CAPÍTULO 17
Dante
«Señor Vale. Si alguna vez quiere hablar, puede encontrarme en The Hollows. No es algo que vaya a encontrar en Google Maps, pero estoy seguro de que es un chico listo. Lo reconocerá en cuanto lo vea».
La burla de Viktor resonaba en mi mente como una maldita canción pegajosa de la que no podía librarme. Sabía que era una trampa. Él sabía que yo lo sabía.
Y aun así.
Estaba tan jodidamente furioso, tan jodidamente cegado por la rabia, tan jodidamente... todo, que me importaba una mierda. Si entraba allí y moría pero me llevaba a Viktor conmigo, que así fuera. Al menos vería a Virgil en el otro lado.
Porque cómo se atrevía.
Cómo.
Cojones.
Se.
Atrevía.
¿Qué coño fue eso de que Bridget decidiera invocar su nombre? ¡Sabía perfectamente lo jodidamente doloroso que sería! ¡Lo sabía! Tuvo mucha suerte de que la pared estuviera justo ahí; si en lugar de la pared hubiera sido ella o solo aire... no podía prometer nada.
La pared no sirvió para despejar mi visión ni mi ira. Solo me dio una válvula de escape que sabía que no me traería problemas. Incluso cuando le dije a Bridget que podía quedarse en el sofá, pensamientos perturbadores de violencia me llenaban la cabeza, fantasías de ira desatada asaltaban mi mente.
Solo cuando las puertas del ascensor se abrieron y cerraron, mi ira hacia Bridget remitió.
Pero no desapareció; solo se trasladó a Viktor.
A Bridget le deseaba lo mejor. De verdad. Una parte de mí incluso esperaba poder follármela; quién sabe. Tal vez hasta la invitaría a un buen bourbon o a cenar.
Pero me dije que la dejara a un lado. Podía ser hermosa, pero era una espina clavada. Si estaba dispuesta a invocar el nombre de Virgil para sacarme de quicio, entonces era tan despiadada y directa como... bueno, como yo.
Déjala a un lado.
Y concéntrate en Viktor Zaitsev.
¿Se creía que podía entrar tan tranquilo en Allure, tocar a Bridget y desafiarme a ir a por él?
¿Tenía alguna puta idea de quién era yo?
¡El Rey de los putos Tréboles, joder! Podía vencer a cualquiera, salvar a cualquiera e incluso matar a cualquiera.
Nadie podía impedirme hacer lo que quisiera, y nadie quedaba fuera de mi alcance.
Excepto Virgil.
—¡Joder! —grité, golpeando otra parte de la pared.
Saqué el puño y me miré los nudillos ensangrentados. Joder, dolía tan bien, ¡tan jodidamente bien! Necesitaba golpear piel, huesos que crujieran bajo mis nudillos. Necesitaba... necesitaba... yo...
Me arremangué. Miré el tatuaje del trébol. Por un lado, un símbolo de lo que representaba para la familia: una porra capaz de aplastar a mis enemigos y extinguir cualquier amenaza. Un arma para usar contra otras familias multimillonarias, mafias o incluso clubes de moteros si hacía falta.
Por otro lado, un recordatorio de por qué luchaba, un recordatorio de que no era solo una herramienta —igual que Bridget tampoco lo era— sino una persona, un hermano, un hijo. Alguien que amaba al hermano que había inspirado la pasión de nuestra familia por las cartas. Alguien que...
Cuyo legado nos impulsaba a todos.
—Virgil —dije—, esto va por ti.
Salí furioso de la habitación, me dirigí a los ascensores y bajé a nuestro garaje. Llegué, vi nuestros cuatro coches deportivos...
Y seguí caminando.
Caminé hasta el aparcamiento general, donde mi vehículo favorito se escondía a plena vista.
Estaba aparcado en una plaza «Reservada», supuestamente para empleados, pero que nadie se molestaba en cuestionar.
Probablemente alguien sabía lo que era, pero mis hermanos no, y nadie importante en nuestra empresa lo había mencionado jamás.
Levanté la pierna, la pasé por encima y arranqué la moto con un rugido.
* * *
Hacía meses que no montaba en moto, probablemente años, pero nunca había olvidado cómo hacerlo.
Mis hermanos conocían mi afición por ella, pero entre el trabajo que nos absorbía, que yo la usaba menos y que ellos andaban embobados con sus mujeres, prácticamente creían que había abandonado la moto.
Como mucho, pensaban que los Black Reapers les recordaban a mi yo de antes, y que mis intentos de incorporarlos eran pura nostalgia.
No tenía ningún interés en unirme a un club de moteros, sobre todo porque no me apetecía rebajarme a novato cuando tenía pasta suficiente para comprar todos sus almacenes cien veces, pero eso no significaba que hubiera perdido el interés por la moto.
Poderosa. Salvaje. Desafiante. Ágil. Agresiva.
Todo lo que yo consideraba que era, mi Harley-Davidson negra también lo era.
Y cuando me puse el casco, me sentí invencible.
Nadie de la prensa me vería acelerando y pensaría que era yo; ni siquiera los miembros de los Black Reapers atarían cabos.
Claro, esta noche podría revelarle a la mafia Zaitsev que montaba en moto, pero no pretendía que esta parte de mi vida fuera un secreto para siempre.
Solo la había reservado para el momento oportuno.
Esta noche era ese momento.
Conduje hacia el norte, hacia donde sospechaba que estaba «The Hollows».
Viktor tenía razón; Google no había encontrado nada, y lo más parecido que había sugerido era una tienda efímera de Halloween en Henderson.
Dado que estábamos a principios de verano y yo iba en dirección opuesta a Henderson, bueno, no hacía falta ser un puto genio para ver que no tenían nada que ver.
Viktor también tenía razón en que no tardé mucho en reconocer qué era.
Aquí arriba, donde las naves industriales y de logística aparecían y desaparecían según los negocios legítimos que las ocuparan, prácticamente todo valía.
Los Hombres del Rey habían operado principalmente desde Chinatown, justo al oeste del Strip, pero también tenían instalaciones de reserva tan al norte.
No me habría sorprendido que Prince y Crush todavía tuvieran operaciones aquí; aunque técnicamente no formaban parte de los Black Reapers, los consideraba miembros de facto por su alianza.
Pero incluso entre los edificios sórdidos, los antros de trapicheo, trata de personas, contrabando de armas y Dios sabe qué otras mierdas, quedó claro de inmediato que un edificio destacaba sobre los demás.
La primera pista fue un grupo de tipos blancos con caras rusas —no sabía cómo coño describirlo de otra manera, esas expresiones sombrías y amargas que todos lucían— cargando cajas que sin duda estaban llenas de rifles y armas.
También vi a un grupo de chicas de distintas nacionalidades, lo que suscitaba preguntas incómodas sobre qué demonios estaba haciendo exactamente la mafia Zaitsev.
Ocupando el vacío de los Hombres del Rey, quizás, pero ¿de forma tan descarada?
Nunca iba a hacerme el superhéroe protegiendo vidas inocentes en Vegas; era demasiado cabrón y egoísta para eso. Pero sí, sentaría bien frenar una actividad que dejaría en mal lugar a nuestra ciudad y, por tanto, a nuestra situación financiera.
Podría haber buscado una segunda y tercera pista, pero como Viktor había dicho, sabría qué era «The Hollows» en cuanto lo viera. Y si se trataba de una segunda organización criminal rusa de la que no tenía ni idea...
Algunos problemas simplemente no merecía la pena ni planteárselos. Llegados a ese punto, sería más una cuestión de seguridad nacional que de nuestra conquista territorial.
Me aseguré de recorrer aproximadamente un kilómetro antes de aparcar en un almacén que sabía abandonado, metí la moto dentro y luego eché a andar hacia The Hollows.
La oscuridad y la falta de farolas en funcionamiento facilitarían pasar desapercibido; no era precisamente una zona de la ciudad donde la gente se peleara por vivir.
Llegué hasta la puerta principal del almacén abandonado antes de darme cuenta de que había cometido un error de cojones.
La primera señal de que la había cagado fue cuando unas manos fuertes y enguantadas me agarraron la cabeza y la estrellaron contra el marco de la puerta.
Me tambaleé hacia atrás, aturdido, intentando recuperar el sentido.
Apenas había recuperado el control cuando me barrieron las piernas y caí de espaldas, golpeándome la nuca contra el suelo.
Me encogí por reflejo y me llevé las manos a la nuca, pero alguien me agarró una mano y enseguida varias más me inmovilizaron.
La había cagado. La había cagado pero bien.
Y ahora iba a morir.
Entonces llegó la lluvia de puñetazos, por todo el cuerpo: abdominales, ingle, cara. No fallaban ni uno, pero tampoco concentraban todos los golpes en una sola zona. Yo... la había cagado de verdad.
La arrogancia del Rey de Tréboles me había traído hasta aquí. Había pensado con soberbia que podía enfrentarme a Viktor yo solo. Mi maldito orgullo...
Iba a matarme... joder, iba a matarme. Había actuado como un lobo solitario.
Pero lejos de hacerme más poderoso, era solo una forma elegante de decir que actuaba solo. Y quien actúa solo en un enfrentamiento a vida o muerte acaba muerto.
—Basta.
La palabra me llegó amortiguada, como si viniera del fondo de una piscina. Pensé... ¿Viktor? Pero apenas me mantenía consciente. Podría haber sido perfectamente una mujer, qué coño sabía yo en ese momento.
—Matarlo ahora atraería demasiada atención —continuó la voz, de un hombre, al menos—. Sus propios hermanos confiarán en que esto le sirva de lección. Matarlo echaría por tierra todo lo que estamos preparando.
Los puñetazos cesaron, pero cuando intenté moverme, varias manos me inmovilizaron.
Oí pasos, el golpe seco de cada pisada cada vez más nítido a medida que recuperaba el sentido.
Todo me dolía, pero no era la primera vez que me daban una paliza.
Concentré toda mi atención en el hombre que se acercaba; ya lidiaría con el dolor cuando estuviera a salvo.
Apenas veía nada, estaba todo muy oscuro, pero en ese momento estaba seguro de que alguien se cernía sobre mí.
Alguien que se rio en mi cara.
—Di demasiado por sentado contigo, Dante Vale.
Viktor, efectivamente.
—Dije que eras un chico listo que reconocería The Hollows en cuanto lo viera. Resulta que entraste aquí sin molestarte siquiera en comprobarlo.
Chasqueó la lengua con desaprobación, riñéndome por mi temeridad. No hacía falta; ya me estaba machacando yo solo.
—Sería muy fácil matarte ahora mismo y hacer que tu muerte pareciera una de tantas cosas que no sorprenderían a nadie que te vea como el matón de tu familia —dijo Viktor—. Entiendes que eres el más prescindible de tus hermanos, ¿verdad?
—Que te jodan —dije, apenas capaz de articular las palabras entre la sangre que ahora notaba acumularse en mi boca.
Viktor soltó una risa contenida.
—Cassius cae, Lucas cae, incluso Adrian cae, y es una tragedia que muera un caballero tan distinguido —dijo Viktor, rodeándome—. Lo más triste, y aterrador, del mundo es cuando la delincuencia callejera va a por la gente «respetable» de cuello blanco. Pero tú, ¿Rey de Tréboles?
La forma en que retorció la palabra «Rey»... quería clavarle un puñal en el ojo.
—Tu imagen hace que tu futura muerte sea completamente predecible —dijo—. El día que mueras, nadie se sorprenderá. ¿Acaso alguien se sorprende cuando un drogadicto conocido muere de sobredosis? ¿Alguien se sorprendería si alguien como tú muere buscando pelea?
Se acercó, me puso el zapato en el brazo, justo junto al hombro, y presionó. ¡Joder!
—Por desgracia, hablo en términos del público, de las fuerzas del orden, de esa gente —dijo—. Tus hermanos sí se preocupan por ti. De hecho...
Yo también lo oí, aunque no lo anticipé como Viktor.
Motores a lo lejos.
Espera... ¿motos?
Cuánto deseaba poder ver la expresión de Viktor. ¿Estaba tan sorprendido como yo por el ruido de las motos? ¿O era otra cosa?
—La caballería nunca deja que uno de los suyos vaya solo por ahí, aunque sea el tonto del pueblo —dijo Viktor, con voz completamente imperturbable—. Considera esta noche tu único indulto, Dante. Vuelve a aparecer por aquí y los Vale estarán enterrando al segundo de su hermandad.
Cómo... cómo coño sabía...
No terminé el pensamiento antes de que me pateara fuerte, jodidamente fuerte, en el cráneo. Estaba a un paso de perder el conocimiento.
En algún momento, alguien me agarró, me levantó y me sacó de allí. No tenía ni idea de si lo hacían para matarme o para salvarme. No me quedaba nada.
Que este lobo solitario sobreviviera dependía por completo de si los lobos que venían a por mí eran de mi manada o de una manada enemiga.