Rechazada y Embarazada del Mafioso Griego (Dinastías de la Mafia Libro 2) Capítulo 40
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Capítulo 40

Drakos estaba solo cuando Nikos entró —sin guardias, sin Theodoros Papadakis todavía, solo los dos en una sala de reuniones prestada con vista al puerto de El Pireo oscureciéndose afuera.

—Viniste sin escolta —dijo Drakos, sin levantarse—. Eso es confianza o es desesperación.

—Es porque no voy a necesitar escolta para esto.

Nikos puso una sola carpeta sobre la mesa entre ambos —no la que había guardado durante ocho meses, una nueva, delgada, de tres páginas. Drakos la abrió, leyó la primera línea, y su mandíbula se movió un grado antes de que cualquier otra cosa en su rostro se moviera.

—Esto es todo lo que tienes contra Tesalónica —dijo Nikos—. Documentado, con fecha y testigo. Si algo le pasa a mi hija, esta carpeta sale de mi escritorio y va directo a los tres nombres que más temes que la lean.

—Estás blofeando.

—Mandaste a dos hombres a una maternidad. —La voz de Nikos no subió—. No blofeo después de eso.

Drakos se quedó mirando la carpeta durante más tiempo del que cualquier negociación exigiría. Cuando levantó la vista, algo en su rostro había cedido —no derrota, un cálculo revisado.

—Territorio redefinido —dijo, por fin—. Tesalónica es mío. El Pireo sigue siendo tuyo. Y esto —señaló la carpeta, sin tocarla— queda archivado mientras dure el acuerdo.

—Mientras dure.

—Siempre fue así, Nikos.

Nikos no le tendió la mano. Tomó la carpeta de vuelta, la guardó en el bolsillo interior del saco, y salió de la sala sin despedirse —el mismo hábito que tenía Dimitri, aprendido del mismo hombre, décadas atrás.

Theodoros Papadakis, esperando afuera como testigo formal del acuerdo, levantó las cejas cuando Nikos pasó junto a él sin detenerse.

—¿Resuelto? —preguntó.

—Resuelto.

Eran las once de la noche. Nikos no logró dormir después.

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El vuelo de Lisboa aterrizó con quince minutos de retraso.

Nikos llevaba cuarenta minutos en la terminal, sin motivo declarado, el celular en la mano revisando el tablero de llegadas cada pocos minutos como si eso fuera a cambiar el horario.

A las seis de la mañana estaba en el aeropuerto sin saber exactamente por qué, solo que el apartamento en Atenas le había parecido más grande de lo normal.

El tablero cambió: Lisboa — Desembarcando.

Guardó el celular.

Las puertas de llegadas internacionales se abrían y cerraban, soltando pasajeros en grupos pequeños —hombres de traje con equipaje de mano, una familia con tres maletas y un niño tirando del padre de la manga, una pareja tomada de la mano.

Nikos se quedó de pie junto a la baranda, los brazos cruzados, el peso del cuerpo pasando de un lado a otro del modo en que lo hacía cuando esperaba algo cuyo resultado no controlaba.

La puerta se abrió de nuevo.

Ava salió empujando una maleta pequeña con una mano, la hija sujeta al pecho en el fular, el cabello recogido de cualquier manera después de un vuelo nocturno. Se detuvo un segundo en medio del flujo de gente, mirando los paneles de señalización, tratando claramente de ubicar la salida.

Nikos se quedó parado.

No era el reporte de Markos avisándole. No era ningún mensaje. Era ella, ahí, sin aviso, del mismo modo en que él se había presentado en su puerta meses atrás sin que lo llamaran.

Cruzó el salón.

No calculó la distancia, no verificó quién estaba mirando, no se ajustó el saco antes de caminar —cruzó directo, cortando el flujo de pasajeros, y solo se detuvo cuando estuvo lo bastante cerca como para que ella levantara la vista y lo viera.

Ava dejó de empujar la maleta.

—No deberías estar aquí —dijo—. Iba a llamarte desde el taxi.

—No debería estar en ningún lugar a las seis de la mañana sin haber dormido.

—No dormiste.

—No.

Ella lo miró un segundo —el saco arrugado, la corbata suelta en el cuello, la barba sin afeitar que normalmente él no dejaba pasar de un día. No preguntó por Drakos. No preguntó por la reunión. Solo miró su estado, registrándolo.

—¿Se resolvió? —preguntó ella.

—Se resolvió.

Nikos no esperó nada más. Dio el último paso, los brazos ya abiertos antes de decidir abrirlos, y los atrajo a los dos hacia sí —a Ava primero, después sintiendo el peso pequeño de la hija entre ambos, el fular apretado contra su pecho.

Ava soltó el asa de la maleta en medio del salón.

La maleta cayó de lado con un golpe sordo en el piso de mármol.

Nadie se agachó a levantarla.

A su alrededor, el flujo de pasajeros continuaba —alguien esquivó la maleta caída sin comentar nada, una pareja los miró un segundo y siguió caminando, un empleado de uniforme pasó empujando un carrito vacío sin reducir el paso.

Nikos no la soltó. Tenía el rostro hundido en el cuello de Ava, los brazos cerrados alrededor de ella y de la hija al mismo tiempo, y se quedó ahí, quieto, sin moverse, sin importarle quién los viera.

La hija protestó bajito, apretada entre los dos, y Ava ajustó el fular con una mano libre sin apartarse.

—No sabía si vendrías —dijo ella, la voz apagada contra su hombro.

—Yo tampoco sabía que vendrías tú.

—No avisé.

—Lo sé.

—Iba a hacerlo, pero decidí a mitad de camino que prefería verte la cara primero.

Nikos se apartó lo suficiente para mirarla —los ojos cansados, el cabello fuera de lugar, la expresión de quien había pasado la noche entera repasando una decisión y había llegado al aeropuerto sin ninguna certeza de cómo sería recibida.

—La última vez —dijo él, la voz baja— fui yo quien despertó solo en un apartamento vacío.

—Lo sé.

—Esta vez el que se quedó esperando en el aeropuerto fui yo.

Ava sonrió, la primera sonrisa de verdad desde que había salido de la zona de desembarque, todavía cansada, todavía con los ojos pesados de la noche mal dormida.

—Entonces estamos a mano.

El celular de él vibró en el bolsillo del saco.

Nikos no la soltó a ella ni a la hija para contestar —la sostuvo con un solo brazo, tomó el celular con la otra mano, miró la pantalla. Dimitri.

Contestó sin apartarse.

—¿Se resolvió? —la voz de Dimitri salió directo, sin saludo, la misma pregunta que había hecho meses antes, cuando llegó sin avisar al apartamento número 8 y se quedó mirando a Nikos con el gesto de quien no creía en la versión que estaba escuchando.

Nikos miró a Ava. Después a la hija, que había abierto los ojos un segundo y había vuelto a cerrarlos contra el pecho de su madre.

—Se resolvió —dijo, la voz cambiando de tono a mitad de la frase, sin ningún esfuerzo por ocultar el cambio—. Ella siempre fue lo único relevante.

Del otro lado de la línea, Dimitri se quedó en silencio un segundo —el tipo de silencio que Nikos reconocía, el de alguien recalculando una respuesta ya preparada.

—Eso era exactamente lo que quería oír hace tres años —dijo Dimitri, finalmente—. Bienvenido.

La llamada se cortó sin despedida —Dimitri siempre colgaba primero, hábito de treinta años que Nikos nunca había logrado quebrar.

Nikos guardó el celular.

La maleta seguía caída en el piso, junto a ellos. Se agachó, la tomó por el asa, se levantó sin soltar a Ava del otro brazo.

—¿Manejas tú o manejo yo? —preguntó ella.

—Manejo yo. Tú tampoco dormiste nada.

—Dormí dos horas en el avión.

—Yo dormí cero.

—Entonces manejo yo.

Nikos casi rió —el sonido salió corto, sin ensayo, distinto de cualquier risa que se hubiera permitido en público en los últimos veinte años.

—Está bien. Maneja tú.

Atrajo a los dos más cerca, el brazo todavía alrededor de Ava, la maleta en la otra mano, y se inclinó cerca de su oído, la voz lo bastante baja para que solo ella la oyera por encima del ruido de la terminal.

—Esta vez el que se quedó esperando en el aeropuerto fui yo.

—Ya lo dijiste.

—Lo sé. Quería decirlo de nuevo.

Ava volteó el rostro, apoyó la frente en la de él por un segundo —la hija quieta entre los dos, la terminal llena de gente siguiendo en direcciones distintas a su alrededor, nadie deteniéndose a mirar de nuevo.

—Entonces estamos a mano —repitió ella.

La hija soltó una risita pequeña, apagada, atrapada entre los dos cuerpos.