CAPÍTULO 39
La octava se llamaba, en los mapas viejos, Salada del Cierzo. Era la más pequeña, la más apartada y la única a la que se llegaba por una pista que no salía en el navegador.
Estaba a dos kilómetros y medio de la cantera de Valdealjez.
Casamayor se metió con las botas altas hasta la mitad y se quedó parado.
—Nadia.
Era la primera vez que la llamaba por el nombre.
—Ven a ver esto sin pisar.
En el limo, marcadas y llenas de agua, había dos rodilleras. Dos huecos ovalados, paralelos, separados un palmo.