Rechazada y Embarazada del Mafioso Griego (Dinastías de la Mafia Libro 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

El mensaje de Markos llegó a las tres y veinte de la tarde.

Nikos estaba en el apartamento de Lisboa, la sala que se había convertido en base de operaciones desde la reunión de los seis puntos dos días antes: mesa con documentos, dos monitores, el mismo laptop de siempre.

La logística de la transferencia a Cascais estaba en marcha: Markos había confirmado al equipo del perímetro, la fecha de salida quedó fijada para el viernes, y la finca esperaba vacía a tres horas de distancia, lista incluso antes de que nadie se mudara a ella.

Faltaban tres días. Las cajas de la oficina de Lisboa ya estaban divididas en dos pilas: lo que se llevaban, lo que se quedaba.

Los dos últimos días habían sido funcionales.

Ava participó en la reunión de seguridad al día siguiente de la negociación, sentada, con el informe de Markos, haciendo preguntas que Markos respondía con un cuidado cada vez mayor, como quien va entendiendo que esas preguntas tenían fundamento.

El primer día ella le pidió a Markos que le explicara el protocolo de comunicación con el equipo del perímetro.

Markos lo explicó. Ella escuchó e hizo tres preguntas de seguimiento que Nikos no había hecho cuando Markos le explicó el mismo protocolo tres semanas atrás.

Ella almorzó con Nikos al día siguiente, no por invitación de él: fue a la cocina cuando él ya estaba ahí, tomó lo que había en la mesa, se sentó del otro lado.

Estuvieron cuarenta minutos sin necesidad de llenar el silencio.

Ella leyó el informe mientras comía. Él respondió mensajes.

Al final, ella llevó el plato al lavadero, lo lavó, lo dejó en el escurridor.

Salió sin decir nada sobre lo que había leído en el informe.

Nikos se quedó mirando el escurridor un segundo después de que ella salió. La puerta de la cocina todavía se mecía levemente.

Faltaban tres días para la mudanza y ella ya tenía un protocolo propio.

Nikos estaba releyendo el último informe de Atenas cuando el celular vibró.

Salió. Praça do Comércio. Se encontró con un hombre, treinta minutos, volvió. No es del equipo.

Nikos se quedó mirando el mensaje.

Lo leyó de nuevo.

Escribió: Foto del hombre.

La foto llegó en cuarenta segundos. Nikos la abrió, la amplió, la dejó ahí en la pantalla.

Rostro masculino, cincuenta y tantos años, traje oscuro, lentes; la foto tomada a distancia, ángulo elevado, calidad suficiente para identificarlo.

No lo reconoció de inmediato. Le pasó la imagen a Markos con una pregunta y esperó.

Nikos se quedó de pie mientras esperaba. No volvió a la mesa, no abrió el laptop. Se quedó de pie con el celular en la mano y la foto del hombre en la pantalla, mirando por la ventana sin procesar lo que veía afuera.

La respuesta tardó tres minutos: Intermediario de Drakos. Presencia confirmada en Lisboa la semana pasada.

Nikos puso el celular en la mesa.

Se quedó mirando la pared frente a él. Ava estaba del otro lado del apartamento, en el suyo: la pared compartida que existía desde el principio, el arreglo que había sido protocolo y que se había convertido, sin que nadie lo anunciara, en otra cosa.

Había oído pasos del otro lado cuarenta minutos antes.

Ella se había encontrado con un intermediario de Drakos en una plaza pública.

Sin decir nada.

Nikos se quedó en silencio un momento. Después le escribió a Markos: ¿Cuándo fue el primer contacto?

Hace tres días. Mensaje al celular de ella. Lo interceptamos pero no lo bloqueamos: protocolo de monitoreo pasivo.

Tres días. El contacto llegó el mismo día de la reunión de los seis puntos, cuando ella todavía estaba organizando la estructura que le presentó a él y a Markos, cuando todavía estaban acordando los términos de la mudanza a Cascais.

Y no dijo nada.

Nikos se levantó. Fue hasta la ventana, se quedó con las manos en los bolsillos mirando el techo del edificio de enfrente.

Había una pregunta simple disponible: ¿por qué?

; y la respuesta también estaba disponible antes de necesitar preguntar: porque eso era lo que ella hacía.

El hábito de ocho meses en Lisboa que en realidad era el hábito de toda una vida de alguien que resuelve su propio problema antes de pedir ayuda para resolverlo.

Había una versión de esta situación en la que él iba ahora mismo al apartamento de ella, ponía el celular en la mesa, le mostraba la foto y el mensaje de Markos, y decía lo que estaba pensando con la precisión de quien lo hace desde los veintidós años.

La versión eficiente. La versión que resolvía el problema operativo.

Había otra versión en la que se quedaba ahí, de pie, intentando calcular cómo alguien que pasó ocho meses construyendo todo sola aceptaba los seis puntos de una negociación y, dos días después, seguía resolviendo las cosas más difíciles sola de todos modos.

La segunda versión no resolvía nada.

La primera resolvía el problema equivocado.

Ella no pidió ayuda. Intentó negociar por su cuenta.

Con un intermediario de Drakos.

Nikos sacó las manos de los bolsillos. Tomó el celular. Se quedó mirando la pantalla un momento: los mensajes de Markos, la foto del intermediario, los tres días de silencio de Ava sobre un contacto directo de Drakos.

Después salió de su propio apartamento, cruzó el corredor —tres pasos, la puerta contigua, la misma distancia que existía desde el primer día— y tocó a la puerta de ella.

Silencio por un segundo.

—Puedes entrar —la voz de Ava, del otro lado.

Él abrió la puerta.

Ella estaba sentada en el sillón cerca de la ventana con un libro en el regazo, sin leer, el pulgar marcando la página, los ojos puestos en Nikos cuando entró.

Le leyó el rostro antes de que él dijera nada.

Él vio ese momento ocurrir: el libro bajando levemente, la columna ajustándose dos grados, las manos quedándose muy quietas.

Nikos puso el celular sobre la mesa de ella, con la foto del intermediario hacia arriba.

Ava miró la foto. La amplió con dos dedos. La dejó en pantalla un segundo, luego volvió a poner el celular en la mesa con la pantalla hacia abajo.

Después lo miró a él.

No dijo nada. Esperó.

—Praça do Comércio —dijo él—. Esta tarde. Treinta minutos.

Ella cerró el libro. Lo puso en la mesa de al lado, despacio, sin apuro.

—Sí —dijo ella.

—Drakos te mandó un mensaje hace tres días.

—Sí.

—Y no me lo dijiste.

—No.

Nikos se quedó de pie en el centro de la sala, las manos en los bolsillos. Ava permaneció en el sillón, el libro cerrado a un lado, mirándolo con la expresión de alguien que ha tomado una decisión y espera para ver qué le va a costar.

La ventana detrás de Ava mostraba el patio interior del edificio: final de la tarde, luz baja, el mismo patio que él veía todos los días desde que se mudó al apartamento contiguo.

Había aceptado esperar ocho meses por esa cercanía.

Había negociado los seis puntos dos días antes para que esa cercanía continuara de otra forma en Cascais.

Y ella había salido a encontrarse con un intermediario de Drakos en una plaza pública sin decir nada.

—El encuentro no llevó a nada —dijo ella—. Amenazas veladas, sin información nueva, sin propuesta real. Fui porque pensé que podía escuchar lo que querían antes de decidir si valía la pena comunicarlo.

—Y decidiste que no valía la pena.

—Decidí que todavía no había nada concreto para comunicar.

Nikos se quedó en silencio.

Su lógica era correcta. Era exactamente la lógica que él había usado cuando decidió no informar sobre la amenaza de Drakos hasta tener confirmación: todavía no hay nada concreto que comunicar. Ella repitió la frase que él le había dicho en el restaurante, con el mismo tono, con la misma precisión.

Los dos se quedaron con esa correspondencia entre ellos, sin necesidad de nombrarla: la misma frase, usada por dos lados distintos de la misma mesa, uno contra el otro.

Nikos fue hasta la ventana. Se quedó de espaldas a ella un momento, mirando el patio: la luz baja, las plantas que alguien regaba todas las tardes, el silencio propio de un vecindario residencial a las cinco. Después se dio la vuelta.

—Hiciste esto después de firmar los seis puntos.

—Sí.

—¿Por qué no esperaste? En tres días estaríamos en Cascais. El riesgo sería otro.

—Porque el riesgo estaba aquí, hoy. —La voz de Ava salió pareja, sin subir ni bajar—. Es la misma lógica que tú usaste conmigo con el informe de Markos. Yo la usé de vuelta. Si funciona en una dirección, funciona en las dos.

Nikos se quedó mirándola. El sillón donde estaba, el libro cerrado a un lado, las manos quietas en el regazo.

La ventana detrás de ella con el patio oscureciéndose.

Ella no tenía miedo: estaba esperando para ver qué hacía él con lo que le había dicho, del mismo modo en que él esperaba para ver qué haría ella cuando se enterara de la dirección de Eleni.

El mismo patrón. La misma contención. En ambas direcciones.

El silencio duró tiempo real, no unos segundos de pausa dramática, sino tiempo real, con el patio oscureciéndose afuera y Ava esperando sin llenar el espacio con palabras adicionales.

Ella había negociado seis puntos de sociedad dos días antes, había ido a una plaza pública a encontrarse sola con un intermediario de Drakos, había vuelto, había almorzado con él al día siguiente sin mencionar nada.

Todo dentro del mismo período de cuarenta y ocho horas en el que él, por primera vez, la veía como socia.

Y la lógica era idéntica a la de él.

—Hiciste exactamente lo que yo habría hecho —dijo él.

Ava se quedó mirándolo. Se quedó así un segundo, no con sorpresa, no con alivio, con la atención de quien está verificando si la frase que oyó es la que esperaba o una versión más corta de otra cosa.

Era la frase completa. Sin reserva, sin doble sentido, sin el tono de manejo que él usaba cuando estaba calculando. La primera frase en meses que él le decía sin editar antes de soltarla.

—Lo sé —dijo ella, sin desviar la mirada ni un segundo—. Por eso es un problema.