Capítulo 39
El wine bar tenía las luces apagadas por primera vez en un martes en casi un año.
Ava se detuvo en medio del salón vacío con la hija sujeta al pecho en el fular, mirando la barra que había elegido botella por botella, el ángulo de las persianas, la madera que siempre olía a vino antes de que entrara cualquier cliente.
Eleni estaba detrás de ella, con una tabla con sujetapapeles y una caja de cartón a medio llenar.
—Tomás dijo que acepta el trabajo en el bar de la esquina —dijo Eleni, sin levantar la vista de la lista—. Pidió que te agradeciera.
—Dile que no tiene nada que agradecer.
—Ya se lo dije.
Ava pasó la mano por la barra. La madera todavía guardaba el frío de la mañana, antes de que el sol le diera de lado por la ventana. Llevaba tres días en Atenas —tres días que le parecieron más largos que los ocho meses enteros que pasó en Lisboa fingiendo que no esperaba ninguna noticia.
—No tenías que venir en persona —dijo Eleni, cerrando la caja—. Yo cerraba el resto sola.
—Lo sé.
—¿Entonces por qué?
Ava no respondió de inmediato. Fue hasta el estante del fondo, sacó la última botella de Alentejo que quedaba del pedido de octubre, la giró en las manos, leyó la etiqueta sin necesitarlo.
—Porque quería cerrar esto con mis propias manos. No por poder.
Eleni asintió despacio y volvió a la caja. El sonido del cartón doblándose llenó el silencio por un momento —el único ruido en un salón que normalmente tenía música baja, copas, conversación de fondo.
El celular vibró en el bolsillo del abrigo de Ava. Markos.
Nikos volvió a Atenas esta mañana. Reunión con Drakos esta noche. Fue solo.
Ava lo leyó dos veces. El pulgar se detuvo sobre la pantalla, sin escribir ninguna respuesta.
—¿Solo cómo? —preguntó Eleni, finalmente levantando la vista al notar la pausa.
—Fue a resolver las cosas con Drakos. Sin avisarme.
—¿Te avisó que iba a avisarte?
—No. —Ava puso el celular boca abajo sobre la barra, el mismo gesto que le había visto hacer a Nikos cien veces—. Pero yo le dije, la última vez que hablamos, que no quería seguir quedando fuera de nada. Y fue de todos modos.
Eleni dejó la tabla en la mesa con un golpe seco.
—Y tú quieres ir con él.
No era una pregunta. Ava apoyó la espalda en la barra, la hija moviéndose un poco contra su pecho; ajustó el fular sin necesitar pensar en el movimiento, los dedos ya sabiendo el punto exacto de tensión en la tela.
Miró el salón vacío —las mesas apiladas contra la pared, las sillas volteadas, el cartel escrito a mano que Eleni había pegado en la puerta esa mañana: Cerrado por remodelación.
Una mentira pequeña para los clientes, más fácil que explicar toda la verdad.
—La última vez que huí de algo difícil —dijo Ava— tomé un vuelo sin decirle nada a nadie. Ni a él, ni a mí misma, en realidad.
—Lo recuerdo.
—Juré que no lo volvería a hacer. No huir de nada.
—Esto no es huir, Ava. Es dejarlo ir.
—Es lo mismo, solo que al revés. —Ava se apartó de la barra, fue hasta la ventana, miró la calle que conocía de memoria después de un año: el portero del edificio vecino, la farmacia que abría hasta tarde, el camino más corto a casa, contado de tres formas distintas sin necesitar nunca planearlo—.
La última vez lo dejé despertar solo en un apartamento vacío, sin nota, sin explicación.
Esta vez él está yendo solo a enfrentar lo peor que nos puede pasar, y yo estoy aquí, cerrando un bar.
Eleni cruzó el salón y se detuvo a su lado, mirando el mismo punto de la calle.
—¿De qué tienes miedo, exactamente?
—De llegar allá y que él me mire como quien no pidió ninguna ayuda.
—Él nunca pide. —Eleni se encogió de hombros, el gesto ligero, casi distraído—. Eso no significa que no la necesite.
Ava se quedó mirando la calle un momento más. La hija soltó un sonido bajo contra su pecho, acomodó la cabeza, volvió a dormir. Afuera, un hombre pasó en bicicleta, el timbre sonando una vez antes de doblar la esquina.
—Hay un vuelo a las nueve —dijo Ava, en voz baja, casi poniéndose a prueba.
—Ya revisaste los horarios.
—Los revisé antes de llegar aquí.
Eleni sonrió, del modo en que sonreía cuando lo que estaba a punto de pasar ya se había decidido hacía más tiempo del que la persona admitía.
—Entonces ve.
—¿Y el bar?
—Yo cierro el resto. Ya hiciste la parte que tenías que hacer con tus propias manos. —Eleni tomó la tabla de nuevo, miró la lista, tachó un ítem—. El resto es papeleo. Eso puedo firmarlo yo sola.
Ava se quedó quieta un segundo más, mirando el espacio que había construido decisión por decisión, sin red debajo, durante ocho meses enteros —el color de la barra, el tipo de madera, cada botella del exhibidor elegida una por una.
Después miró a la hija dormida contra su pecho, la respiración corta y regular.
—Necesito un taxi al aeropuerto.
—Ya lo pedí.
—¿Cuándo?
—Hace cinco minutos. —Eleni guardó el celular en el bolsillo del delantal, sin desviar la mirada—. Sabía que ibas a pedirlo antes de que tú misma lo supieras.
Ava rió, bajo, sin querer, y el sonido resultó extraño en el salón vacío —lo primero que había parecido ligero desde que había aterrizado en Lisboa tres días atrás.
Fue hasta la mesa de atrás, tomó la mochila pequeña que ya había traído lista, sin admitir ante sí misma por qué.
Revisó el pasaporte de la hija en el bolsillo delantero, después el suyo, después la billetera —tres revisiones rápidas, automáticas, el tipo de gesto que el cuerpo hace antes de que la cabeza termine de decidir.
La mochila pesaba menos de lo que debería para un viaje que parecía tan grande.
—Eleni.
—¿Qué?
—Si me equivoco con esto, si él no quiere que vaya...
—No lo vas a saber hasta llegar allá. —Eleni la miró directo, sin suavizar nada—. Pero al menos vas a saber que lo intentaste. La última vez ni siquiera lo dejaste intentar entender por qué.
El taxi tocó la bocina en la calle.
Ava abrazó a su hermana con un brazo, el otro protegiendo a la hija entre las dos, sostuvo el abrazo un segundo más de lo necesario, después la soltó y salió por la puerta del bar sin mirar atrás —no porque no quisiera, sino porque ya sabía, esta vez, que iba a volver.
En el asiento trasero del taxi, con la ciudad pasando afuera —el Tajo, las calles que había aprendido de memoria sin darse cuenta de que las estaba aprendiendo—, sacó el celular del bolsillo y abrió la pantalla de compra de boletos.
Confirmó el vuelo de las nueve, clase económica, un adulto y un bebé en brazos.
La tarjeta de crédito tardó tres segundos en procesar; se quedó mirando la pantalla de carga como si pudiera acelerar el resultado solo con fijar la vista en ella.
Compra confirmada.
Guardó el celular, después lo sacó de nuevo. Abrió la conversación con Eleni y escribió, borró una palabra, escribió de nuevo:
La última vez me fui sin decir nada. Esta vez voy hacia él diciéndolo todo.
Lo envió antes de poder reconsiderarlo. Guardó el celular en el bolsillo interior, donde no pudiera vibrar de nuevo sin que ella lo notara. La hija se movió contra su pecho, abrió los ojos un segundo, los cerró de nuevo.