Rey de tréboles (Multimillonarios de Vegas nº 4) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Bridget

Estaba sentada en el borde de la cama de Dante, observándolo de pie junto a la barandilla, con la hinchazón todavía visible incluso en la oscuridad de la noche.

Me daba la espalda, pero a juzgar por cómo cambiaba el peso de un pie a otro, por las miradas que lanzaba en todas direcciones y por sus movimientos nerviosos, sospeché que sentía lo mismo que yo.

Incertidumbre.

No temor, aunque el temor acechaba a la vuelta de la esquina. Lo mismo con la alegría: no estaba presente, pero tampoco quedaba muy lejos.

Simplemente la sensación de que, en ese momento, teníamos dos puertas bien definidas ante nosotros, y aunque podíamos aplazar la decisión, eran las únicas por las que podríamos cruzar.

Podíamos atravesar la puerta de la intimidad, conocernos mejor, llegar a reconocer que éramos más parecidos de lo que jamás habríamos imaginado —desde luego, más de lo que yo habría imaginado— y ver qué pasaba.

Podría acabar en angustia y autodesprecio, pero ya no podía seguir mintiéndome sobre mis sentimientos por Dante.

Qué extraño, pensar que hubo un tiempo en que lo odiaba con toda mi alma.

O podíamos atravesar la puerta de la nada, alejarnos el uno del otro, encontrar la manera de garantizar únicamente la seguridad mutua y aceptar lo ocurrido.

Podría acabar en arrepentimiento y nostalgia, pero al menos nos aseguraríamos de no haber tomado una decisión catastrófica.

Curioso, teniendo en cuenta que a menudo les digo a mis pacientes que no hacer nada puede ser tan fatal como actuar.

Al final, Dante se quedó fuera tanto tiempo que supe que habíamos decidido, sin palabras, que la decisión tendría que esperar otro día. Pensé en volver a dormir al sofá, pero estaba claro que si Dante hubiera querido sexo esa noche, ya habría insistido.

Quizás en contra de lo que me dictaba la prudencia, y sin duda en contra de lo que me habría dictado apenas una hora antes, me quedé dormida en la cama de Dante, aunque vestida.

* * *

No esperaba soñar esa noche que Dante y yo vivíamos en una isla del Pacífico, lejos de toda la locura, sin más ropa que la de playa.

No esperaba, en ese sueño, descubrir un tatuaje en su espalda con forma de calavera.

No esperaba, en ese sueño, enfrentarme a su ira por preguntarle al respecto.

Sabía que era mejor no analizar los sueños.

Algunos terapeutas confiaban ciegamente en ellos; otros los veían como simples pensamientos aleatorios, un efecto secundario de los procesos de descanso nocturno.

Yo me situaba en un punto intermedio: creía que los sueños no surgían de la nada, pero interpretarlos era como intentar leer una novela de tu género favorito en un idioma extranjero.

Aun así, al despertar y darme cuenta de que estaba sola en la cama, no pude evitar preguntarme qué otros temas serían delicados para Dante. O sobre qué podría estar mintiéndome.

Unos momentos después, oí el chisporroteo de lo que parecían salchichas, lo que me indicó dónde estaba Dante. Una pregunta resuelta. ¿Y las demás?

Incluso si Dante y yo consumábamos nuestra relación esa mañana —y no estaba en condiciones de hacerlo, no con todo lo que me rondaba por la cabeza—, ¿qué partes de él seguirían sin ser íntimas? ¿Qué seguiría sin revelar?

Aparté las sábanas y me ordené poner en pausa mi mente de terapeuta por un rato.

Él era un hombre que había sobrevivido a un ataque impulsivo, y yo era la mujer que lo había atendido.

Lo mínimo que podíamos hacer era disfrutar de un desayuno tranquilo y agradecer que no hubiera pasado nada terrible.

—Hijo de puta.

Bueno, eso no era la mejor de las señales. Por el tono de la maldición, Dante no parecía muy contento consigo mismo, aunque quizás solo se debía a que había quemado la carne. Sin embargo, no tardé mucho en ver cuál era el problema.

Aunque Dante parecía desenvolverse bastante bien en la cocina, sus movimientos no eran los más elegantes ni coordinados que había visto. Las heridas de la noche anterior aún le pasaban factura, y sus gestos parecían rígidos, casi bruscos. Para Dante, eso probablemente resultaba humillante.

Pero yo solo estaba agradecida de que al menos lo intentara.

—Sabes, no tenías por qué hacer esto —dije con una sonrisa dulce.

—Sí, tengo que hacerlo —respondió con un tono mucho más duro de lo que habría esperado—. Tú me cuidaste anoche. Yo te cuidaré a ti.

«No solo estás más segura conmigo. Conmigo te tratan mejor». Pero ¿cuánto de eso te estaba llevando a castigarte, Dante?

Aun así, me limité a sonreír y asentir en señal de agradecimiento. Me tomé un segundo para admirar su cuerpo, incluso vestido con camiseta y pantalones de pijama, incluso con las cicatrices a la vista.

—No conozco otra forma de hacerlo —dijo Dante con una risa que no sonaba especialmente alegre—. Quizás esa sea mi adicción.

Adicción.

Dante seguramente había usado la palabra como una broma oscura. No la había dicho para recordarme nada.

Pero eso fue exactamente lo que hizo.

Me recordó que los adictos caían en algo llamado «recuerdo eufórico», la tendencia a centrarse solo en lo bueno o en el subidón, ignorando el sufrimiento y el dolor de la adicción.

Era una forma extrema y retorcida de ver el pasado con gafas de color de rosa, solo que en el caso de los adictos, las gafas no estaban teñidas de rosa: eran directamente rosas.

También era la forma definitiva de mentirse a uno mismo; al principio resultaba perdonable, porque era difícil tener conciencia de ello, pero una vez que la adquirías, era imposible ignorarlo.

Eso era exactamente lo que temía estar experimentando en ese momento.

Todavía estaba flotando en el subidón eufórico de los besos de anoche, de los esfuerzos del desayuno de esa mañana, de ver a Dante Vale, el hombre, no a Dante, el Rey de Tréboles.

No había olvidado literalmente el secuestro, las palabras condescendientes, la sensación de ser un perro con correa, pero desde luego lo había apartado de mi mente.

Estaba racionalizando una actividad ilegal, de las que atraen a las más altas autoridades, porque...

¿Porque era atractivo?

¿Porque se había abierto conmigo como nunca lo había hecho ni siquiera con sus hermanos?

¿Porque, a pesar de ser terapeuta y conocer todas las carencias y debilidades mentales, era la más susceptible a todas ellas?

—Te has quedado callada —dijo Dante antes de soltar una maldición entre dientes por algo en los fogones.

—Solo te dejo trabajar —respondí.

Dante gruñó de nuevo. Su teléfono vibró en la encimera; la pantalla apuntaba hacia mí, y no debería haber cedido a la curiosidad que me tentaba. No debería haber mirado su teléfono; no hacía falta trabajar en medicina o salud mental para saber que eso era invadir su privacidad.

Así que no lo hice.

Bueno...

No cogí su teléfono.

No lo toqué.

Pero desde donde estaba sentada, podía ver la vista previa. Era de Cassius. Y lo que vi me dejó un nudo enorme en la garganta.

«¿Cebo? Dante, ¿cebo? Llámame».

Cebo.

Dante me había usado como cebo.

Ahora, visto en retrospectiva, era tan obvio, pero lo que me revolvía el estómago no era que hubiera sucedido una vez; había sucedido muchas veces.

Dante me había secuestrado no «por mi propio bien», sino para acabar exhibiéndome como señuelo.

Me había llevado a la reunión con Crush no para protegerme, sino con la ingenua esperanza de que eso atrajera a los Zaitsev.

La gala había sido la más descarada de todas sus maniobras.

Eso resultaba evidente en aquel momento.

Incluso su vulnerabilidad de anoche, incluso el momento que compartimos... ¿no había sido más que una distracción por su parte para ocultar que estaban hablando de utilizarme?

¿Algo de esto era real, joder?

—Sigues callada —dijo Dante sin siquiera mirarme.

—¿Por qué coño iba a hablar con alguien que me ha usado de cebo como tú?

Dante bajó el fuego todo lo que pudo, se volvió hacia mí y suspiró.

—¿Qué estás...?

—No te hagas el tonto conmigo, Dante —dije—. ¿Cuánto de lo que ha pasado entre nosotros ha sido solo para poder utilizarme?

Me clavó esa mirada ardiente y dura, la misma que me había lanzado en el pasillo durante la celebración de Talia. Lejos de ser la de anoche, llena de tierna protección, era una mirada de ira, de furia.

—No me mientas, Dante —espeté—. ¡Dímelo!