Regreso anticipado Hallie
42%

Hallie

Candace cierra la oficina antes de tiempo por el hielo, y quince minutos después nos manda un mensaje a todos para recordarnos que aún tenemos que contestar los correos.

Para entonces ya estoy en mi coche, conduciendo a casa bajo un cielo color agua sucia.

Las primeras gotas empiezan a golpear el parabrisas, ni lluvia ni nieve del todo, pequeñas motas duras que repiquetean contra el cristal.

En cada supermercado por el que paso hay cola hasta la puerta.

Todas las gasolineras están llenas. Nashville no sabe qué hacer con el hielo.

Lo tenemos quizá una vez cada pocos años, y cada vez la ciudad entera reacciona como si fuera la primera.

Cuando subo por el largo camino de acceso, Nolan está en los escalones del porche con un abrigo negro y un gorro de punto, echando sal de una bolsa azul grande sobre la piedra.

Aparco y salgo. La correa del coche chilla mientras el motor está en marcha. Él levanta la vista hacia el coche, luego hacia mí, sin decir palabra.

—Voy a arreglarlo —le digo.

—No he dicho nada.

—Lo has mirado.

—Te estaba mirando a ti —dice, y vuelve a echar sal.

Me quedo al pie de los escalones con la bolsa del portátil en la mano, sin saber qué decir.

Después de lo de la bodega anoche, volví a casa del supermercado con cuatro barras de pan, casi ocho litros de leche y el firme propósito de no volver a quedarme a solas con él en una habitación pequeña.

Luego me pasé media noche despierta, dándole vueltas de todos modos.

Su mano en el estante junto a mi cabeza.

Su boca, acercándose. La voz de su madre saliendo del bolsillo de mi abrigo.

—Entra —dice—. Va a ponerse feo.

Y se pone feo.

A media tarde, el mundo entero está hecho de cristal.

La lluvia se congela en cuanto toca cualquier cosa.

Cubre los árboles, los cables eléctricos, las barandillas del patio trasero, cada brizna de hierba del césped, hasta que todo brilla gris y plateado con la última luz del día.

La cubierta del jacuzzi tiene una capa de hielo de unos dos centímetros de grosor.

Desde la ventana de la cocina oigo los árboles del fondo de la propiedad crujir bajo el peso.

De vez en cuando se oye un chasquido seco: una rama que se rompe y cae.

A las nueve y cuarto, se va la luz.

Estoy en la cocina, removiendo una olla de chili en el fogón. Todo se apaga de golpe: las luces, el zumbido del frigorífico, el reloj del microondas, la música del altavoz junto al fregadero. La única luz que queda es el anillo azul de la llama bajo mi olla, porque el fogón es de gas.

Me quedo muy quieta en la oscuridad con la cuchara de madera en la mano.

—¿Hallie? —Su voz llega desde el pasillo.

—En la cocina. El fogón todavía funciona.

Lo oigo acercarse despacio, con una mano en la pared. Luego hay un clic y un haz de luz cruza la cocina hasta mi cara. Tiene en la mano la linterna del cajón junto a la puerta trasera, la que llevo usando para revisar el calentador de la piscina cada noche desde hace seis semanas.

—¿El generador se enciende solo? —pregunto.

—No hay.

Me doy la vuelta.

—¿Tienes jacuzzi, bodega, caseta de la piscina y no tienes generador?

—Lauren dijo que era feo —dice—. Que arruinaría la vista desde el jardín.

—Vamos a morirnos de frío por la vista desde el jardín.

—No nos vamos a congelar. Hay una chimenea de gas en el estudio. —Apunta la linterna hacia mi olla—. ¿Chili?

—Tu madre me dijo que comprara pan y leche. Improvisé.

—Buena decisión —dice.

El estudio está en la parte trasera de la casa.

Es la única habitación que Lauren no tocó, me contó Deb, porque Nolan no la dejó.

Tiene una gran chimenea de piedra, un viejo sofá rinconera de cuero suave, una alfombra gruesa y una pared de estanterías llenas de libros auténticos con los lomos agrietados.

En una pared hay un viejo mapa enmarcado de Estados Unidos, con una línea roja trazada con rotulador desde Nashville hasta Amarillo.

No sabía qué significaba la primera vez que lo vi. Sigo sin saberlo.

Nolan gira una llave en la pared. La chimenea se enciende con un suave silbido y un muro de luz anaranjada.

El calor me da en la cara de inmediato. Traigo el chili, dos cuencos, dos cucharas, un paquete de galletas saladas y una bolsa de queso rallado.

Él trae todas las mantas del armario en un montón enorme y las deja caer sobre el sofá.

Comemos en el suelo frente al fuego, sentados en la alfombra con la espalda contra el sofá.

Qué silencio. No sabía lo ruidosa que es una casa hasta que todo en ella se para.

No hay zumbido del frigorífico, ni rumor de la calefacción, ni runrún de las luces.

Solo el fuego, el hielo repiqueteando contra las ventanas y, de vez en cuando, a lo lejos en la oscuridad, el chasquido de otro árbol.

—Este chili está bueno —dice.

—Es la receta de mi padre.

—¿Tu padre cocina?

—Mi padre cocina chili. Es lo único que cocina.

Lo hace en cada Super Bowl y cada vez que mi madre está enferma.

—Rebusco en el fondo del cuenco—. Mis padres llevan treinta y un años casados.

Viven en Chattanooga, en la misma casa en la que crecí, y discuten por el termostato todos los días.

Es lo más romántico que he visto en mi vida.

Suelta una risa queda.

—¿Discutir por el termostato es romántico?

—Ella lo baja. Él lo sube. Luego ella se pone el jersey de él, y él finge no darse cuenta. —Dejo el cuenco en la alfombra—. Treinta y un años.

Se queda callado, mirando el fuego.

—¿Y los tuyos? —pregunto—. Tu madre y tu padre.

—Mi padre estaba fuera dos semanas al mes —dice—.

Cuando estaba en casa, se pasaba casi todo el primer día durmiendo.

El segundo, hacía sándwiches de mortadela frita, y luego jugábamos al rummy en la mesa de la cocina hasta que mi madre nos echaba de casa.

—Apoya la cabeza en el respaldo del sofá—.

Me enseñó a jugar a las cartas en áreas de servicio.

Decía que podías saber todo de un hombre por cómo juega al rummy.

—¿Qué te dice?

—Si hace trampas.

Miro el mapa en la pared con la línea roja. Luego lo miro a él.

—¿Tienes cartas? —pregunto.

Las tiene. Están en un cajón debajo de las estanterías, una baraja vieja sujeta con una goma elástica, blanda y doblada en las esquinas.

Las baraja como quien lo ha hecho diez mil veces, rápido y con soltura, y las cartas producen un sonido suave y veloz.

Nunca he visto a nadie barajar así fuera de una película.

—¿Sabes jugar? —pregunta.

—Mi abuela me enseñó.

—Bien. Entonces no me sentiré mal.

Reparte. Pierdo la primera mano. Pierdo la segunda. En la tercera, coloco todas mis cartas de golpe, extendidas en la alfombra frente a él, y observo su cara.

—Gin —digo.

Mira mis cartas. Me mira a mí. Luego vuelve a mirar mis cartas, contando.

—Tu abuela —dice.

—Jugaba todas las semanas en la iglesia bautista de Red Bank. Les sacó mucho dinero a muchos diáconos.

Tira sus cartas sobre la alfombra y se ríe, se ríe de verdad, con la cabeza echada hacia atrás contra el sofá. La luz del fuego le ilumina la cara. Lo observo reír y pienso: «Yo hice eso». Y una pequeña parte peligrosa de mí quiere seguir haciéndolo el resto de la noche.

Jugamos hasta que se me duermen las piernas.

Él gana seis manos. Yo gano cinco. Dice que es porque hago trampas.

Yo digo que es porque es un mal perdedor.

En algún momento cojo una manta del sofá y me la echo sobre los hombros.

En algún momento él se acerca más, hasta que estamos sentados uno al lado del otro en la alfombra, con los hombros rozándose, las cartas entre nosotros, el calor del fuego en la cara.

El hielo sigue golpeteando contra las ventanas.

Cuando mis piernas empiezan a hormiguear, me acuerdo de los detalles.

—No te muevas —le digo, y cojo la linterna para subir a la suite de invitados.

Vuelvo con dos cajas de cartón apiladas en brazos.

Una está llena de pequeños tarros de cristal con miel local, los primeros cuarenta de ciento cuarenta.

La otra está llena de etiquetas de papel, carretes de cinta amarilla fina y dos pares de tijeras.

Mira las cajas, luego me mira a mí.

—Tu madre quería detalles —digo—. Quería miel, porque tu padre solía traerle un tarro de cada estado por el que pasaba. Cada tarro lleva una etiqueta y un lazo. Iba a hacerlos este fin de semana.

Se queda callado un segundo, mirando los tarros.

—No lo sabía —dice—. Lo de la miel.

—Se lo contó a Deb. Deb me lo contó a mí. —Me siento de nuevo en la alfombra y coloco las cajas entre nosotros—. Vas a ayudar.

—No sé hacer lazos.

—Eres un hombre adulto que vale más dinero que el estado de Tennessee.

—Llevo mocasines —dice.

Le enseño. Le muestro cómo enrollar la cinta alrededor del cuello del tarro, cruzarla, enrollarla de nuevo, pasarla por dentro.

Observa mis manos con total concentración, igual que observó mis cartas.

Luego lo intenta. El lazo le sale torcido, un bucle el doble de grande que el otro, la etiqueta colgando al revés.

—Es horrible —digo.

—Es rústico.

Me río hasta que tengo que dejar el tarro. Me mira, muy satisfecho consigo mismo, y hace otro. Es peor.

Hacemos cuarenta tarros a la luz del fuego.

Yo hago treinta. Él hace diez, lentamente, frunciendo el ceño con cada bucle, y hacia los últimos sus lazos ya son casi normales.

Hacia el tarro veinte, empieza a estirarse para coger la cinta en lugar de pedírmela, y su brazo me roza cada vez.

Hacia el tarro treinta, dejo de apartar el mío.

Cuando por fin paramos, hay cuarenta pequeños tarros de miel alineados en la repisa de la chimenea en tres filas ordenadas, reluciendo dorados a la luz del fuego, cada uno con un lazo amarillo. Diez de los lazos están torcidos.

—Sabrá cuáles son los míos —dice.

—Se quedará con esos —le digo.

Me mira un largo momento a la luz del fuego.

—¿Puedo preguntarte algo? —digo.

—Adelante.

—¿Por qué compraste esta casa?