Rey de tréboles (Multimillonarios de Vegas nº 4) CAPÍTULO 7
22%

CAPÍTULO 7

Dante

Esta mujer no tenía ni puta idea de la suerte que tenía.

Joder, yo tampoco había tenido ni idea de la suerte que tenía hasta unos treinta minutos después de su secuestro, cuando me enteré de que alguien más había saqueado su casa.

Al parecer, Bridget Gold era la chica «de moda» entre los poderosos de Las Vegas.

Eso estaba bien. Ya fueran los Morril buscando venganza, la mafia Zaitsev tratando de establecer su presencia, o una entidad desconocida —quizás uno de esos magnates franceses— queriendo causar revuelo, yo la defendería. La guardaría para mí.

Nadie más que yo tenía derecho a poseer a Bridget Gold.

Y de la misma manera que un león no se queda con la presa débil, yo me aseguraría de ganarme a Bridget Gold como es debido. Estaba aquí, era atractiva, me la follaría. No me enamoraría de ella, pero me la follaría.

Aunque también me aseguraría de ganármelo y no conseguirlo mientras ella estuviera inconsciente. Tenía muchas razones para eso.

—¿Saber mejor? ¿Necesitarte? Lo único que necesitas ahora mismo es que te manden a la mierda para que se te aclaren las ideas, Rey de Tréboles.

Pero que me dijera a mí mismo que me ganaría el derecho a follarme a Bridget Gold no significaba que su actitud no me tentara a cambiar de opinión. Joder, ¿hasta qué punto podía ser molesta una mujer?

Me reí en su cara. Ojalá me hubiera acercado más, pero me gustaba este aspecto medio oculto, medio revelado. Fue un accidente afortunado, pero como Rey de Tréboles, hacía tiempo que había aprendido que aprovechar las oportunidades inesperadas que surgían del caos era mi mejor baza.

—Estarías de rodillas suplicando chuparme la polla si supieras de qué te he salvado.

—¿Salvado?

Había el miedo justo en su entonación para saber que ella intuía que algo más estaba pasando.

—A ver. Estoy en el sótano de algún sitio, probablemente Ruby.

No tengo móvil, ni cartera, ni muda de ropa.

Me secuestraron por la fuerza y me noquearon con lo que probablemente era cloroformo.

Y una vez más, ¿me estás diciendo que estaría de rodillas ante ti?

Si esto es estar salvada, ¿qué coño es estar capturada? ¿Secuestrada? ¿Agredida?

—Tócate, me encantaría volver a verlo —dije con una sonrisa burlona—. No encontrarás marcas debajo del pecho, nada que indique que te hayan tocado. Adelante. Me encantaría verte desnudarte y comprobarlo.

—Vete a la mierda —dijo levantando el dedo corazón.

Vaya, era fogosa. Esto iba a ser divertido...

—Supongo que no dejaste marcas porque pensaste que podrías reclamarme. ¿De la misma forma que tus hermanos reclamaron a mis amigas?

—Qué graciosa —dije—. No tengo ningún interés en seguir sus pasos.

¿Quieren amor? Que lo tengan. ¿Quieren un final feliz?

Lo tienen, pero a costa de nuestro imperio empresarial y nuestra seguridad.

Cuando te reclame, Bridget Gold, será solo para satisfacción física.

No te preocupes, soy un amante generoso, pero no me llevarás al altar.

Yo seré quien tome, y no irá más allá del dormitorio.

Esperaba que Bridget se riera. Si no, que me hiciera una peineta, que me soltara una sarta de maldiciones, o algo que indicara furia desenfrenada.

No esperaba que cruzara los brazos, me mirara como una científica y dijera «hmm».

—¿Qué?

—Hablas con tanto resentimiento de tus hermanos —dijo Bridget—. Como si no quisieras tener nada que ver con ellos. Sabes a qué me dedico, ¿verdad?

—Terapeuta —dije—. Ayudas a las mamás blancas de los suburbios a sentirse mejor con las decisiones que han tomado en la vida y a los hombres blancos de clase alta a quitarse la culpa por anteponer el trabajo a la familia.

—Pues entonces parece que serías el paciente perfecto para mí.

En otro contexto, eso bien podría haber pasado por coqueteo.

Aquí, se sintió como una puñalada que quería devolverle clavándosela en las costillas.

Jamás sería paciente de un puto terapeuta, y mucho menos de Bridget Gold.

Tenía más posibilidades de cortarme la polla que de castrar mi ego en terapia.

—En cualquier caso —dijo Bridget, que tuvo la inteligencia de darse cuenta de que había ido demasiado lejos—, creo que estás celoso de tus hermanos.

Me reí. Si nadie iba a reírse esta noche, yo sí que lo haría, joder. Si Bridget no era capaz de ver el lado gracioso comparado con la alternativa, allá ella.

—¿Celoso? —dije—. ¿De qué voy a estar celoso? Todo lo que tienen y que yo podría querer, ya lo tengo. Todo lo que tienen y que no quiero, no lo tengo.

—Todo lo que estás dispuesto a admitir.

—¿Qué coño significa eso?

Bridget sonrió. Odiaba esa puta sonrisa. Era la sonrisa que ponía una mujer cuando creía tener ventaja. En la mayoría de mis encuentros, esa sonrisa era una falsa sensación de seguridad, algo que dejaba que la otra parte creyera tener sabiendo que al final de la noche me los follaría igualmente.

En este caso, resultaba extrañamente inquietante, casi como si Bridget tuviera la ventaja de verdad. De algún modo.

—Todo el mundo tiene algo que quiere pero que no quiere admitir, o que ni siquiera es capaz de admitir —dijo—.

Para algunos, es algo tan pequeño como querer cambiar de carrera cuando tienen un trabajo bien pagado.

Para otros, puede ser algo tan grande como querer salir a violar o asesinar sin consecuencias.

Pero para la mayoría, es mucho más personal.

Quieren amor. Quieren una familia. Quieren la relación con sus padres o con el hermano que no tienen ahora.

Su voz se ensombreció mientras hablaba, como velada por un deje de anhelo. Apenas lo registré; sus palabras estaban empezando a cabrearme aún más.

—Sospecho, Rey de Tréboles, que tus hermanos tienen algo que tú no tienes, y cuando te enfrentas a ello, recurres a la violencia. Es tu forma de distinguirte de ellos. Eres el ejecutor público. El luchador. Eres diferente a ellos. Aunque no quieras serlo.

Mierda.

¡Mierda!

—Bueno, si ya has terminado de darme una sesión de terapia a modo de agradecimiento por mantenerte a salvo —dije con un tono que le advertía que parara—, me vendría bien tu ayuda para averiguar quién más quiere secuestrarte.

—En primer lugar, si crees que eso fue una sesión de terapia, me parte el corazón pensar cómo deben ser tus conversaciones del día a día.

Dios, el descaro de esta maldita mujer.

—Pareces una persona muy ansiosa, Dante. Alguien con tendencia a los arrebatos emocionales.

—Dime algo que no sepa —gruñí—. Como, por ejemplo, por qué hay tanto crimen en Reno, por qué están desfalcando nuestras arcas y por qué alguien saqueó tu casa treinta minutos después de que te llevara. Y por qué todo eso probablemente está conectado.

Por fin, joder, por fin, Bridget parecía demasiado conmocionada para hablar. Se le abrieron los ojos de par en par y apretó los labios, y aunque recuperó la compostura rápidamente —impresionantemente rápido, la verdad—, me alegró ver que a la terapeuta también se la podía desestabilizar.

—Mi casa adosada, no mi apartamento —corrigió, aunque sin mucha convicción—. ¿La saquearon treinta minutos después de que tú...?

—Haré muchas cosas para salirme con la mía, Bridget —dije—, pero no te mentiré.

No lo necesito. Mentir es cosa de débiles, de quienes tienen demasiado miedo de decir la verdad.

Sí, saquearon tu casa. Oficialmente, parecen ser delincuentes comunes, una mezcla de razas y etnias.

Pero seamos realistas, ¿la coincidencia de que destrocen tu casa justo después de que pasáramos nosotros? ¿Después de todo lo ocurrido?

—Podrían ser tú y tu gente —protestó Bridget, pero sus palabras sonaban aún más débiles que las anteriores—. Podrías haberles ordenado que lo hicieran para inculpar a otra persona.

—Otra forma de mentir, y ya te dije que no lo necesito —dije—.

Me parece que tienes un punto ciego, Bridget.

Crees que todos los hombres poderosos son iguales, que todos los perros grandes ladran y muerden igual.

Pero te equivocas. Mis hermanos y yo explotamos sin piedad cada oportunidad que se nos presenta; sacar partido de todo es mi fuerte.

Pero ¿ponernos en el mismo saco que algunas de estas amenazas?

¿Incluso con los Black Reapers? Te resulta más fácil meternos a todos en el mismo grupo, pero no somos iguales.

Bridget tragó saliva.

—Oh, lo siento, ¿la terapeuta está probando su propia medicina? ¿No es divertido?

—Buen intento, Clubs —dijo. Me prometí que no dejaría que su tono me afectara, pero joder, era irritante.

Al menos haberla sacado de quicio había suavizado parte de la frustración que me causaba—.

Pero he tratado con yonquis, criminales, mentirosos compulsivos y prácticamente todo tipo de hombre que puedas imaginar.

Me han llamado de todo y me han lanzado todos los insultos habidos y por haber.

Si crees que algo de mi «medicina» va a doler, aprenderás muy rápido que a menudo importa tanto quién da la medicina como la medicina en sí.

Si ese es el caso, entonces te va a encantar lo que yo te dé, pensé. Aunque, curiosamente, también pensé que decir eso en voz alta no me convenía.

Pero ¿convenirme para qué? Desde luego no para doblegar a Bridget y sacarle información. Y desde luego no por su protección.

En cualquier caso, Bridget Gold era un caso único para mí.

La mayoría de las personas que caían bajo mi mirada temblaban de miedo o sentían unas ganas repentinas de soltar lo que necesitaba saber.

No estaba acostumbrado a que alguien me diseccionara con frialdad clínica, que me fuera desenmarañando como si fuera un regalo de Navidad mal envuelto.

Era...

Frustrante y extrañamente estimulante a la vez.

—En cualquier caso, esto se ha vuelto demasiado personal, y como dije al principio, estoy aquí para protegerte y acabar follándote, no para conocerte.

Bridget tenía una expresión que solo podía describir como decepción enmascarada por ira. Por qué decepcionada, vete tú a saber. Dudaba que ninguno de los dos quisiera volver a ver al otro cuando todo esto acabara.

—Los que entraron en tu casa después de nosotros no eran míos. Eso deja solo un par de opciones. Dime, ¿tienes alguna conexión con los Morril?

Negó con la cabeza.

—Nada más allá de lo que tendría cualquiera que no se llame Talia.

—¿Qué hay de la familia Zaitsev? ¿Un hombre llamado Viktor, en particular?

Se quedó paralizada.

Por fin tenía una pista.

Y lo único que me había costado era que Bridget descubriera muchas más cosas sobre mí de las que jamás había revelado a nadie, ni siquiera a mis hermanos.