CAPÍTULO 26
Bridget
Cuando el coche por fin se detuvo, seguía con los ojos vendados.
Cuando me sacaron del coche y me obligaron a caminar, con una mano firme entre los omóplatos, seguía con los ojos vendados.
Cuando entré en lo que parecía un edificio, una puerta se cerró a mi espalda, ladraron órdenes en ruso, y seguía con los ojos vendados.
Solo cuando se encendieron las luces, oí el chasquido de una cerradura y todos los pasos salvo un par se detuvieron, me quitaron la venda.
Imagínense mi sorpresa cuando, en lugar de encontrarme en un almacén abandonado o algún otro lugar sospechoso, estaba en una cocina enorme e increíblemente elegante, con un candelabro dorado, una mesa puesta con bajoplatos dorados y platos blancos decorados para dos, y —cómo no— Viktor Zaitsev de pie al otro extremo.
No te tocarán a menos que estés en peligro físico.
Pues vaya si me habían tocado para llegar hasta aquí.
—Pensé que habías dicho que todo lo que hacías se consideraba cortesía común —dije.
Ni de coña iba a ser amable con él.
—¿Me traes a un comedor ostentoso y vulgar?
—Nunca había tenido un invitado que hablara con tanta pasión de mi hogar —dijo Viktor entre risas—. Sinceramente, Bridget, me encanta verte luchar tanto. Siempre son las que más luchan las que más disfruto follarme. Es mucho más satisfactorio cuando acabo encima de ellas.
Había muchas cosas perturbadoras en lo que había dicho, pero me negué a mostrar reacción alguna. Si mi trabajo había servido para algo, era para desarrollar una cara de póker impenetrable ante declaraciones desagradables, impactantes o profundas.
Abrí la boca para preguntar qué quería, pero lo sabía de sobra.
Follarme. Abusar de mí. Usarme como moneda de cambio con los Vale y los Reapers.
Puede que Dante fuera un multimillonario temperamental y gilipollas, pero solo me «usó» para protegerme.
Eso no necesitaba confirmación de la fuente.
En todo caso, tuve suerte de que, al examinarme en silencio sin mover un músculo, no notara ningún dolor, incomodidad ni sensación extraña en ninguna parte.
—¿Te has quedado muda? —dijo Viktor—. ¿No es tu trabajo hacer preguntas? ¿Conocer a la persona que tienes delante?
—Lidiar con «situaciones difíciles» es mi profesión, Viktor, no mi pasatiempo. Si quieres que te conozca, te sugiero que actúes como lo harías en mi consulta.
—Por supuesto —dijo, sacando dos billetes de cien dólares y dejándolos sobre la mesa—. Te pagaré. Ahora, siéntate. Nos servirán una cena tardía mientras tú y yo retomamos la sesión que quedó interrumpida en tu consulta.
Encantador, pensé.
Pero mucho mejor que ser violada, torturada o vete tú a saber qué más. Esta podría ser tu única oportunidad de ganar tiempo. ¿Ganar tiempo para qué? Es mucho pedir que Dante venga por tercera vez.
Pero ganar tiempo para algo es mejor que dejarle hacer lo que le dé la gana.
—Muy bien —dije, esforzándome por sonar como la terapeuta profesional que él quería que fuera—. Sentémonos. Normalmente no se sirve comida en estas sesiones, pero supongo que no sería la primera vez que alguien trae algo de picar a mi consulta.
—Muy bien —dijo Viktor.
—Ahora —dije—. Al contrario de lo que la gente cree, no voy a examinar tu infancia a menos que nuestra conversación inicial nos lleve ahí.
No voy a sugerir que investiguemos quiénes fueron tu madre o tu padre a menos que resulte evidente que merece la pena.
Simplemente voy a empezar por lo general e ir concretando. ¿Por qué has venido a terapia, Viktor?
La pregunta, la misma con la que empezaba con todos los clientes nuevos, pareció desconcertar a Viktor. Solo me había visto como una herramienta; no podía concebir el uso real de esa «herramienta».
—¿No es la terapia... algo que todos deberían hacer? —dijo, enarcando una ceja—. Vosotros los estadounidenses habláis tanto de ir a terapia para que os ayude. ¿No la necesitáis?
—Te devolvería la pregunta: ¿no necesitas un coche?
—dije—. Sí, podrías decir que por supuesto que necesitas un coche.
Pero ¿necesitas un coche para escuchar música?
¿Necesitas un coche para correr? No, necesitas un coche para ir del punto A al punto B más rápido que a pie o en bicicleta.
Resuelve un problema específico. ¿Qué problema tienes tú?
Mi analogía fue mucho más extensa de lo habitual. Era necesario.
—Te especializas en adicciones, Bridget —dijo Viktor, y había un leve tono de molestia que me indicó que no podía seguir por ahí—. ¿Soy un adicto?
—¿Tienes alguna adicción conocida? ¿Drogas? ¿Alcohol? ¿Pornografía?
—No consumo drogas. Bebo, ¿cómo lo decís?, «socialmente». No necesito pornografía cuando tengo mujeres a mi disposición.
No me interesaba analizar qué quería decir con eso último. Especialmente si pretendía incluirme a mí.
—Quizá hay algo que te absorbe tanto, que te atrapa de tal manera, que el tiempo pasa volando de forma inquietante —dije—. Quizá tienes una actividad que te impide hacer lo que deberías.
—No tengo nada de eso —se burló Viktor—. Tengo el control de mí mismo en todo momento y lugar.
—Así que el control es tu adicción —señalé. Viktor se rio—. Te ríes, pero no es algo inaudito.
—¿Ah, sí? —dijo Viktor, aparentemente con genuina curiosidad—. Yo pensaba que vosotros los estadounidenses necesitabais una actividad o un vicio para considerarlo adicción.
—No necesariamente —dije—. Pero al fin y al cabo es un espectro.
¿El hombre que desayuna lo mismo todos los días?
Eso podría ser una adicción. ¿Es flexible si no lo consigue?
¿Le grita a su familia si no lo consigue?
Podría ser adicto. Pero si es solo una rutina a la que puede adaptarse fácilmente, eso no es una adicción.
A decir verdad, hablaba menos desde un punto de vista clínico y más para ganar tiempo como pudiera.
No estaba diciendo tonterías, pero jamás habría sacado el ejemplo del desayuno en una sesión real.
Nunca había conocido a un paciente cuya vida se estuviera desmoronando porque su desayuno favorito ya no fuera una opción.
—Me haces pensar, Bridget, un rasgo poco común —dijo Viktor—. Eso hará que tenerte sea mucho más gratificante.
Siempre y cuando no intentes hacerlo mientras comemos y hablamos.
Momentos después, dos miembros del personal, mujeres mayores a juzgar por su aspecto, trajeron platos con algún tipo de queso y caviar. El aperitivo, noté, lo cual auguraba bien para el tiempo que nos quedaba.
Por desgracia, no teníamos tiempo infinito. Y dado que Dante estaba muerto, tiempo infinito era precisamente lo que necesitaba.
De repente, no me sentía muy hambrienta.
—Miras la comida como si te hubiera ofendido —dijo Viktor.
—Soy tu cautiva y pretendes violarme —dije—. ¿Tú tendrías hambre en estas circunstancias?
—Siempre tengo hambre, Bridget —dijo Viktor—. En cualquier caso, vuelve a lo que dijiste. Soy adicto al control. Qué afirmación tan fascinante. Por favor.
Hablar era una excusa tanto para retrasar lo que pretendía como para no comer. Aunque ahora no dejaba de pensar en que el hombre con el que estaba hablando había matado al hombre por el que empezaba a sentir algo de verdad.
Levanté las manos para hacerle una peineta, pero me contuve a tiempo, sabiendo lo rápido que se precipitarían las cosas si lo hacía.
—Bueno —dije, intentando mantener un tono neutral—, puedo ver que eres un hombre que tiene un modo específico de hacer las cosas, desde esta cena hasta tu operación. Si el queso saliera con una forma ligeramente diferente, o si uno de tus envíos del almacén llegara tarde, ¿cómo reaccionarías?
—Eso nunca pasaría.
—Ah, pero hablar en términos absolutos es un signo de control. De adicción al control, de hecho. Porque a veces el tráfico retrasa los envíos. Un envío de queso o caviar sale mal. Un...
—Descártalos y sigue adelante con lo que sirve —dijo—.
Lo que tú llamas no ser adicto, Bridget, yo lo llamo tener unos estándares pésimos.
¿Por qué crees que los Vale llegaron tan lejos?
¿Eh? ¿Crees que fue porque se miraron al espejo y dijeron: «Dios, tengo problemas de adicción, necesito ser consciente de ello»?
¿O crees que lo ignoraron, siguieron adelante a toda máquina y se negaron a detenerse hasta llegar a donde están ahora?
—No hablo de la adicción en términos morales.
—Bien, porque la moralidad es un refugio al que se aferran los cobardes como excusa para no actuar.
Lo dijo con tanta indiferencia, con tanta frialdad.
—¿Qué te lleva a decir eso, Viktor?
—Mis observaciones —dijo—. En el mundo en el que vivo, no puedes dudar. Matas si es necesario, mantienes estándares perfectos y no das segundas oportunidades.
¿Qué demonios? ¿Quién podía ser tan rígido?
—¿Cómo eran tus padres, Viktor? —pregunté, pensando en las tragedias familiares de los Vale.
—Normales, y todavía vivos. Simplemente soy un hombre al que no se le niega nada.
Tragué saliva. Viktor lo notó, porque me dedicó una sonrisa de suficiencia cuando terminé.
—Tú, por otro lado —dijo, tomando el último bocado de caviar de su plato—, eres adicta a tu papel de terapeuta.
Intentas psicoanalizar a la gente, buscar profundidad donde no la hay.
Crees que todo necesita explicación, cuando muy poco en la vida la necesita.
Si te llegara un pedido tarde con un repartidor malhumorado, pasarías demasiado tiempo empatizando con él.
Yo simplemente le diría que a la próxima está despedido, si es que hay próxima vez.
Podrías decir que eres más compasiva, pero yo diría que hay una razón por la que tú eres simplemente quien eres, y yo estoy al mando de la mafia más poderosa de Vegas y posiblemente de Rusia.
Lo miré atónita. También con la inquietud de que hubiera dado en el clavo.
Nada me irritaba más que los hombres que simplemente decían: «Las cosas son así».
Dante había empezado de esa manera, pero incluso él se había vuelto más introspectivo.
Viktor no parecía tener ni una pizca de introspección; simplemente parecía haber demasiados enemigos que matar, demasiados crímenes que cometer, demasiado dinero que ganar como para detenerse aunque fuera una noche a reflexionar.
Viktor nunca se preguntaría si sus padres habían tenido alguna influencia o si algún evento traumático lo había cambiado; probablemente nunca consideraría siquiera la palabra «trauma» salvo por un incidente físico.
No necesariamente estaba de acuerdo con la idea de que todo el mundo necesitara terapia. Pero me resultaba irritante que alguien se negara rotundamente a tener aunque fuera un mínimo de autoconciencia.
—Veo el disgusto en tus ojos —dijo Viktor con una sonrisa cada vez más amplia—. Dime que me equivoco, Bridget. Dime que en realidad no lo analizas todo constantemente, y que no eres adicta a tu trabajo.
—¿Acaso nuestra forma de ver el mundo no forma parte de nuestros roles?
Viktor se encogió de hombros.
—Esa pregunta no aporta claridad para actuar y, por tanto, es inútil.
Se me encogió el estómago, el corazón me dio un vuelco y empezó a dolerme la cabeza.
Esto debía de ser lo que se sentía cuando te llamaban completamente inútil y basura.
Una cosa era que te dijeran que habías hecho un mal trabajo, pero que te dijeran que tu trabajo no importaba era demoledor. No importaba quién fuera la fuente.
Viktor aún no había tomado mi cuerpo, pero sus palabras ya estaban apoderándose de mi espíritu, de mi sentido de propósito. Era tan doloroso que casi me hacía preguntarme qué era realmente peor.
—¿Qué preguntas importan, entonces?
Casi me hacía dudar. Pero en realidad no cambiaba mi opinión. Mi espíritu se recuperaría mucho más rápido que mi cuerpo.
—Me canso de estas preguntas.
Viktor se puso de pie, y aunque se encontraba al otro lado de la mesa, parecía cernirse sobre mí. Era suya, y no del modo en que se pertenecía a un Vale.
No, no del modo en que había querido ser de Dante. Él me había tratado al principio como un peón, y sin embargo, ¿a quién más le había confiado lo de Virgil? ¿Lo de sus hermanos? ¿Todo lo que le importaba?
No oí motocicletas a lo lejos, ni coches acercándose, ni disparos.
Solo me quedaba el refugio de mi mente, y eso no duraría mucho.
Mientras Virgil rodeaba la mesa, pensé en aquella vez en el almacén, en el primer encuentro con mi hermana y Crush, cuando vi a Dante de perfil.
Había sido un momento extraño; todavía lo odiaba entonces, pero sentí las primeras mariposas en el estómago.
Una sensación que había ignorado por mis propias inseguridades, y ahora iba a pagar el precio.
—Te dije que no me interesan las preguntas que no sirven para actuar —dijo Viktor—. Pero tengo una para ti.
Me agarró del pelo y me levantó la barbilla de un tirón.
—¿Cómo te gustaría empezar a complacerme?