CAPÍTULO 3
La cierzada movía las cañas con un sonido de papel de lija. Nadia se puso en cuclillas al borde del limo y miró la cara del hombre sin tocarla.
Ojos abiertos. Una ceja partida hacía tiempo. Las manos, largas, con las uñas cortadas al ras, y en los pulpejos una película blanca, muy fina, como escarcha.
—Rubén, ven a ver esto.
—Yeso —dijo Lasheras—. En los Monegros se te mete en todas partes.
—Estamos a veinte kilómetros de los Monegros.
—Estamos a veinte kilómetros de todo, inspectora. Es Zaragoza.