Rey de tréboles (Multimillonarios de Vegas nº 4) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Dante

Ya estaba de un humor de mierda esa mañana.

No me desperté agradecido por haberme tomado mi tiempo con Bridget, sino con un arrepentimiento absoluto por haberla cagado tanto.

Aunque todos necesitábamos que nos echaran una mano de vez en cuando, Cassius y Adrian especialmente se habían enorgullecido de construir nuestro negocio sin hacer nada que mereciera que los arrestaran.

Lucas, aparentemente, nunca se había tragado eso, pero también solo había necesitado que lo sacaran de apuros porque estaba a punto de matar a alguien que quería violar a su amante.

¿Qué acto tan noble había cometido yo para merecer que acudiera la caballería?

Ah, sí, que me patearan el culo.

Me había ablandado, lo que me llevó a otra cagada con Bridget: abrir la boca sobre Virgil. Sí, había resultado extrañamente eufórico ser vulnerable con ella.

¿Pero sabes qué es lo que todos esos enamorados cursis, terapeutas e influencers de mierda no te dicen sobre la vulnerabilidad? Que duele un cojón. Solo es posible si estás sangrando, aunque sea metafóricamente. Y los Vale no sangraban más que sus objetivos.

Yo había sangrado mucho, muchísimo más que Bridget la noche anterior. Me importaba una mierda lo que dijera sobre Brianna. Genial, tenía su escudo de terapeuta. Nadie a su alrededor había muerto. Ninguna muerte había dictado cada uno de sus movimientos.

Así que sí, ya estaba de mal humor, aunque me sentía obligado a prepararle el desayuno por haber ayudado a salvarme el culo.

¿Y ahora Bridget de repente me saltaba con eso de haberla usado como cebo?

—Primero que nada —gruñí, olvidándome casi por completo de la comida detrás de mí—, nadie me da órdenes como tú. Si quieres saber algo, pregunta, pero no me exijas nada como has hecho.

—¿Crees que porque tienes más dinero eso te da poder sobre mí?

—¡Creo que por quien soy, eso me da derecho a que me traten con un mínimo de respeto!

—bramé—. Permíteme recordarte, Bridget Gold, que serías un cadáver viviente dentro del complejo de Zaitsev ahora mismo si no fuera por mí.

Tu cuerpo podría seguir vivo, tus piernas podrían moverse, tus brazos podrían balancearse, pero tu corazón estaría entumecido, tu mente estaría destrozada y tu espíritu estaría suplicando pasar a la otra vida.

Solo eso ya exige que me trates con un poco más de respeto.

Casi dije «y mi dinero dice que sé lo que hago», pero hacía mucho que me había prometido no intentar ganar nunca una discusión con «porque tengo más dinero». No era incorrecto, pero era jugar en modo fácil, y una forma muy rápida de crearse enemigos a largo plazo.

—Sea como sea —dijo ella—, ¿me rescataste para usarme? ¿O me rescataste por la bondad de tu corazón?

Resoplé con desdén. No era momento para discusiones semánticas. ¿A quién coño le importaba si el resultado final era el mismo?

—Debería haber sabido que actuarías así con un propósito oculto —dijo Bridget, con la voz más furiosa que le había oído nunca—.

No es que no haya tenido oportunidad de observarte durante años y años.

El apellido de tu familia ha salido en el periódico durante al menos los últimos dos años, quizá más.

He estado en tu órbita. Sé de lo que eres capaz.

—¿Ah, sí, señorita terapeuta? —dije—. Dime, ya que has vuelto a levantar tu escudo de terapeuta contra alguien que se atrevió a darte protección contra algo peor...

—...para sus propios fines egoístas...

—...¿qué vas a diagnosticarme?

—¡Un puto sociópata funcional!

Oh, cómo se atrevía.

Cómo.

Se.

Atrevía.

Ella.

—¿Sociópata? —dije—. Cariño, más te vale asegurarte de que sabes lo que significa eso.

—¡Deja de tratarme como a una damisela en apuros!

Por el amor de Dios... la ira nos estaba cegando a ambos, hasta yo tenía suficiente autoconciencia para darme cuenta. Y sin embargo, ¿qué coño se suponía que debía hacer en ese momento? ¿Echarme atrás? Ridículo. ¿Desescalar? No había manera de calmar a esta mujer.

—Dijiste que mentir es de débiles, pero ¿te molestaste alguna vez en diferenciar entre mentir directamente y mentir por omisión? —dijo Bridget—. Puede que creas que eres muy listo por no decirlo todo, ¡pero eso sigue siendo mentir! ¡Aun así no me lo contaste todo! ¡Y yo te besé!

Mierda.

Lo había hecho.

Y se había sentido... maravilloso.

Y lo más sorprendente era que no había aprovechado ese beso para llegar hasta donde podría haber llegado.

—Ponte tan pedante como quieras, Bridget, da igual —gruñí—. No te han hecho nada peor que dejarte inconsciente para transportarte. No tienes moretones, ni cicatrices, ni huesos rotos.

—¿Cuántas veces tengo que decirte que no hace falta sangrar para estar herida? —Bridget alzó las manos con exasperación—. ¿Esto es lo que significa que me traten «mejor»? ¿Que me usen de señuelo en lugar de ser yo el blanco?

—De nuevo, ¿qué quieres que diga? —dije, golpeando los puños contra la encimera.

Bridget dio un respingo. Bien. Tenía que salir de esta gilipollez de bronca—.

Te guste o no, te ves obligada a jugar a este juego por culpa de Viktor Zaitsev.

Talia se vio obligada a jugar por culpa de Michael Morril.

Delilah y Sarah fueron diferentes, pero piensa en cuántas mujeres vinculadas a los Black Reapers acabaron en sus brazos no por elección, sino por las circunstancias.

Puedes decir que te traté con crueldad. Que te mentí.

Que te engañé. Lo que te dé la gana. Yo puedo sentarme aquí y decirte que, dadas las opciones en este juego, conseguiste el mejor resultado posible.

—¿Sabes lo que eres?

El silencio que siguió a esa pregunta fue incómodo. Fuera lo que fuera lo que Bridget estuviera a punto de decir...

—Eres adicto al dichoso juego, tanto que te importa más que la gente.

—¡Ahora sí que estás diciendo gilipolleces!

—rugí—. ¿Sabes lo que eres? Una persona amargada, egoísta y celosa que no soporta la realidad cuando no encaja con su visión ideal del mundo.

Te crees que ves el mundo con ojos honestos por ser terapeuta, pero eso te ha convertido en una mujer triste y sola que les guarda rencor a todos sus amigos y familiares por atreverse a casarse con alguien que no le parece bien.

Los ojos de Bridget ardían de ira. ¿Y sabes qué? Me daba igual. Había sido demasiado amable con ella durante demasiado tiempo. No le había mentido, eso lo juraría aunque estuviéramos ante el altar haciendo confesión, pero había llegado el momento de retorcer la verdad hasta donde diera de sí.

Si iba a ser tan jodidamente insoportable, si se negaba a ver todo lo que yo había hecho para ayudarla, entonces le clavaría el cuchillo. Le enseñaría lo que significaba de verdad estar herida sin sangrar.

—No te secuestré porque fueras especial, Bridget —dije—. Tenías razón, no te secuestré por bondad. Lo hice porque eras un cabo suelto que podía perjudicar mi imperio, a mi familia.

Me di cuenta de algo al terminar.

Puede que eso fuera cierto en aquel momento. Ya no lo era.

Dolía decir esas palabras, como si pronunciarlas me hiciera tanto daño a mí como a Bridget. No sabía lo suficiente de psicología para explicar por qué una motivación podía parecer totalmente normal en un momento y completamente horrible al siguiente, pero ahí estaba yo.

Pero eso no cambiaba nada.

Bridget había decidido escudarse tras su papel de terapeuta. Yo nunca había querido que mis sentimientos por ella se convirtieran en un punto débil. Supongo que… supongo que esta pelea lo estaba solucionando, aunque rompiera mi única promesa de no mentirle nunca a Bridget.

—Eres —dijo Bridget en un susurro furioso— exactamente aquello contra lo que advierto a todo el mundo. Un hombre con poder, no porque sea bueno o virtuoso, sino porque lo busca para ocultar lo vacío que está por dentro.

Vacío por quienes he perdido.

Vacío por lo que he sufrido.

Vacío por lo que temo perder.

Pero nada de eso lo dije en voz alta. El daño estaba hecho, la espada había caído sobre el cuello de lo que fuera que pudiéramos llamarnos, y no había forma de deshacer lo dicho.

Y pensar que todo esto había pasado después de lo de anoche.

Supongo que los momentos de mayor vulnerabilidad exponen debilidades que ni siquiera el Rey de Tréboles puede combatir.

—Dame mi teléfono y mis llaves. Me voy. Para siempre.

Abrí la boca para respirar. No tenía intención de negárselo.

No quería ver su cara, y de todos modos ya había pasado el domingo por la noche.

Una parte de mí quería retenerla aquí, sabiendo lo que había ahí fuera, pero…

¿en qué se diferenciaba de cualquier otro delito?

¿Los rateros, los imbéciles borrachos, cualquier otra cosa que pudiera causar problemas?

Es diferente porque va dirigido a ella.

Fui a buscar sus cosas y solo al volver me di cuenta de que el tocino y los huevos seguían en el fuego —daba igual, ya lo terminaría yo— y las tiré sobre la mesa. Casi le dije que se largara a ver si me importaba una mierda…

Pero no lo hice.

Si había llegado al punto de mentir para clavar el cuchillo, si no me quedaban más verdades que pudieran herirla por dentro, entonces no me quedaba nada que decir.

Observé a Bridget mientras se dirigía hacia los ascensores, sin mirar atrás ni una sola vez. Incluso cuando las puertas se abrieron y tuvo que girarse hacia mí, mantuvo la cabeza gacha y los ojos clavados en el móvil. Las puertas se cerraron.

Y me sentí tremendamente solo.

Lucas me había advertido de esto, ¿no? Que eso de proclamarme el lobo solitario de la familia acabaría en soledad. Bueno, quizá las circunstancias fueran algo distintas, pero el jodido resultado era el mismo. Estaba solo.

Yo mismo me había condenado a la soledad.

¿Y para qué? ¿Por rabia de haberme expuesto? ¿Por rabia de haber fallado? Entonces… ¿la rabia contra mí mismo se había convertido en rabia contra los demás? Eso no era muy digno del Rey de Tréboles.

Me subí la manga y miré el tatuaje del trébol. ¿De verdad merecía llevarlo si estaba dejando que mi rabia salpicara a quien no lo merecía?

Sí, claro que sí, menudo pensamiento más ridículo. Que una mujer se marchara, por muy dramático y duro que fuera, no cambiaba el hecho de que yo era el Rey de Tréboles, el brazo ejecutor de la familia ante el mundo.

Y cuando toca abrazar en privado a quienes te importan, ¿quién eres?

Era una pregunta que me provocó un escalofrío, un frío que persistió incluso con el calor creciente de aquella mañana de finales de primavera en Vegas.