Capítulo 37
Yannis llamó a las seis y cuarenta de la mañana, y Nikos contestó antes del segundo timbre.
—Movimiento en el estacionamiento del nivel dos —dijo Yannis, sin saludar—. Dos hombres, un vehículo detenido hace cuarenta minutos sin motivo aparente. La placa no coincide con ningún empleado ni visitante registrado.
Nikos ya estaba de pie.
—¿Cuántos guardias hay en su piso?
—Dos, más yo en la entrada principal.
—Saca a uno del pasillo y ponlo en la puerta de la habitación. Ahora.
Colgó. Ava estaba despierta —se había despertado al segundo timbre, incluso antes de que él contestara, el cuerpo todavía lento del parto pero los ojos ya abiertos, leyendo ya su postura antes de cualquier palabra.
—¿Qué pasa? —dijo ella.
—Probablemente nada. —Tomó el saco del respaldo de la silla—. Pero no voy a tratarlo como si fuera nada.
Ava ya estaba sentada, las piernas fuera de la cama, despacio, el cuerpo todavía protestando contra los movimientos rápidos.
—Yo me quedo con ella.
—Lo sé.
No era una pregunta. Los dos ya lo habían acordado la noche anterior, sin necesitar muchas palabras —si algo pasaba, él se encargaba de la amenaza, ella se quedaba con la hija, y ninguno de los dos discutía la división en el momento.
Nikos salió al pasillo.
El guardia ya estaba en posición junto a la puerta cuando él llegó —un hombre a quien Nikos conocía desde hacía ocho años, de pie con las manos cruzadas frente al cuerpo, mirando hacia el elevador al final del pasillo con la atención de quien no parpadea sin motivo.
—¿Algún movimiento aquí arriba? —preguntó Nikos.
—Nada todavía.
El elevador sonó.
Los dos hombres que bajaron no llevaban uniforme de visitante ni de empleado —trajes oscuros, sin flores, sin nada en las manos que justificara una visita a maternidad a las siete de la mañana. Uno de ellos miró los números de las puertas. El otro miró directamente a Nikos.
Lo reconoció.
La pausa duró menos de un segundo —lo suficiente para que Nikos viera la decisión formarse en el rostro del hombre, el cálculo rápido entre continuar acercándose o retroceder, y el momento en que el cálculo eligió mal.
El hombre avanzó.
Nikos no esperó. Avanzó también, cortando la distancia antes de que el hombre llegara lo bastante cerca de la puerta de la habitación, y el guardia se movió en el mismo instante, colocando su cuerpo entre los dos visitantes y la entrada.
—Se equivocaron de piso —dijo Nikos, en griego, la voz lo bastante baja para no despertar todo el pasillo, lo bastante dura para dejar claro que no era una pregunta.
El segundo hombre se detuvo. El primero avanzó un paso más, tanteando —y cuando el guardia cerró el espacio con su propio cuerpo, el hombre intentó rodearlo por el costado, hacia la puerta de emergencia al fondo del pasillo.
No llegó lejos. Nikos se movió en diagonal, cortándole el paso antes de que completara dos pasos, y el empujón que intercambiaron —hombro contra hombro, el ruido seco de tela y hueso— derribó un carrito de limpieza apoyado contra la pared, cubetas y trapos esparciéndose por el piso encerado con un estruendo metálico que resonó por todo el pasillo.
Una puerta se abrió tres habitaciones más allá.
Una enfermera, todavía con el gorro puesto, miró hacia el pasillo, vio el carrito volcado, a los dos hombres, a Nikos, y retrocedió hacia adentro sin cerrar del todo —solo lo suficiente para observar por la rendija, una mano ya yendo hacia el teléfono de la pared detrás de ella.
Yannis llegó corriendo desde el otro pasillo, dos guardias de la clínica detrás de él, alertados por el ruido, y en segundos el espacio alrededor de los dos hombres se volvió demasiado pequeño para cualquier avance.
Uno de los guardias de la clínica, más joven, dudó un instante antes de colocarse en posición —miró a Nikos, después a Yannis, como quien espera confirmación de que aquello era realmente necesario antes de comprometerse físicamente.
Yannis resolvió la duda con un solo gesto de cabeza, y el joven se movió, ocupando el espacio entre el segundo hombre y la salida de emergencia.
—¿Quién los mandó? —dijo Nikos.
Ninguno de los dos respondió.
—No importa —continuó—. Ya lo sé.
El primer hombre miró hacia la puerta de la habitación detrás de Nikos, y fue esa mirada —ni una palabra, ni un movimiento, solo la mirada posándose en el lugar equivocado— la que hizo que Nikos perdiera cualquier resto de cálculo que aún mantenía.
Avanzó, tomó al hombre por el cuello del saco, y lo empujó contra la pared con más fuerza de la que cualquier negociación exigiría.
El hombre intentó soltar el brazo, un movimiento rápido que no llegó a completar —Yannis ya había cerrado la distancia por el otro lado, inmovilizándole la muñeca contra el yeso antes de que el gesto se convirtiera en algo peor.
—Vuelve a mirar esa puerta —dijo Nikos, todavía en griego, la voz ahora sin ningún intento de control— y te garantizo que no sales vivo de este hospital.
Una alarma baja comenzó a sonar en algún punto del pasillo —no la alarma general del edificio, una más discreta, activada por un botón de emergencia detrás del mostrador de enfermería.
Las puertas de otras habitaciones empezaron a cerrarse, una a una, empleados pasando rápido de un lado a otro sin correr lo suficiente como para provocar pánico, pero lo bastante rápido como para dejar claro que la rutina normal del piso se había interrumpido.
Yannis puso la mano en su hombro.
—Nikos.
Fue solo eso —el nombre, dicho una vez, en voz baja— pero fue suficiente para que Nikos notara su propia mano cerrada en el cuello del hombre, su propio cuerpo inclinado hacia adelante de un modo que no había planeado, la clínica entera alrededor con enfermeras deteniéndose en el pasillo para mirar, un guardia de recepción ya subiendo la escalera con el radio pegado a la boca.
Soltó al hombre.
—Deténganlos a los dos —dijo, retrocediendo un paso, la respiración todavía más rápida de lo que debía—. Llamen a la policía local y a Markos al mismo tiempo.
Los guardias se movieron. Uno esposó al primer hombre con las propias manos apoyadas en la pared; el otro hizo lo mismo con el segundo, más despacio, sin resistencia de su parte.
En menos de un minuto los dos estaban contra la pared, manos atrás de la espalda, uno de ellos todavía mirando hacia la puerta de la habitación con una insistencia que hacía que la sangre de Nikos volviera a hervir.
Un guardia de la clínica, mayor, cruzó el pasillo con un walkie-talkie en la mano y habló bajo con Yannis unos segundos —la policía llegaría en ocho minutos, el gerente del piso ya había sido avisado, el área quedaría aislada hasta la llegada del equipo.
La puerta de la habitación se abrió.
Ava estaba ahí, la hija en brazos, el cuerpo apoyado en el marco como si necesitara el sostén para mantenerse de pie. Había escuchado todo —la voz de Nikos, el nombre de Yannis, el sonido de cuerpo contra pared.
—Venían por mí —dijo ella. No era una pregunta.
—Venían por ti y por ella.
Ava miró a los dos hombres contra la pared.
No retrocedió, no volvió a esconderse en la habitación —se quedó ahí, en el marco, con la hija contra el pecho, mirando los rostros de ambos con una atención que Nikos reconoció, la misma atención que ella usaba para memorizar el nombre de cada proveedor, cada ruta, cada detalle que pudiera mantener a alguien a salvo.
—Ese —dijo, señalando con la barbilla al primer hombre, el que había mirado hacia la puerta—. A ese deténganlo con prioridad. El otro solo seguía al primero.
El guardia mayor miró a Nikos antes de moverse, el mismo tipo de pausa que había hecho el joven minutos antes —una fracción de segundo esperando confirmación de que la orden era válida.
Nikos hizo el mismo gesto de cabeza que Yannis le había hecho al joven.
El guardia se movió. Separó al primer hombre del segundo, lo empujó unos pasos hacia adelante en la fila que se formaba rumbo a la escalera de servicio, y mantuvo al segundo más atrás, la esposa apretada solo lo suficiente para no dejar margen de maniobra.
Nikos la miró a ella.
No era una observación. Era una orden —dada con la misma claridad con la que él la habría dado, solo que viniendo de ella, frente a los guardias, con la policía en camino, y el propio Nikos todavía con la adrenalina del enfrentamiento corriendo por el cuerpo.
Debajo de todo, la certeza nueva e incómoda de que la decisión más importante de aquella mañana no había sido suya.