CAPÍTULO 2
La inspectora Nadia Bergua Larraz llegó con el pelo todavía húmedo y un café de máquina que se le enfrió en la mano. Treinta y ocho años, doce de ellos en homicidios, y aún le pasaba lo mismo: los primeros veinte metros hacia un cuerpo los andaba sin oír nada.
El agua del galacho estaba baja. Octubre había sido seco.
—Varón, cuarenta y pocos —dijo el subinspector Rubén Lasheras—. Sin cartera. Reloj bueno, de esos que valen lo que mi coche. Nadie roba un reloj y deja el reloj.
—Nadie tira a nadie al galacho, tampoco —dijo Nadia—. Está cerrado por el norte. Aquí no llega nada solo.