Rey de tréboles (Multimillonarios de Vegas nº 4) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Dante

Estaba muerto.

Seguro. Las luces brillaban con fuerza, estaba en algún sitio que no era ni mi ático ni un hospital, y me rodeaban mis hermanos y varios Black Reapers. Todo me dolía a rabiar, pero había una extraña tranquilidad y luminosidad en aquel lugar que me confirmaba que esto era el más allá.

Bueno.

Si esto era el infierno, resultaba mucho menos ardiente de lo que habría imaginado. Aunque, por otra parte, Bridget no estaba aquí, y eso ya era un infierno en sí mismo. Además...

Espera, ¿pensé en Bridget tan rápido después de que mi alma despertara en esta otra vida?

Además.

—Contrólate, Dante —murmuré, sorprendido de lo débil que sonaba mi voz.

Lucas se volvió primero, dándome la espalda para hablar con lo que parecía otro Reaper.

—Debería haber sabido que te despertarías antes de lo esperado —dijo—. ¿Estás bien? Tienes mucha suerte. Brianna dice que tus heridas son peores que la última vez.

—¿Dónde coño estoy?

—En casa de Prince.

—¿Prince? —dije. ¿Había oído bien? ¿El Prince de los Black Reapers?—. Joder, qué luz más intensa.

—Sabe Dios cuántas conmociones cerebrales se ha llevado tu dura mollera ahí dentro —dijo Lucas con una risa que sonaba demasiado forzada—. Las luces brillantes te van a provocar dolores de cabeza una temporada. Lo importante es que estás vivo y estable de momento.

Eso era lo importante para mí. Pero para todos los demás...

—¿Bridget?

Lucas negó con la cabeza.

—No la encontramos.

—Se la llevaron.

—Te creo, Dante, pero...

—¡Se la llevaron, joder! —grité, pero apenas logré pronunciar las palabras antes de empezar a toser sangre. Tuve que volver a tumbarme para recuperarme. Varias personas se volvieron hacia mí, pero con Lucas tapándome la vista, no pude distinguir quiénes eran.

—No vamos a dejar que se la lleve sin más, te lo prometo —dijo Lucas—.

Ninguno de nosotros permitiría jamás que se llevaran a nuestras mujeres como se han llevado a la tuya.

Pero te han dado una paliza dos veces, Dante.

La segunda, te dejaron a un paso de la muerte.

Este no es un gilipollas de bar que te sacó una navaja.

Es una amenaza bien entrenada que viene del extranjero.

Tenemos que ir con cuidado. Aunque eso signifique tomarnos un día para planificar.

Mierda.

Tenía razón.

No quería admitirlo, pero el Rey de Picas, el estratega y visionario supremo de la familia, tenía razón.

—Ojalá solo me hubieran dado una paliza —dije—, así sería lo bastante idiota como para volver a salir.

—No lo harías —dijo Cassius de repente, que acababa de llegar—. ¿Tienes idea de lo que pasó allí?

Suspiré, pero hasta eso dolía. A ver, ¿qué no dolía? Pensar... no, eso también era una tortura. Solo podía pensar en lo mal que habían salido las cosas. Moverme, ni hablar. No, todo era jodidamente doloroso. Me habían apaleado de la misma manera en que yo había apaleado a tantos otros.

—Me dejaron hecho mierda —dije—. Viktor me humilló.

Ni siquiera eso, pensé. Me había devastado, posiblemente había matado al Rey de Tréboles. No solo me había golpeado hasta casi matarme, sino que tenía motivos de sobra para creerlo. Había destrozado mi confianza, mi fe en mí mismo.

Porque esa noche comprendí una dura verdad.

Realmente era el Vale más prescindible.

En serio, ¿qué le pasaría a nuestro imperio de casinos si cayera alguien que no fuera el CEO, el CFO o el COO? Poca cosa. ¿Acaso el puesto de Director Ejecutivo de Hospitalidad era un rol sin el cual la empresa se derrumbaría?

Y más importante aún, ¿qué pasaría si otro de nosotros muriera? Sería duro para los otros tres, pero no sería nada comparado con la pérdida de Virgil. La segunda vez nunca duele tanto, ¿verdad?

—Pero no te mató —dijo Cassius—. Sigues aquí. Seguimos aquí contigo.

—Por los pelos —dije, pero la última parte me picó la curiosidad—. ¿Quiénes somos «nosotros»?

Cassius se giró, dejándome ver la habitación entera por primera vez. Adrian estaba hablando con algunos Reapers, pero entre los que conocía, conté a Crush, Prince, un tipo de California llamado Lane, otro de Nuevo México llamado Brock y alguien más que no reconocí.

—¿Cómo demonios...?

—Tenías razón, Dante —dijo Cassius—. Sé que Adrian te lo dijo, pero todos lo reconocemos. He estado moviendo hilos para poner al tanto a los Reapers y a los Devil's Patriots de lo que está pasando.

—¿Qué?

—Los últimos son un grupo de Phoenix. Bastante independientes, estuvieron aliados brevemente con los Black Reapers para acabar con los King's Men.

Su líder, Satan, está aquí. Todos están aquí, Dante.

Tu advertencia desencadenó una serie de eventos que reunió a los tipos más duros de todo el Suroeste, todos para mandar a Viktor de vuelta a la puta Rusia.

Todos para echar a Viktor.

No uno solo.

—Vaya, mierda —dije—. No hacía falta reunir a toda la banda. A la tercera habría ido la vencida, ¿no?

—La vencida para Viktor —dijo Lucas—. Por si necesitas que te lo recuerden, si de alguna manera hubieras conseguido ventaja en esa pelea, el resto de la mafia Zaitsev estaba en las sombras, listo para darte una paliza.

—No podemos hacer esto solos, Dante —dijo Cassius—. Ninguno de nosotros ha podido hacer nada solo jamás.

—Yo...

—No, cállate. Quiero que me escuches de verdad —dijo Cassius.

Miré a Lucas, que se limitó a asentir en dirección a Cassius. Toca sermón del hermano mayor, pensé.

—Esta familia, nosotros como hermanos, nunca habríamos llegado tan lejos solos —dijo—.

No habríamos superado la muerte de Virgil, no nos habríamos convertido en multimillonarios, no habríamos mantenido a raya a los Morril ni habríamos hecho nada de eso sin apoyarnos unos en otros.

Sé que crees que enamorarnos significa que hemos pasado de un grupo de cuatro a cuatro grupos de siete, pero nada más lejos de la realidad.

Si acaso, hermano, estamos aún más comprometidos con nuestro único grupo de cuatro.

¿Cómo cojones crees que les dejamos las cosas claras a los Reapers y a los Patriots?

Cassius me puso entonces una mano en el hombro. No voy a mentir, me dolió un huevo, pero a Cassius pareció darle igual.

—Hemos afrontado cada desafío de nuestras vidas como hermandad, no como individuos —dijo—.

Este no va a ser diferente. Quiero decir, joder, Dante, mira lo que pasó cada vez que uno de nosotros actuó solo.

Yo me encerré en juegos estúpidos con Sarah.

Lo mismo Adrian. Lucas consiguió que lo arrestaran por intentar cargarse a los Morril él solito, y tuvo mucha suerte de que no lo pillaran en sus jueguecitos de tortura.

Todos lo pasamos fatal. Tú casi te mueres.

Retiró la mano.

—No estoy aquí para decirte lo que no debes hacer —dijo Cassius—, solo para recordarte que no eres un lobo solitario. Puede que hayas abandonado la manada, atraído por algo en las sombras, pero el resto ya sabemos lo que hay ahí. Déjanos volver a tu lado.

Cassius se disculpó para ir a hablar con Prince y Lucas. Me quedé sumido en mis pensamientos que, curiosamente, ya no eran tan autodestructivos como antes.

Mi hermano mayor había sido generoso conmigo.

Cuando los demás habían actuado solos, las apuestas habían sido bajas; en el peor de los casos, Lucas enfrentándose a cargos penales.

Ninguno se había lanzado a la línea de fuego como yo; ninguno había arriesgado la vida.

No era que estuviera presumiendo de alguna gloria que hubiera encontrado; era que estaba demostrando qué clase de puto idiota era.

Y sin embargo.

Y sin embargo, seguían ahí, a mi lado, rodeándome, recordándome que habíamos sido una hermandad desde el principio, no solo sobre el papel.

En lugar de vergüenza, ahora sentía gratitud. Les estaba agradecido a mis hermanos por lo que habían hecho. Todavía quedaba una batalla por librar, pero no tendría que librarla solo.

Me incorporé con un gemido de dolor.

—De verdad que eres un masoquista —dijo Lucas—. ¿Seguro que quieres levantarte?

—Necesito mear —gruñí, lo cual era cierto, pero no toda la verdad.

Lucas se encogió de hombros y se hizo a un lado. Aunque le hubiera contado toda la verdad, sabía que era mejor no intentar detenerme. Puede que estuviera teniendo alguna epifanía, pero seguía siendo lo bastante volátil como para partirle la cara a Jesús si intentaba convertirme.

Llegué al baño, meé —sí, dolió un huevo— y me quité la camisa frente al espejo.

Estaba hecho una puta mierda.

El daño en los brazos y la cara no era nada comparado con el del abdomen y la espalda.

Todavía sentía cómo me barrían las piernas y caía de espaldas con fuerza; todavía recordaba una bota hundiéndose en mi esternón, cuya marca aún se veía donde se separaban las costillas.

Busqué alguna zona de piel intacta y no encontré ninguna.

Me fijé en el tatuaje del trébol en el brazo. Al principio, pensé en lo ridículo que quedaba después de esta noche. Si representaba la paliza que me habían dado, quizá tenía sentido.

Salvo que.

Tal como le había dicho a Bridget, esa no era la verdadera razón por la que me lo había hecho.

Me hizo pensar en todas las partidas de cartas que había echado con Virgil en los buenos tiempos, en todos los juegos y tacos y peleas y gilipolleces que definen el paso a la edad adulta de los chavales.

Me hizo pensar en quién era la persona a la que habíamos dedicado nuestras vidas a honrar, desde que compramos nuestro primer terreno hasta tener áticos con vistas a todo el Strip.

Me hizo pensar en el chico que se encargó de que, como había dicho Cassius, lo hiciéramos todo como manada de lobos, sin permitirnos nunca alejarnos demasiado unos de otros.

Me hizo pensar en el otro tatuaje que tenía y que ni siquiera Bridget había visto.

Me giré lo suficiente para verlo en el espejo.

El nombre «Virgil» estaba escrito en cursiva, simulando alambre de espino, y me recorría la espalda.

Su fecha de nacimiento y de muerte estaban escritas debajo del nombre en tinta negra y letra cursiva, con los cuatro palos de la baraja justo debajo.

Más abajo había una lápida, y debajo de ella, las palabras.

«Nunca Ido, Nunca Olvidado».

En realidad, esto era algo que nunca pensé contarles a mis hermanos, y me había dicho que la única persona que lo sabría sería aquella con la que acabara casándome, si es que algún día me casaba.

No solo llevaba a Virgil en el corazón y en la mente, sino literalmente en la espalda.

Odiaba que la gente dijera que un ser querido fallecido estaba «ido, pero no olvidado».

Puede que fuera una de las pocas cosas sentimentales que tenía, pero que perdieras a alguien en carne y hueso no significaba que tuvieras que perder todo lo demás de esa persona.

Virgil no era un mero dato histórico en nuestras vidas. Era una parte viva de nuestras mentes, nuestros espíritus, nuestras acciones. Estaba muerto; nunca fingiría lo contrario, pero eso solo afectaba a su capacidad de mantener nuevas conversaciones y crecer físicamente.

¿Sensiblero? Puede. Pero en serio, ¿a quién coño le importaba? ¿Quién iba a discutírmelo?

Nadie.

Pero ¿quién lucharía por la memoria de Virgil?

Yo.

Y.

Todos nosotros.

Tenía que ser cosa de todos. Si fuera solo yo, sí, quizá era el protector, pero fracasaría ante las amenazas más grandes. Si éramos todos, había más riesgo de tragedia, pero era la única forma de plantar cara a lo que teníamos delante.

Había más riesgo de tragedia.

Quizá de eso iba todo desde el principio. Tienes tanto miedo de perder a alguien más que los alejas antes de que su pérdida inesperada te destroce.

Y pensar que decías que eras el más consciente de ti mismo, y sin embargo solo ahora te das cuenta de por qué realmente alejaste a todos e hiciste todo tú solo.

—Joder —murmuré, aunque en realidad esbocé una sonrisa ante el espejo mientras hablaba. Ojalá hubiera tenido esta lucidez antes de que me molieran a palos. En fin, mejor tarde que nunca.

De repente, el deseo de ser el más fuerte, el más rudo, el más temperamental se desvaneció, y casi me pareció ridículo.

Sin embargo, lo que no había desaparecido era un enfoque inquebrantable, una determinación absolutamente férrea de hacer lo correcto.

De corresponder a la persona que también se preocupaba por mí, que había conectado conmigo como nadie lo había hecho desde...

Virgil. De forma distinta, pero igualmente.

Bridget.

Volví a ponerme la camisa. No olvidaría lo que había comprendido esta noche, pero había trabajo por hacer. El reloj seguía corriendo, y corría independientemente de cómo me sintiera.

Salí del baño y me encontré con que mis hermanos y los Reapers me miraban fijamente. El silencio inundaba la habitación, como si hubieran estado esperando este momento. Puede que ahora me tocara hablar a mí, pensé, pero simplemente cumplía mi papel en una manada más grande.

—Bueno, caballeros —dije, mientras una leve sonrisa se dibujaba en mi rostro—, no nos hemos reunido para tomar copas y picar algo. ¿Cuál es el plan para acabar con estos cabrones de una vez por todas?