CAPÍTULO 33
La pista de tierra subía un poco y luego no subía nada. A la izquierda, un mar de estacas metálicas clavadas en el suelo: los primeros seguidores solares, aún sin paneles, alineados hasta el horizonte como un cementerio de aluminio.
—Trescientas cuarenta hectáreas ya replanteadas —dijo Casamayor—. La sima está a un kilómetro y medio, detrás de aquel cabezo.
—¿Se puede llegar?
—Se podía. —Frenó la camioneta.
Delante había una valla nueva, alambre de espino y una cadena con dos candados, y un cartel amarillo: ObrA. PROHIBIDO EL PASO. ZAPORTA ENERGÍA.