Rey de tréboles (Multimillonarios de Vegas nº 4) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Bridget

Estaba en un lugar al que pensé que jamás volvería, pero esos pensamientos se desvanecieron cuando se abrió la entrada y los hermanos de Dante, junto con un hombre que nunca esperé ver aquí, lo arrastraron adentro.

A mi lado, Brianna permanecía de pie, examinándolo en silencio pero con atención.

Estaba formada para sanar la mente, no el cuerpo, lo cual era una suerte.

Por lo que veía, Dante estaba hecho una mierda.

Tenía hinchazón, cortes y sangre por todas partes; no había una sola parte de él que no pareciera dañada.

Abrí la boca para preguntar «cómo», pero no necesitaba formación médica ni forense para saber la respuesta.

Había perdido una pelea.

Más concretamente, probablemente había perdido una pelea contra varias personas que lo habían emboscado, golpeado hasta dejarlo al borde de la muerte, y luego...

bueno, lo habían rescatado. No estaba claro quién; yo había estado aquí con sus hermanos cuando hicieron unas llamadas desde una oficina que tenían en la planta baja.

Mi única pista era que el marido de Brianna estaba entre los que traían a Dante a su ático, lo que me hizo preguntarme si Crush había reunido a algunos de los suyos para salvarlo. Pero ¿por qué? Había estado allí cuando los dos se enfrentaron.

Ojalá pudiera decir que aparté los pensamientos, pero dado que este era el momento de Brianna, no podía hacer otra cosa que pensar. Hasta que Dante despertara, solo me quedaba especular sobre lo que había pasado.

Habíamos discutido. Me había ido. Había vuelto a casa, pero la sensación persistente de que Dante haría alguna estupidez no me abandonaba.

Conseguí el número de Cassius a través de Sarah y le pedí que me hiciera el favor de comprobar si Dante estaba en casa.

Una cosa llevó a la otra, y aunque juré mientras esperábamos que lo hacía solo para quedarme tranquila...

Estar de vuelta aquí arriba, verlo en este estado y esperar lo mejor me hizo muy consciente de que lo que sentía por Dante no era solo amabilidad, no era solo la esperanza de que un hombre que podría haber muerto no hubiera muerto.

Era...

—Entiendan esto —dijo Crush a los otros Vale. No pretendía espiar, pero estábamos tan apiñados en el salón de Dante que era imposible no oírnos—. No hicimos esto para ayudarlos. Lo hicimos para enviar un mensaje a la mafia Zaitsev.

—No creo que nadie esté cuestionando eso, Crush —dijo Adrian.

—Puede que ninguno de ustedes lo haga —dijo él—, pero este se enterará de quién lo salvó cuando despierte.

Y cuando lo haga, más le vale no pensar que puede dejarse dar una paliza para arrastrarnos a una guerra.

Ya libramos una guerra bastante dura; Prince y yo pasamos suficiente tiempo en prisión.

No tenemos ningún puto interés en volver a eso.

—Entonces, ¿el mensaje fue...? —preguntó Lucas.

—Traigan violencia a nuestra puerta y los mataremos —dijo Crush.

¿Qué demonios había pasado dondequiera que estuviera Dante? ¿Y eso significaba que Viktor estaba muerto?

—Si su familia tiene tanta astucia callejera como olfato para los negocios —dijo Crush—, se asegurarán de que Dante solo «trabaje» de nueve a cinco y no salga a buscarse problemas. Si no, prepárense para ver cómo su imperio se derrumba.

—Hablas con mucha seguridad —dijo Cassius.

—Sé reconocer a un hombre al que no disuaden la violencia ni las amenazas —dijo Crush—, y lo que vi de Viktor y sus operaciones esta noche me dice que es un hombre que no conoce la vergüenza.

No tiene moral. Solo tiene consideraciones prácticas.

Recen para que lo que hicimos baste para que mantenga sus operaciones lejos de los territorios de los Reapers, los Devil's Patriots, y de Prince y de mí.

Se instaló un silencio incómodo. No creía que ninguno de los Vale tuviera interés en una guerra; todo lo que había oído de Sarah, Delilah y Talia sugería que, aunque eran despiadados, no tenían reparos en ser ricos y eran astutos, no eran hombres violentos, o al menos no recurrían a métodos ilegales para conseguir su dinero y poder.

Puede que hubieran forzado situaciones moralmente ambiguas o que hubieran rozado los límites del comportamiento ético, pero...

—Estará bien —dijo Brianna—. Sus signos vitales son estables, por lo que veo, su respiración no está obstruida y está recuperando la conciencia poco a poco. Tendrá marcas durante al menos un par de semanas, y si fuera cualquier otra persona, recomendaría ir al hospital...

—Haremos que venga un médico a atenderlo —dijo Cassius bruscamente—. Gracias, Brianna. Gracias, Crush.

Crush se limitó a gruñir.

—Brianna, vámonos —dijo.

Brianna no dijo nada más, solo me lanzó una mirada que parecía transmitir esperanza, tal vez incluso una promesa, antes de seguir a Crush hasta el ascensor, cuyas puertas se cerraron tras ellos.

—Este maldito idiota va a conseguir que nos maten a todos —dijo Adrian—. ¿Y para qué? ¿Para demostrar lo duro que es? ¿Que en el fondo es un motero?

—Deberíamos haberle quitado esa maldita moto en cuanto nos hicimos millonarios —dijo Lucas.

—Basta —espetó Cassius—. La moto está en manos de los Zaitsev de todos modos. Nosotros...

Su voz se apagó cuando me miró, como si solo ahora se diera cuenta de que estaba allí. Eso no era cierto, por supuesto; había sido yo quien le dijo que Dante probablemente estaba haciendo alguna estupidez.

—¿Confías en el criterio médico de tu hermana? —dijo Cassius.

—Sin dudarlo —dije—. Puede que esté casada con Crush, pero te dirá que todo el que trabaja en medicina jura tratar a los heridos, sin importar quiénes sean.

Igual que yo juré tratar a los que están rotos por dentro, sin importar quiénes sean.

Y sabes que Dante hizo esto porque algo lo rompió por dentro.

—Le daremos la noche para que se recupere solo —dijo Cassius a sus hermanos—. Bridget. Quédate aquí. No creo que haga falta decirte que los Zaitsev andarán al acecho después de lo que Dante intentó hacer.

—Entiendo —dije.

En el fondo, me alegraba de que Cassius me diera permiso abiertamente.

Tenía sentimientos confusos que empezaban a tomar forma, pero la única manera de saber hacia dónde apuntaban era hablar con Dante.

Podría estar malherido, pero otro hecho de la terapia era que los más rotos solían ser los más honestos.

Ya no eran capaces, o ni siquiera les interesaba, ocultar sus verdaderos pensamientos y sentimientos, y las verdades que antes se habían esquivado ahora se afrontarían sin rodeos.

—Vamos —dijo Cassius, y Lucas y Adrian lo siguieron sin dudarlo. Ni siquiera me miraron.

Cuando solo quedamos Dante y yo, una extraña sensación de incertidumbre se apoderó de mí.

¿Y si surgía una emergencia médica? ¿No había hablado Brianna antes sobre pacientes que se habían peleado, estaban bien durante un par de horas y luego sufrían algún tipo de hemorragia cerebral o trauma que los hacía desplomarse? ¿Y si Dante se volvía incontrolable?

No, esto último era poco probable, especialmente conmigo.

Lo primero... bueno, quizá era posible, pero el 112 funcionaba igual para los multimillonarios que para la gente corriente como yo.

No quería decir exactamente que todo estaría bien, pero respiré tranquila cuando me di cuenta de que cualquier cosa que pudiera salir mal probablemente sería algo que podría manejar.

Como si fuera una señal, en ese momento escuché un gemido. Me acerqué a Dante.

—Qué... demonios... —dijo, más gruñidos convertidos en palabras que una frase coherente—. ¿Cómo demonios...? ¿Brianna? ¿Qué...? ¿Dónde...? ¿De vuelta en casa?

—Estás de vuelta en casa, Dante —dije, tomando asiento frente a él. Crucé las manos sobre el regazo y me incliné hacia delante, una postura muy familiar de mi trabajo diario—. Te dieron una paliza que casi te mata. Crush y otras personas te salvaron.

—Crush —dijo Dante. Se rio, pero la risa se convirtió en un gruñido agudo de dolor y se cortó en seco—. ¿Ese cabrón? ¿Y quién más?

—No lo sé —dije—. Solo sé que Cassius le avisó.

—¿Cassius? —dijo—. ¿Qué demonios? ¿Quién se lo dijo?

—Yo.

Dante dejó de emitir sonidos inconexos y giró la cabeza. Intentó incorporarse, pero enseguida desistió. Exhaló, miró al techo y volvió a mirarme; sus ojos expresaban una mezcla de gratitud y confusión, bueno, de lo que podía ver más allá de la hinchazón y los moretones.

—¿Cómo lo supiste? —dijo.

—No lo sabía, no con certeza. Pero tenía fuertes sospechas. Y quería asegurarme de que estuvieras bien después de irme.

Dante se mordió el labio. Volvió a mirar al techo. Probablemente estaba imaginando cosas, pero habría jurado que vi un atisbo de temblor en él. No duró, no como cuando los pacientes se derrumban en mi consultorio, pero estaba segura de haberlo visto.

—Te importó.

—Por supuesto que me importó —dije, pero hice una pausa breve porque quería asegurarme de no desestimar a Dante—. No sé qué depara el futuro, Dante. Pero tú me protegiste. Sentí que, incluso con todo lo que se dijo e hizo, te debía el asegurarme de que tú también estuvieras protegido.

—No necesito protección.

Elegí mis siguientes palabras con cuidado.

—Todos necesitamos protección de nosotros mismos, Dante —dije—. De nuestros peores miedos. De nuestras peores dudas. De nuestra peor voz interior.

—Voz interior —repitió Dante.

Transcurrió un silencio muy, muy, muy largo.

Duró más que cualquier silencio que hubiera experimentado en mi consultorio, y eso que había habido sesiones de terapia en las que sentía que la mitad del tiempo no era más que silencio.

Más de una vez, me incorporé un poco para asegurarme de que Dante no se hubiera quedado dormido.

—¿Quieres saber —dijo finalmente, con voz queda— qué dice mi voz interior, Bridget?

Tosió de repente y se encogió de dolor. Me incliné hacia delante, pero él levantó una mano.

—Total, en una noche como esta... —continuó—. Siento que soy el hermano sobrante en esta familia.

Oh.

Oh, Dante...

—Virgil y yo éramos los más unidos del grupo —dijo—.

Los cinco siempre nos dividíamos en dos bandos.

Cassius, Adrian y Lucas por un lado, y Virgil y yo por otro.

Lucas, claro, a veces se pasaba a nuestro bando.

Pero la división estaba clara. Luego Virgil murió.

Y yo me quedé como el lobo solitario, el más joven, el que tenía todos los músculos pero poca de la inteligencia que mis hermanos habían adquirido con el tiempo.

Siguió un silencio aún más largo. Sentí que me temblaba el cuerpo, y solo podía atribuirlo a los nervios a flor de piel y a la reacción empática que tenía cuando alguien compartía su voz interior más dura.

—La muerte de Virgil nos jodió a todos —dijo—. A todos. Nos hizo buscar poder, buscar control sobre algo que solo puede retrasarse, nunca evitarse. ¿Cassius? Lo volvió despiadado. ¿Adrian? Obsesionado con su imagen. ¿Lucas? El cerebro de la operación. ¿Pero yo? ¿Yo, joder?

Se rio entre dientes.

—Tal vez fue porque era lo bastante joven para ser un cabeza caliente, pero lo bastante mayor para causar problemas con mi temperamento, pero me volvió violento. Me metí en tantas peleas en el colegio, con amigos, con enemigos... He dado más puñetazos que apretones de manos en negocios, Bridget.

Dante suspiró, el tipo de suspiro que uno solo da después de confesar algo que no le ha contado a nadie en años.

—A veces me pregunto si mis hermanos me incluyeron en el negocio familiar por caridad.

Algo así como «no podemos dejarlo atrás», aunque tardé más que ellos en desarrollar el olfato para los negocios.

Sé que eso es una gilipollez. Soy más inteligente de lo que pensarías.

Pero todavía me ven como el matón del patio, el que peleará en un ring de boxeo mucho antes que en una mesa de negociación.

Gruñó antes de soltar una risa breve, claramente contenida por el dolor.

—Joder, tal vez deberías haber dejado que me dieran más. No le he contado esta mierda a nadie. No sé qué coño tienes tú, Bridget.

Abrí la boca para decir que no era nada especial, pero eso no era cierto. Le creía a Dante. Algo en mí... en nosotros...

Tenía que corresponder. Tenía que mostrarme vulnerable también, aunque sabía adónde solía llevar la vulnerabilidad compartida entre dos personas que ya se sentían atraídas.

—Yo tampoco lo sé, Dante —dije—, pero déjame contarte algo de mí que quizá te ayude a entenderlo.