no ha hecho lo mismo alguna vez, ¿no?
Nos sentamos a la mesa, cada uno en su lugar, cada uno en su papel, como si fuese la coreografía perfectamente ensayada de la misma obra representada infinidad de veces.
Como actriz principal, mi madre, interpretando a la anfitriona perfecta, con toques sumisos, que pide a todos que se sienten, que no se muevan, que ella se encarga «de todo».
Como matiz al personaje añade un leve gesto con la cabeza que, por supuesto, es imperceptible para todos.
Para todos, excepto para mí. Porque ese sutil movimiento significa: «Tú no, tú levántate y ayúdame».
Por más celebraciones que haya pasado en esa casa, siempre se me olvida, por unos segundos, que ser la única comensal con vagina me excluye de la sección «vosotros, sentaos».
Así que me levanto y sigo el guion, sin preguntas, como siempre.
Sin desmerecer un ápice la comida de mi progenitora, cuando se acaba es cuando empieza la mejor parte. Como en toda obra que se precie, lo mejor empieza en el segundo acto. Lo malo es que si te sabes las frases de memoria la función resulta terriblemente aburrida.
Mi madre va y viene de la cocina, recogiendo trastos y trayendo café y dulces mientras, de reojo y con disimulo, me va echando miraditas de desaprobación por seguir sentada, las cuales percibo, pero no veo, porque mantengo mis ojos en el plato fingiendo acabar de comer.
Parece ser que soy la única que necesita una excusa para no levantarse a echar una mano.
Cuando no queda más que conversación, se escuchan dos voces, la de mi padre y la de mi marido.
Ellos charlan, sobre política, fútbol, economía…
Mi madre mira atenta mientras alisa una arruga imaginaria del mantel.
Yo observo la escena, desde fuera, como el espectador de la sala de cine que a los diez minutos de haber empezado la película recuerda que no ha comprado palomitas.
Ese que quiere levantarse a por ellas porque sin palomitas no es lo mismo, sobre todo si no eres el que ha elegido la película, pero le sabe mal hacerle el feo a la persona que tiene al lado, esa que es justo la que quería ver el filme que se está proyectando,
esa que prefiere no comer porque así se entera mejor de los diálogos que tan absorta parecen tenerla.
Así que permaneces sentada, sin palomitas y tragándote el infumable bodrio, mientras te preguntas qué es exactamente lo que obtienes tú de eso y te cuestionas por qué aguantas lo mismo una y otra vez y por qué no te levantas y te vas.
Pero te quedas, con tus dudas, con tu aburrimiento; por respeto, por vergüenza, por una lealtad mal entendida; porque la película sigue, quieras tú o no quieras, te guste o no.
No se va a convertir en una comedia por mucho que lo desees, así que tienes la opción de verla o cambiar de sala, incluso irte del cine. Pero te quedas y tragas, sin palomitas.
En medio de mis divagaciones miro a mis hijos.
Me gustaría decir que han desconectado para centrarse en sus respectivas pantallas, pero no puedo, porque eso sería asumir que en algún momento han estado presentes.
Sus cuerpos permanecen aún aquí, pero ellos vuelan entre mensajes, posts y reels o como leches se llame todo eso que a mí ya me resulta tan incomprensible.
Daría mi vida por ellos, sin pensarlo un segundo, los quiero con todo mi ser, pero no los aguanto.
Entonces ocurre el primer milagro de la Navidad: el mayor nos honra con su voz.
—Me voy, que he quedado.
—¿Ya, mi vida? ¿No quieres nada de postre? —Para mi madre ellos nunca comen lo suficiente.
—Sí, yaya, me están esperando mis amigos. Estaba todo superbueno, literal.
Le da un beso. Ni muy grande ni muy efusivo, pero le da un beso.
Yo no recuerdo cuándo fue la última vez que me dio uno.
Creo que si las madres del mundo supiéramos cuál va a ser ese último beso con ganas de nuestros hijos guardaríamos ese momento como uno de los más sagrados de nuestras vidas.
Esos besos llenos de amor, de admiración, de babas, esos que un día descubres que ya no tienes, pero eres incapaz de recordar cuál fue el último.
Tiene diecisiete años, no tengo nada que decirle, nada que aportar en su camino que no vaya a recibir como una letanía de la pesada de su madre.
Ya sabe que hace frío, que debe tener cuidado y creo que sabe que lo quiero, así que no abro la boca.
El pequeño aprovecha el sendero ya caminado.
—Yo también me voy.
—¿A dónde? —Este tiene catorce años, algo más me queda por decir.
—Voy a casa, que tenemos torneo del FIFA y estamos a full. Esta vez ganamos fijo. Adeu!
Ahí aparece el susurro, justo después de que suspiro y pienso que menos mal que ya se han ido, que al menos no tengo que estar soportando sus caras de «quiero irme de aquí».
Y, en medio de esa olla de grillos mental, aparece Jimena, mi amiga, compañera y el ser más rematadamente impertinente del planeta, haciéndome imaginariamente esa pregunta que tanto le gusta hacerme: «¿Qué es lo que te molesta?,
¿la cara de tus hijos o que tú no te permites tener exactamente la misma cara teniendo más ganas y motivos de largarte de ahí? ¿Te enfada el reflejo o la polaridad?» .
Ella y sus preguntas. Estoy a punto de iniciar una conversación mental en la que voy a discutirle todo eso cuando mis pensamientos se ven interrumpidos por otra pregunta. Esta vez real y en voz alta:
—Hija, cielo, ¿tienes ya el vestido para la confirmación de tu sobrina María?
Mi madre tiene estas cosas, tiene el don de convertir una pregunta sencilla en un terremoto emocional.
Mi padre y mi marido paran su conversación y me miran.
No porque les importe ni mi vestido ni si lo tengo.
Es más bien porque ellos sí intuyen lo que viene después y, a diferencia de mí, sí han comprado palomitas.
—No, mamá, no me he comprado nada. Tengo algunos en casa que están muy bien y de todas maneras aún no sé si tendré libre o no ese día. Ya sabes que en mi trabajo las cosas van como van.
—¿Pero es que no puedes cogerte un día de vacaciones? Digo yo que los policías también tienen derecho a vacaciones, ¿no? —Y remarca el «policías» con desprecio; sutil, como es ella, pero lo marca.
—Claro que tenemos vacaciones, mamá, pero no voy a perder un día para algo así. Prefiero guardármelos a ver si este año consigo hacer algún viaje un poco más largo. O, al menos, descansar durante más días seguidos.
—¡¿Perder?!
Lo veo, no está pasando, es solo mi imaginación, pero puedo ver cómo mi padre y mi marido intercambian refresco por bolsa de pipas y se acomodan en las butacas. Se viene, lo saben y puedo ver cómo lo disfrutan.
»¿No crees que el día en que tu sobrina confirma su fe y devoción a Dios sea un día lo suficientemente importante para que tú utilices un día de tus vacaciones?
—No he dicho eso. Quiero decir que es solo un día suelto y que yo esté o no esté no va a cambiar la importancia que tiene para ella y para vosotros. Es su día y lo va a disfrutar igual, aunque yo no pueda ir.
—Espero que nuestro Señor te ilumine, Elisheba, y sea también importante para ti. Confío en que encontrarás la manera de estar con tu familia en un momento tan bonito y especial.
El público aplaude y yo me callo. Lo ha vuelto a hacer, con un par de frases ha dejado claro lo decepcionada que está con su única hija.
Porque María es mi sobrina por cosas raras del parentesco: es hija de mi prima y la última vez que la vi fue en su comunión.
Así que mi madre no tiene más hijos de los que poder sentirse orgullosa y obviamente de mí no lo está.
Decir mi nombre es la antesala a la retórica de toda una vida de desilusión.
Al pronunciarlo me recuerda que me llamo así por lo mucho que le costó concebirme, mi nombre significa «juramento de Dios», ese que siempre dice que suplicó si me permitía nacer con vida después de haber sufrido cinco abortos a media gestación.
Dios había cumplido y de rebote parece ser que yo debía cumplir con el pago de algo que no había pedido.