Sal amarga CAPÍTULO 127
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CAPÍTULO 127

—Don Ramiro estuvo tranquilo veinte minutos —dijo Aurelio—. Le habló de dinero. Le ofreció financiar una excavación en otro sitio, una placa, un libro. Y el historiador le dijo una cosa y todo se rompió.

—¿Qué le dijo?

—Le dijo: «Ya no importa lo que usted quiera, Ramiro; el lunes salió por burofax». Así, con esa palabra. Burofax.

Nadia sintió el suelo firme por primera vez en cinco semanas.

—Siga.

—Y don Ramiro lo cogió del cuello y lo metió en el coche.