Nolan #2
—Mi madre me dijo que si te echaba, no volvería a hacerme galletas en la vida.
Se ríe, sorprendida, y se lleva la mano a la boca. Luego me mira, con el rostro suavizado, un poco insegura.
—Deb me contó lo de la boda —dice en voz baja—. Que se suponía que sería en primavera. ¿Todavía...?
—No.
Asiente. No pregunta nada más. No dice que lo siente, y no me mira como si alguien acabara de morir. Solo me mira un momento, luego recoge la maleta que se cayó y la pone de pie junto a la otra.
—Vale —dice—. Me quedaré. Pero compraré mi propia comida.
—Hay mucha comida.
—Hay beicon, mostaza y un limón. El beicon es mío.
Coge su carpeta.
—Además, el café bueno casi se ha acabado.
—¿Cómo sabes lo que hay en mi nevera?
—Llevo seis semanas viviendo aquí.
Se quita la pinza del pelo. Le cae todo alrededor de los hombros, largo, liso, castaño claro, y se pone la pinza entre los dientes mientras vuelve a recogérselo.
—¿Quieres ver el plano de las mesas ahora, o quieres comer primero?
—Ahora —digo, porque no estoy seguro de poder sentarme a comer frente a ella.
Hacemos el plano de las mesas en la mesa del comedor, que mide tres metros y medio de largo y está hecha de una madera pálida que eligió Lauren.
Hallie abre la carpeta. Tiene una página para cada mesa, el nombre de cada invitado escrito a lápiz, pestañas de colores para la familia, las amigas de la iglesia, las señoras de la cafetería, los vecinos, y una pestaña que simplemente dice Cuidado. La cojo.
—Esos son tu tía Ruth y tu tío Glenn —dice—. Tu madre dice que no pueden sentarse a menos de diez metros el uno del otro desde el divorcio. Y tu primo Pete, que intentará dar un brindis.
—Pete siempre intenta dar un brindis.
—Pete no va a dar ningún brindis —dice Hallie, y hace una pequeña marca ordenada junto a su nombre—. Ya tengo un plan para Pete.
La observo trabajar. Es rápida y segura.
Conoce a los amigos de mi madre por su nombre de pila.
Conoce a la banda. Sabe que mi madre quiere tarta de coco y ningún discurso, excepto el mío.
Sabe que mi madre le tiene miedo a la piscina de noche.
Gesticula con el lápiz, señalando cosas.
Cada vez que se inclina sobre el diagrama, el pelo se le desliza sobre el hombro y se lo aparta sin pensar.
Es lo único de esta casa que no me canso de mirar.
El teléfono vibra sobre la mesa, junto a la carpeta. Lo mira y suspira.
—¿Dylan? —pregunto.
Me gira la pantalla sin decir palabra.
Dylan: Te llevaste la almohada buena
—¿Te la llevaste? —pregunto.
—Es mi almohada. La tengo desde la universidad. —Teclea rápido con los pulgares. Sí. Luego deja el teléfono boca abajo sobre la mesa y da un golpecito en el diagrama con el lápiz—. ¿Por dónde íbamos?
—Pete.
—Cierto —dice, y lo mueve una mesa más lejos del micrófono.
El teléfono vuelve a vibrar un minuto después. Esta vez lo coge, lo mira, y todo su cuerpo cambia. Se le tensan los hombros. Deja el lápiz.
—Lo siento —dice—. Es mi jefa. Tengo que contestar.
Sale al vestíbulo a contestar. La oigo a través de la puerta abierta.
No intento escuchar. No hace falta. La mujer al otro lado habla tan alto que su voz llega hasta el comedor, aunque no distingo las palabras.
La voz de Hallie se mantiene tranquila y cortés en todo momento.
Sí, Candace. Envié la lista de proveedores esta tarde.
Está en la carpeta compartida. No, Candace.
El florista lo confirmó. Tengo el correo.
Cuando vuelve, tiene la cara sonrojada y la boca tensa. Se sienta, coge el lápiz y mira el diagrama sin verlo.
—Te grita por cosas que ya has hecho —digo.
Hallie me mira.
—He oído su tono —digo—. No las palabras.
—Se atribuye el mérito de todo. Se le da muy bien. —Hallie hace una pequeña marca junto al nombre de alguien, una marca que no creo que hiciera falta—. Por eso estoy organizando la fiesta de tu madre yo sola. Es lo primero en dos años que llevará mi nombre.
—Entonces tiene que ser perfecta.
—Va a ser perfecta. —Se lo dice al diagrama, muy bajito, como una promesa. Luego alarga la mano hacia la goma al mismo tiempo que yo, y sus dedos caen sobre los míos en la mesa.
Ninguno de los dos los mueve.
Su mano es cálida y pequeña. Tiene una mancha de lápiz en el lateral del meñique. Ella mira nuestras manos. Yo miro su cara, las pecas de la nariz, el rubor que le sube a las mejillas. Luego retira la mano de debajo de la mía, coge la goma y borra algo que no necesitaba borrarse.
—La tía Ruth —dice, un poco demasiado alto—. Mesa nueve.
Más tarde, bosteza a mitad de frase y se tapa la boca con el dorso de la mano.
—Deberías dormir —digo—. Dormir de verdad. Nada de galletas.
—Lo haré. —Cierra la carpeta y se la abraza contra el pecho—. Gracias. Por dejarme quedarme.
—La próxima vez, dime lo de la harina a la cara.
Me mira desconcertada un segundo. Luego recuerda lo de mi oreja y se pone roja como un tomate, hasta el cuello.
—Buenas noches, Nolan —dice, y sube con la carpeta.
Es la primera vez que dice mi nombre. Me quedo en el comedor escuchándola recorrer el largo pasillo de arriba hasta la suite de invitados, lo más lejos posible de mi habitación.
Una hora después, tumbado en mi cama, oigo el agua empezar a correr por las tuberías. Muy débilmente, a través de la vieja piedra y de toda la extensión de la casa, la oigo cantar en la ducha.