Sal amarga CAPÍTULO 148
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CAPÍTULO 148

Casamayor declaró como perito y dibujó en un rotafolio, para nueve vecinos de Zaragoza que no habían visto una salada en su vida, la diferencia entre un río y un cuenco.

—Un río se va —dijo—. Se lleva las pruebas, las diluye y las tira al mar. Una salada no se va a ningún sitio. Todo lo que entra ahí se queda, se concentra y se apunta.

Un jurado, un hombre de unos sesenta años, levantó la mano y el presidente le dejó preguntar.

—¿Y por eso las llaman saladas amargas?

—Por eso —dijo Casamayor—. Por el magnesio. La sal amarga es la que no se puede escupir.