Capítulo 38
La casa de seguridad estaba a veinte minutos de la clínica, en un barrio residencial que Ava no conocía, con persianas cerradas y un auto del equipo de Markos estacionado en la esquina desde que llegaron.
Markos había entregado las llaves personalmente, en la puerta, con la misma economía de palabras de siempre. —Tres habitaciones. Cocina equipada. Seguridad en el perímetro hasta nueva orden. —Entregó también un celular nuevo, todavía sellado en la caja—. Línea limpia. Solo yo tengo el número.
—¿Y el hombre de Drakos? —preguntó Ava.
—Detenido. El interrogatorio empieza por la mañana.
—¿Y los otros que estaban con él?
—Identificados. Bajo vigilancia. —Markos miró a Nikos, luego de vuelta a Ava—. Usted dio la orden correcta.
No esperó respuesta. Se despidió de ambos con un gesto breve y volvió al auto estacionado en la esquina.
Ava tomó el celular, lo giró en la mano, lo puso sobre la mesa de la entrada sin abrir la caja.
Adentro, la casa tenía el olor de un lugar recién arreglado —pintura todavía algo fresca en uno de los pasillos, toallas dobladas con demasiada precisión para parecer usadas.
Ava recorrió las habitaciones antes de instalarse en alguna: la cocina con el refrigerador ya abastecido, leche, fruta, algunos recipientes de comida preparada etiquetados a mano; la habitación principal con la cama hecha, las esquinas de la sábana estiradas con precisión militar; la habitación más pequeña donde acostó a la hija a dormir, revisando la cuna, probando la baranda, abriendo y cerrando la ventana para confirmar que trababa bien.
En el pasillo entre las dos habitaciones, se detuvo frente a un cuadro colgado torcido —un paisaje genérico, del tipo que viene con el alquiler de cualquier apartamento amueblado. Enderezó el cuadro con las dos manos, un centímetro hacia la izquierda, y siguió caminando.
La hija dormía en la habitación de al lado. Ava había revisado dos veces —la respiración regular, la manta en el lugar correcto, la luz del pasillo entreabierta lo suficiente para que no estuviera ni oscuro ni demasiado claro.
Volvió a la sala. Nikos seguía de pie junto a la ventana, mirando hacia la calle por la rendija de la persiana, el teléfono en la mano, apagado desde hacía al menos una hora —ella había contado, sin proponérselo, el tiempo desde la última vez que él había revisado la pantalla.
—Markos se va a quedar con el equipo hasta la mañana —dijo él, sin voltearse.
—Lo sé. Me lo dijo.
—Si necesitas cualquier cosa esta noche, solo tienes que...
—Nikos.
Él se detuvo.
—Siéntate —dijo ella.
Él cruzó la sala y se sentó.
Nikos estaba sentado en la sala, en un sofá bajo, todavía con la camisa que había usado en la clínica. Tenía un corte pequeño arriba de la ceja, limpio, sin curita. No le había pedido a nadie que lo revisara.
Ava se sentó en el otro extremo del sofá. Ni cerca. Ni lejos.
Durante un rato, ninguno de los dos dijo nada. Afuera, un auto pasó por la calle, los faros cruzando la persiana cerrada en dos franjas de luz que recorrieron la pared y desaparecieron.
Ava miró el corte en la ceja de él.
—Deberías limpiarte eso bien.
—Ya lo limpié.
—Lo limpiaste rápido. —Se levantó, fue a la cocina, abrió el armario sobre el fregadero hasta encontrar un botiquín todavía sellado, igual que el celular. Rasgó el plástico, sacó un paquete de algodón y un frasco pequeño de antiséptico, y volvió a la sala.
Nikos no dijo nada cuando ella se sentó de nuevo, esta vez más cerca, y levantó la mano hasta su ceja.
Él no se apartó. Tampoco se acercó —dejó que ella limpiara el corte sin interrumpir el movimiento, el algodón frío contra la piel, un músculo de la mandíbula contrayéndose levemente en el momento del contacto.
—¿Duele?
—No.
—Estás mintiendo.
—Un poco —admitió él.
Ella terminó, recogió el algodón usado, lo llevó a la cocina, lo tiró, se lavó las manos. Cuando volvió, se sentó de nuevo a la misma distancia de antes —ni cerca, ni lejos.
El silencio volvió, pero era distinto del primero: menos vacío, más parecido a un espacio que los dos estaban decidiendo, sin decirlo, qué hacer con él.
—¿Cómo está ella? —preguntó Nikos, mirando hacia la habitación.
—Dormida. No se despertó ni una vez con todo el alboroto.
—Menos mal.
—Menos mal —repitió Ava.
Más silencio. Esta vez ella no intentó llenarlo con nada práctico.
—¿Por qué dijiste eso, entonces?
La pregunta salió sin aviso, sin introducción. Ava no necesitó explicar qué frase —solo había una frase entre los dos que cargaba ese peso, y ambos sabían exactamente cuál era.
Nikos no respondió.
Miró sus propias manos, abiertas sobre las rodillas. Había un rasguño en los nudillos de la mano derecha que no había notado hasta ese momento, o que había notado e ignorado todo el día. Cerró la mano despacio, sintió el tirón de la piel, la abrió de nuevo.
El silencio continuó.
Afuera, el auto de seguridad cambió de posición —el motor bajo, audible por un instante a través de la ventana cerrada, luego desapareciendo de nuevo.
Dentro del apartamento, el refrigerador de la cocina hizo el ruido automático de cuando entra en ciclo de enfriamiento, un zumbido bajo que duró unos segundos y se detuvo.
Ava esperó. Contó, sin querer contar, el tiempo que pasaba —no en segundos exactos, pero en la sensación de que un silencio común ya habría sido llenado y este no lo estaba siendo.
Miró las manos de él, el corte limpio en la ceja, el punto en la pared detrás de él donde la pintura todavía tenía olor a fresco.
Casi abrió la boca para retirar la pregunta, para decir que no necesitaba responder ahora, que podían dejarlo para después.
No lo hizo.
En cambio, estiró la mano hasta la mesita al lado del sofá, tomó un vaso de agua que había traído de la cocina más temprano y olvidado ahí, bebió un trago, lo puso de vuelta en el mismo lugar exacto, con el mismo cuidado de quien no quiere hacer ruido.
El hielo dentro del vaso, ya casi derretido, chocó levemente contra el borde.
Nikos miró el vaso. Después a ella.
Todavía no dijo nada.
Se pasó la mano por el rostro, despacio, del modo en que lo hacía cuando necesitaba un segundo más del que tenía disponible.
El gesto no era nuevo —Ava ya lo había visto hacerlo antes, en negociaciones, en momentos de presión— pero esta vez no había nadie del otro lado de la mesa a quien impresionar, ninguna reunión que ganar.
Solo ella.
Cuando finalmente se movió, no fue para mirarla a ella. Fue para mirar hacia la ventana.
—Porque me preocupaba más parecer invulnerable frente a ellos —dijo— que protegerte a ti.
La voz salió baja, sin énfasis, del modo en que hablaba cuando el contenido de la frase ya era lo bastante pesado sin necesitar tono.
Ava no dijo nada. Las manos de él seguían abiertas sobre las rodillas, sin volver a cerrarse —la frase no había terminado.
Esperó.
Nikos se levantó. No fue un gesto brusco —fue despacio, como si el cuerpo necesitara un momento extra para decidir si aquello era realmente lo que iba a hacer.
Las articulaciones de las rodillas crujieron bajo, el sonido claro en el silencio del apartamento.
Caminó hasta la ventana, apartó un centímetro la lámina de la persiana con dos dedos, miró la calle vacía, y dejó que la lámina volviera a su lugar.
Se quedó de espaldas a ella durante un rato que no fue corto.
Ava miró su espalda —la camisa todavía arrugada del día, la línea de los hombros que, en cualquier reunión, en cualquier sala llena de hombres midiendo fuerza por la cantidad de palabras que alguien necesitaba usar, siempre estaba recta, siempre calculada.
Ahora no estaba recta. Había bajado un centímetro, tal vez dos, lo suficiente para que en cualquier otro día nadie lo hubiera notado.
Los ojos de ella se quedaron ahí, en la línea de los hombros que había bajado.
Él no volvió al sofá. Siguió de pie, de espaldas, la mano derecha apoyada en el marco de la ventana, los dedos tocando la madera sin sujetar nada —abriéndose y cerrándose despacio, como si buscara algo concreto en qué apoyarse mientras hablaba.
—Pasé toda la vida aprendiendo que pedir es debilidad —dijo, todavía mirando hacia la calle—. Y que la debilidad, en mi mundo, es lo más peligroso que existe. No para mí. Para quien está cerca de mí.
Ava no interrumpió.
—Cuando dije aquello —se detuvo, retomó—.
Esa noche. Sabía que estaba mal decirlo delante de Petros y de los demás.
Lo sabía en el momento exacto en que las palabras salieron.
Y lo dije de todos modos, porque detenerme a la mitad habría sido peor —les habría mostrado que existía algo capaz de hacerme dudar.
Respiró hondo una vez. El sonido llenó el silencio del apartamento durante un segundo entero antes de disiparse.
No dijo nada más durante unos segundos —tiempo suficiente para que el auto de seguridad en la esquina cambiara de posición otra vez allá afuera, el motor bajo audible a través de la ventana cerrada, y luego desapareciera de nuevo en el silencio del barrio.
—Nunca fue mentira sobre ti.
La voz salió aún más baja que antes —casi en el límite de lo que se alcanzaba a oír desde el otro lado del sofá.
—Fue cobardía mía.