Rey de tréboles (Multimillonarios de Vegas nº 4) CAPÍTULO 8
25%

CAPÍTULO 8

Bridget

Estaba nerviosa como el demonio, y ni toda mi fachada de terapeuta podía protegerme de eso.

Ser terapeuta te da cierta distancia, incluso cuando la gente te revela sus secretos más profundos y oscuros.

La esposa que ya no amaba a su marido, el padre que sentía que había fallado a sus hijos, el hombre soltero que cuestionaba su sexualidad…

lo escuchabas todo, pero nada de eso te tocaba personalmente.

Esto era diferente.

Incómodamente diferente.

—Viktor Zaitsev —dije, tragando saliva— vino a mi consulta hace unos días. ¿Quién es? ¿Lo sabes?

Dante se metió las manos en los bolsillos sin apartar los ojos de mí. Tenía una mirada inquietante, y sin embargo no parecía depredadora; más bien, casi parecía protectora. Una tontería, lo sabía. Yo era su maldita prisionera. Pero algo en todo esto…

—Hay mucho que apenas estamos descubriendo —dijo Dante—, pero por lo que sé hasta ahora, es el jefe o está muy arriba en la mafia Zaitsev.

Una mafia rusa que ha empezado a echar raíces aquí en Nevada.

Lo que harán, ya sean drogas, tráfico de personas, crimen organizado o algo más, no lo sé.

Pero no son estúpidos. No vienen aquí pensando: «Es Vegas, podemos hacer lo que queramos».

Están tanteando las debilidades, a los poderosos, a quiénes conviene tener de su lado y a quiénes pueden pisotear.

Hizo una pausa, se humedeció los labios y asintió.

—Creo, aunque mi opinión valga poco —dijo, una extraña coletilla, como si no solieran confiar en él para hacer conjeturas—, que si la segunda redada no fue cosa de los Morril, algo que de hecho creo, ya que los federales los tienen en el punto de mira, entonces fue cosa de Viktor y su mafia.

Y creo que pensaron que si te capturaban, atraerían la atención de tu hermana y su marido.

—Crush —dije con incomodidad—, y, por extensión, los Black Reapers.

Lo que planteaba una pregunta obvia.

—¿Y no crees que secuestrarme va a llamar su atención? —dije, alzando la voz con cada palabra—. ¿No crees que lo que has hecho va a cabrear a Crush, Prince y a todos los demás?

—Actúas como si nunca hubiera tratado con los Reapers —dijo Dante con una risa desafiante—.

Los Reapers, como estoy seguro de que sabes bien, no son hombres a los que se pueda comprar.

No son hombres a los que se pueda coaccionar.

Pero tampoco son neandertales idiotas. Respetan la fuerza cuando se ejerce con inteligencia.

Reconocen el poder que sabe cuáles son sus límites.

Así que supongo que podrías decir que los Reapers y yo mantenemos un equilibrio delicado.

Podía creer que los Reapers y los Vale no estaban en guerra abierta. Lo que no me tragaba era que fueran a ayudarse mutuamente.

—Lo que quiero decir es que si Crush, Prince y los demás Reapers supieran lo que he hecho contigo, pero también supieran cuál era la alternativa, me apoyarían. Acéptalo, Bridget. Te guste o no, ahora estás metida en este juego.

—¡Es un juego en el que nunca quise participar!

—dije. Cada palabra, cada momento me enfurecía más.

La mención de Viktor me había puesto al límite; ahora que no había vuelta atrás, estaba cabreada—.

Si mi hermana, si mis amigos querían hacer alguna estupidez, están en su derecho.

Es un país libre. Pero lo que tú has hecho…

Estaba furiosa. Enfurecida. Ninguna de las técnicas que enseñaba a mis pacientes para calmarse me serviría ahora, de lo jodidamente enfadada que estaba. Notaba cómo se me formaba un dolor de cabeza de tanto apretar los dientes.

—Déjame ir. Ahora —gruñí.

—¿Ir? —dijo Dante, como si mi ira le divirtiera—. ¿Adónde, Bridget? ¿A tu casa saqueada? ¿A las calles, donde al menos una familia muy peligrosa te está buscando? ¿Con tu hermana, que podría estar tan en el punto de mira como tú?

—Que te jodan —espeté. Odiaba que tuviera razón—. ¿Cuándo acabará esto? ¿Cuándo me libraré de ti?

—¿Libre? —dijo Dante—. ¿No has escuchado ni una palabra de lo que he dicho?

Eres mía. No te preocupes, esto no es «La Bella y la Bestia».

No hay final feliz en el castillo al final de esta historia.

Eres mía porque si fueras de él o de ellos, desearías estar muerta.

Será literalmente tu funeral si buscas la libertad en otra parte.

Lo odiaba por esas palabras.

Odiaba aún más la situación porque eran ciertas.

Nadie había entrado nunca en mi consulta y me había hecho sentir tan incómoda como Viktor Zaitsev. Nadie había puesto nunca a Talia en tanto peligro como los Morril. Nada me ponía tan nerviosa como saber que cualquiera de los dos bandos podría haber invadido mi casa.

—¿Al menos vas a darme un sitio donde dormir? —refunfuñé—. Si voy a ser tu prisionera y eres el santo benevolente que dices ser, más te vale empezar a cumplir ciertas normas.

Dante se rio.

—Ahora empiezas a entenderlo —dijo—. Aquí hay un ascensor que sube un par de plantas y conecta con una serie de ascensores privados que llevan a nuestros áticos. Tengo una cama extragrande. Si la quieres, duermes conmigo.

Tiene que ser broma.

—¿En serio?

—¿Qué, crees que recibo visitas allí arriba?

—dijo Dante con un resoplido—. Ya te dije que el amor no va conmigo.

Y no soy el tipo de persona que quieres para recibir a políticos y socios comerciales.

En mi ático tengo lo que necesito y nada más.

Mi cama para dormir y follar, mi sofá para ver la tele y relajarme, y mi escritorio para trabajar.

Míralo por el lado bueno: nunca despertarás con mejores vistas.

—Espero que eso no tenga un doble sentido y te refieras a verte desnudo —refunfuñé.

Dante sonrió pero, quizás por primera vez desde que desperté, tuvo la sensatez de no decir nada provocador. Al principio sentí alivio, pero tratándose de Dante, esa sonrisa bien podía significar que yo acababa de decir exactamente lo que él estaba pensando.

Al menos era un alivio que estuviéramos de acuerdo en no desear al otro. Bueno, Dante había dicho que me follaría pero no me amaría. Yo no pensaba follármelo y desde luego no iba a amarlo. Acostarme con él le daría exactamente lo que quería, una victoria de poder que me negaba a concederle.

La idea de amarlo era tan escandalosamente ridícula que el mero hecho de considerarla me enfurecía más de lo que me divertía.

—Llévame arriba —dije—. Y no me toques. Ya me has tocado bastante esta noche.

—Ojalá fuera cierto —se rio Dante.

* * *

Sin embargo, no volvió a tocarme en ninguno de los dos trayectos en ascensor.

Cuando las puertas se abrieron, no sabía qué esperar.

Había estado en el ático de Lucas para su fiesta de compromiso, así que las vistas no me pillarían desprevenida, pero sospechaba que el ático de Dante iba más allá de lo meramente funcional.

En realidad, no andaba muy desencaminada.

Las paredes estaban pintadas de blanco y nada más, desnudas como si Dante se hubiera mudado el lunes anterior.

Eso sí, lo que tenía era claramente de alta gama: el sofá parecía de cuero italiano envejecido, los cojines daban la impresión de haber sido tejidos para un monarca europeo, y el televisor debía de medir al menos tres metros, si no más.

Pero la verdad, para un hombre que supuestamente tenía miles de millones de dólares, no había gran cosa allí.

—No bromeabas con lo de la decoración, ¿eh?

—Ya te lo dije, mentir es de débiles —respondió Dante mientras metía la mano en la nevera y sacaba lo que parecía ron. Me lo ofreció, pero rechacé con un gesto. Aceptar una copa de Dante no sería peor que acabar en su cama, pero bien podría conducir a ello.

—Me imaginaba que un hombre como tú, con miles de millones de dólares, al que le encanta pelear, tendría, no sé, fotos de combates de boxeo famosos o equipamiento de entrenamiento.

Dante negó con la cabeza.

—Tenemos espacio de sobra para eso en las oficinas —dijo Dante—. Y sé que te sorprenderá, pero el Rey de Tréboles no va buscando pelea las veinticuatro horas del día. Cuando eres la realeza de Vegas, hay tanta gente que quiere pelear contigo que no necesitas ir a buscarla.

—Entonces... ¿nada más aquí? —pregunté—. ¿Ni fotos de familia?

—Algunas en el dormitorio —dijo Dante—. Pero nada aquí fuera. Nada que quiera que vean los demás.

—¿Y aun así me invitaste a tu cama?

Dante esbozó una sonrisa de suficiencia.

—Nada que quiera que vea nadie que no sea una mujer satisfecha.

Puse los ojos en blanco. Casi —casi— creí haber sacado algo humano de Dante.

Debería haber sabido que ese hombre no podía contenerse.

En busca de un poco de espacio, salí al cálido aire de finales de primavera.

Ya había anochecido; seguía sin tener el móvil, pero a juzgar por el cielo, debía de ser cerca de medianoche.

Y a juzgar por lo que veía a lo lejos, estaba en el lado norte de Ruby.

—¿Conoces El Rey León? —dijo Dante, que había aparecido de la nada—. ¿Cuando Mufasa dice que el reino es todo lo que alcanza la luz?

Claro que conocía esa referencia. No había nacido ayer.

—¿Y cuál es la zona a la que les dices que no vayan nunca?

—Lista —resopló Dante—. Los Morril operan desde el norte.

La familia Zaitsev está principalmente en Reno, pero apostaría lo que fuera a que están montando operaciones en North Vegas.

Una zona lo bastante turbia y peligrosa para que la policía no se moleste a menos que hagan algo verdaderamente estúpido, pero no tanto como para que les peguen un tiro nada más salir a tomar el aire.

—¿Y crees que puedes vigilarlos?

—¿Literalmente? No soy idiota —dijo Dante—. Pero saben que estoy aquí arriba. Y cuando miran Ruby, saben que me están mirando a mí. Saben que los observo desde las alturas. Y saben que si la lían, descubrirán de lo que es capaz el Rey de Tréboles.

—Supongo que intentar invadir mi casa fue liarla, ¿no?

—Eso ya lo han superado con creces.

Entonces... eso era... ¿bueno? ¿Iba Dante a partirle la cara a alguien en mi nombre? La idea resultaba reconfortante; saber que Dante estaba de mi lado sin duda ofrecía cierta tranquilidad.

Pero, joder.

Seguía siendo su prisionera.

Seguía esperando que me acostara con él.

Seguía sin tener el móvil, y no me había dado ninguna pista de cuándo sería libre.

Si me estaba protegiendo, era solo porque yo era su pieza en el juego de poder; no era una jugadora, aunque tampoco quería serlo. No podía marcharme. En resumen, si aquello era un juego violento y sangriento de capturar la bandera, yo era la bandera, sin autonomía ni capacidad de decisión.

—Ven —dijo Dante—, es tarde. Mi cama será más cómoda que cualquier otra en la que hayas dormido.

—No, no lo será —repliqué con voz gélida, recobrando la compostura—. Tendré que compartirla contigo. Y solo por eso, aunque estuviera hecha enteramente de plumas, sería la cama más incómoda en la que he dormido en mi vida. Me quedo con el sofá, gracias.

Dante se mordió el labio y cruzó los brazos, lo que hizo que sus musculosos antebrazos se marcaran, con las venas resaltando como telarañas. Me clavó la mirada.

—Al final serás mía, Bridget —dijo—. Soy un hombre paciente. Al contrario de lo que puedas haber oído, no soy esclavo de mis deseos ni de mis emociones. Pero tampoco soy esclavo de la paciencia.

Se encaminó hacia la puerta que daba al interior, se detuvo, me miró y sonrió.

—Tu teléfono estará en la mesa de la cocina cuando entres —dijo—, pero te aconsejo que no llames a nadie. No hay lugar más seguro que este, y hay quienes podrían rastrear tu teléfono.

—¿Podrían, o ya lo han hecho?

Dante se encogió de hombros.

—Si lo han hecho, saben que estoy aquí.

—¿Y qué van a hacer? ¿Colarse aquí y volarnos por los aires? Eso convertiría una batalla local en una investigación federal en un abrir y cerrar de ojos. Ya te lo dije. Sé inteligente. Quédate aquí. Sé mía. Y todo irá bien.

Dante no me dio la oportunidad de responder y dejó que la puerta se cerrara.

Miré hacia North Las Vegas con ganas de gritar a todo pulmón. Era tan malditamente humillante estar aquí arriba, convertida prácticamente en una esclava de Dante Vale después de meses —años— de hacer todo lo posible por no verme arrastrada a los juegos de los ricos y violentos.

Y sin embargo, si no me quedaba más remedio que entrar en el juego, suponía que había peores compañeros de equipo que él. Me había secuestrado, pero seguía ilesa. Aún conservaba mi dignidad.

Dante tenía mi presencia física. Eso era todo lo que iba a conseguir.

Eso me juré a mí misma.