Rechazada y Embarazada del Mafioso Griego (Dinastías de la Mafia Libro 2) Capítulo 28
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Capítulo 28

Durmió tres horas.

Se despertó a las cinco y media con el apartamento a oscuras y la barriga pesando de una manera distinta a lo normal —no dolor, presión, la hija despierta antes que ella y haciéndoselo sentir.

Ava se quedó quieta un momento, la mano extendida sobre el volumen, esperando.

Tres movimientos lentos. Después pararon.

Ava se sentó al borde de la cama.

El celular estaba en la mesita de noche con dos mensajes de Nikos —uno a las once de la noche, otro a las dos de la madrugada.

Ella había leído los dos antes de dormir.

No había respondido. No porque estuviera evitando el tema; estaba organizando lo que iba a decir y necesitaba tiempo sin ruido para organizarlo bien.

El problema, había concluido a las dos de la madrugada con el techo del apartamento de arriba y la barriga impidiéndole cualquier postura cómoda, estaba en la estructura misma de las opciones disponibles —aceptar como Nikos había propuesto o negarse como ella se había negado— las dos la dejaban en el mismo lugar.

Respondiendo a lo que él decidía, no decidiendo junto con él.

Había una tercera opción.

Tomó el celular, abrió las notas, empezó a escribir.

A las seis, fue hasta la cocina, preparó café, se quedó de pie frente a la ventana con la taza mientras Lisboa despertaba afuera.

El barrio todavía en silencio, los primeros autobuses, la panadería de enfrente abriendo las persianas.

Conocía ese horario —había abierto el wine bar a las seis de la mañana en los primeros meses, antes de aprender que el vino no tiene demanda antes de las once.

Se quedó en la ventana veinte minutos, la taza enfriándose en la mano, escuchando a la ciudad despertar.

Después fue hasta la mesa, tomó el bloc de notas que usaba para las cuentas del bar, lo abrió en una página en blanco, y empezó a escribir con la misma cabeza con la que abría una planilla de proveedores: sin emoción en el proceso, solo lo que hay que resolver y en qué orden.

Era estructura —lo que ella aceptaba, lo que exigía a cambio, en qué orden presentarlo para que la conversación no se convirtiera en una negociación de emergencia sino en un acuerdo de trabajo.

Lo había hecho con proveedores, con el banco cuando abrió el crédito para reformar el bar, con el abogado cuando registró la sociedad con Eleni. Conocía el formato.

La diferencia era que esta vez lo que estaba en juego era distinto de un crédito o un contrato.

Era dónde iba a dormir en las próximas semanas, quién tomaba las decisiones sobre su seguridad, y en qué términos volvería a tener control sobre su propia rutina.

Pasó la mañana releyendo los puntos, reordenándolos, poniendo a prueba cada ítem contra una pregunta simple: ¿esto es lo que necesito o lo que creo que debo pedir?

Había descartado dos ítems. Había agregado uno. Lo que quedó fueron seis.

A las seis y veinte, le mandó un mensaje a Nikos: Necesito una hora contigo y con Markos. Esta mañana.

Él respondió en dos minutos: Cuando quieras.

***

Nikos llegó a las ocho con el saco puesto y sin el celular en la mano —la primera vez, desde que había llegado a Lisboa, que ella lo veía entrar a un espacio sin el celular a la vista. Markos, cinco minutos después, con una carpeta que Ava le pidió que dejara afuera por el momento.

Markos la miró cuando ella dijo eso. Después miró a Nikos con la expresión de quien espera una instrucción. Nikos no dio ninguna señal —se quedó mirando a Ava, que estaba de pie junto a la mesa con la hoja de papel delante, y esperó.

Markos dejó la carpeta afuera.

Ella tenía una hoja de papel sobre la mesa —una hoja, con seis puntos escritos a mano en portugués, la letra prolija que usaba cuando necesitaba que sus propios pensamientos quedaran a la vista.

— Acepto ir a Cascais —dijo, antes de que nadie se sentara—. Con condiciones.

Nikos se quedó callado. Markos se quedó callado.

— Pueden sentarse —dijo ella.

Se sentaron.

— Punto uno. —Miró la hoja, después a ellos—. Participo en todas las reuniones de seguridad que me conciernen directamente. No recibo el resumen después. Estoy presente.

Markos abrió la boca.

—Markos —dijo Nikos, en voz baja.

Markos cerró la boca.

Ava esperó un segundo para confirmar que nadie iba a objetar. Nadie objetó.

— Punto dos. Eleni tiene protección discreta a partir de hoy, sin que ella sepa que es protección —se va a negar si se entera. Dos hombres que parezcan vecinos del edificio, rutina de verificación, nada visible.

—Ya está en marcha —dijo Markos.

—¿Desde cuándo?

—Desde anoche.

Ava asintió. Anotó algo en el margen de la hoja —dos palabras, rápido. Nikos se quedó mirando la anotación sin leerla —el ángulo de la hoja no dejaba verla, y ella no la giró para mostrarla.

—Punto tres. Yo elijo la habitación en la quinta de Cascais. No la que Markos considere más segura —la que yo pueda dormir. Son cosas distintas.

Nikos la miró. Había algo en su rostro que ella no supo clasificar de inmediato —no era sorpresa, no era el cálculo que ella conocía. Era más silencioso que eso.

—De acuerdo —dijo él.

—Punto cuatro. Tengo acceso al informe de Markos todas las mañanas. Sin filtrar.

—Algunos ítems tienen información operativa que...

—Markos. —La voz de Ava salió firme, sin agresividad—. Yo soy la razón por la que esos informes existen. Yo los leo.

Markos miró a Nikos.

—Ella los lee —dijo Nikos.

Markos hizo una anotación en su propia carpeta.

—Punto cinco. El wine bar permanece cerrado por un máximo de tres semanas.

Si la situación no está resuelta en tres semanas, vuelvo a Lisboa y renegociamos el arreglo.

—Hizo una pausa—. No es una amenaza. Es un plazo.

La diferencia es que un plazo tiene fecha y una amenaza tiene condición. Yo estoy dando una fecha.

—Entendido —dijo Nikos.

—¿Estás de acuerdo con el plazo?

—Estoy de acuerdo.

—Si en tres semanas lo de Drakos no está resuelto, no vas a tratar de convencerme de quedarme.

—No lo voy a hacer.

Ava lo miró un segundo. Él sostuvo la mirada sin apartarla.

—Bien —dijo ella. Hizo una marca en la hoja junto al punto cinco—. Markos, ¿tienes un estimado de plazo para la resolución en Atenas?

Markos miró sus propios documentos.

—Optimista, diez días. Realista, dieciocho.

—Dieciocho está dentro de las tres semanas.

—Sí, señora Petrakis.

—¿Y el escenario pesimista?

Markos se quedó callado un segundo.

—Markos —dijo Nikos.

—Treinta días —dijo Markos—. Escenario pesimista.

Ava asintió. No con sorpresa, con el reconocimiento de quien recibe un número que no le gusta pero que necesitaba saber.

—Entonces el plazo es de tres semanas con opción de renegociación si se confirma el escenario pesimista. ¿Estás de acuerdo con esta versión? —Miró a Nikos.

—Estoy de acuerdo.

Ella hizo otra marca en la hoja.

—Punto seis. —Dobló la hoja por la mitad, despacio, sin apuro—. Cuando nazca el bebé, yo decido dónde me quedo. No tú, no Markos, no la situación con Drakos. Yo. Y esta no es una condición negociable —es el único punto que no está en discusión.

La sala quedó en silencio.

Markos se quedó mirando la carpeta frente a él.

Nikos se quedó mirando a Ava.

Ella sostuvo la mirada. Los ojos fueron directo a los de él y se quedaron ahí, sin apartarse, esperando.

—Seis puntos —dijo él.

—Seis puntos.

—¿Dormiste algo?

—Tres horas.

—¿Y escribiste esto en las tres horas o antes de dormir?

—Me fui despertando con ideas y las anoté en el celular. Las pasé al papel a las cinco y media. —Tomó la taza, bebió—. ¿Por qué preguntas?

—Curiosidad.

—Nikos.

—Porque en las reuniones que tuve esta mañana temprano —Atenas, siete de la mañana, sobre Drakos— yo no tenía esa claridad.

—Habló despacio, como si estuviera eligiendo cada palabra con cuidado específico—.

Te despertaste a las cinco y media con tres horas de sueño y treinta y siete semanas de embarazo y escribiste seis puntos que resuelven el problema operativo mejor que cualquier cosa que preparó Markos.

Markos, del otro lado de la sala, no hizo comentarios.

Ava se quedó mirando a Nikos.

—Conozco mi situación —dijo ella—. Tú conoces la situación de Drakos. Las dos juntas son más que cualquiera de las dos por separado.

—Sí.

—Eso es lo que son los seis puntos. No una concesión. Una estructura.

Nikos se quedó callado un momento.

—Acepto los seis puntos —dijo.

—Los seis.

—Los seis. Sin excepción, sin renegociación posterior.

Ava dobló la hoja por la mitad —no para guardarla, para marcar que estaba cerrada. La puso sobre la mesa entre ambos, en el centro, donde los dos pudieran verla.

—Markos —dijo, sin quitarle los ojos de encima a Nikos—. La carpeta puede entrar ahora.

Markos se levantó.

Nikos se quedó mirándola —la hoja sobre la mesa, sus manos que ya sostenían la lapicera, la expresión que él conocía del wine bar a las seis de la mañana antes de que entrara ningún cliente: concentración limpia, sin nerviosismo, el rostro de alguien que sabe exactamente qué está haciendo y no necesita que nadie se lo confirme.

Markos volvió con la carpeta. La puso sobre la mesa.

Ava ya estaba leyendo la primera página.

La expresión de alguien que había decidido. No cedido —decidido.

Markos empezó a hablar sobre el cronograma de traslado a Cascais —fecha de salida, logística, qué podía llevarse y qué se quedaba.

Ava hizo una anotación en el margen del informe sin levantar la vista —una línea breve, la lapicera volviendo a su lugar, la mano ya lista para la siguiente línea del documento.

Nikos se quedó mirando un segundo más. Miró la hoja con los seis puntos en el centro de la mesa. A Ava, que ya iba en la segunda página del informe. A Markos, que hablaba de logística sin mirar a ninguno de los dos.

Una reunión de trabajo, con documentos reales y plazos reales y una persona del otro lado de la mesa que había llegado con sus propios términos.

Abrió su carpeta y empezó a leer.