Rechazada y Embarazada del Mafioso Griego (Dinastías de la Mafia Libro 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

Martes por la mañana, el bar todavía estaba vacío.

Ava abrió las persianas del frente, revisó la caja del día anterior, separó las botellas que debían ir al depósito antes de las once.

Rutina de seis días a la semana durante ocho meses —conocía cada sonido del lugar, la puerta que rechinaba si se abría demasiado rápido, el piso que cedía levemente frente a la barra, el olor específico a madera y vino que tenía el bar por la mañana antes de que entrara cualquier cliente.

El olor era suyo. Ella había elegido cada botella del exhibidor.

Había elegido el color de la barra, el tipo de madera, el ángulo de las persianas para que la luz de la tarde entrara sin dar directamente en las etiquetas.

Pequeñas decisiones acumuladas a lo largo de tres meses de remodelación y ocho meses de operación.

Eleni llegó a las nueve y media con pan y café.

—¿Dormiste? —preguntó, dejando la bolsa sobre la mesada.

—Dormí.

—Tienes cara de no haber dormido.

—Eleni.

—Está bien, está bien. —Abrió la bolsa, puso el pan en la tabla—. ¿A qué hora se fue Nikos?

—Tarde.

—¿Tarde tipo medianoche o tarde tipo cuatro de la mañana?

—Eleni.

—Pregunta de hermana, no de policía. —Puso el café en la máquina—. Tienes una cara.

—Estoy bien.

Eleni la miró un segundo. Después encendió la máquina y no dijo nada más, lo que significaba que estaba guardando las preguntas para después.

Ava conocía el sistema —su hermana recopilaba información en silencio y presentaba la cuenta cuando consideraba que el momento era el correcto.

El momento correcto, para Eleni, solía ser cuando Ava ya no tenía energía para esquivarla.

La mañana pasó sin incidentes.

A las once, el primer cliente. Al mediodía, tres mesas. A las dos, el movimiento habitual del almuerzo que se había construido en los últimos seis meses —no lleno, pero constante, lo suficiente para pagar las cuentas y dejar un pequeño margen para imprevistos.

Estaba detrás de la barra atendiendo la segunda mesa cuando se dio cuenta de que estaba vigilando la acera. No conscientemente —los ojos simplemente volvían a la ventana cada dos o tres minutos, verificaban, volvían al cliente. Reconoció el comportamiento y no le gustó tener que reconocerlo.

A las dos y media, vio al hombre por primera vez.

Afuera, en la acera de enfrente. De pie cerca del poste, el celular en la mano, el cuerpo ligeramente vuelto hacia el bar. No era un cliente esperando mesa —no tenía el comportamiento de quien espera, no miraba el menú en la ventana, no revisaba el reloj. Se quedó ahí doce minutos. Ava los contó.

Después se fue.

Ella no le dijo nada a Eleni. Terminó el servicio de almuerzo, llevó las cuentas a la oficina del fondo, se quedó con ellas en la mano un momento sin leerlas. Volvió a la barra. El bar tenía cuatro mesas ocupadas, ruido bajo de conversación, todo exactamente como cualquier martes por la tarde.

A las tres, le mandó un mensaje a Markos. Tres palabras: Hay alguien aquí.

Él respondió en cuarenta segundos: Lo sé.

Ava atendió en la cocina, con la puerta cerrada.

—Dos hombres —dijo él, sin preámbulo—. Uno se quedó en la acera esta mañana. El otro estuvo en el café de la esquina ayer por la tarde, dos horas. Ninguno de los dos es del barrio.

—Vi al de la acera.

—Lo sé. —Una pausa breve—. Señora Petrakis, la instrucción de Nikos es que salga del bar antes de las seis hoy. Él la va a buscar.

—Cierro a las ocho.

—Hoy cierra a las seis.

Ava se quedó callada un segundo. Del otro lado de la puerta, el ruido del bar —Eleni conversando con alguien, el sonido de vasos, una silla arrastrándose por el piso.

—Me estás diciendo que estuvieron aquí ayer también.

—Sí.

—Y no avisaste ayer.

—Nikos consideró más prudente confirmar antes de alarmarla.

Ella miró la pared de la cocina —azulejo blanco, una mancha de grasa en el rincón que había intentado quitar tres veces sin lograrlo, el calendario con las fechas de los pedidos a proveedores marcadas en rojo.

Había elegido ese espacio. Había pasado tres meses remodelándolo con Eleni, tornillo por tornillo, antes de abrir.

Ayer por la tarde. Dos hombres. Y nadie había avisado.

—Markos —dijo ella, con cuidado—. ¿Cuándo empezó exactamente?

—Confirmamos ayer. Probablemente desde la semana pasada.

Ella se quedó callada.

—Y la instrucción de Nikos es cerrar a las seis.

—Sí.

—¿Y si decido cerrar a las ocho de todos modos?

Una pausa corta del otro lado de la línea.

—Nikos va a estar aquí a las seis de todas formas —dijo él.

Ella colgó sin responder.

Se quedó en la cocina un minuto. Miró el calendario —el jueves era día de pedido de vino. Había separado las cantidades dos días atrás, revisado el inventario, mandado el correo al proveedor. Todo en orden, todo dentro de lo que había planeado para esa semana.

Abrió la puerta, volvió a la barra.

—Confirmó el pedido del Alentejo —dijo Eleni, sin levantar la vista del celular—. Entrega el viernes por la mañana.

—Bien.

—¿Quieres que me quede aquí el viernes para recibirlo?

—Puede ser.

Eleni levantó la vista. Ava estaba acomodando las botellas en el exhibidor con la misma eficiencia de siempre, las manos en su lugar, el movimiento sin vacilar. Eleni la miró dos segundos y volvió al celular.

A las cuatro y media, un hombre entró y pidió mesa para uno.

Pelo corto, abrigo oscuro, sandalias —sandalias en octubre en Lisboa.

Ava anotó el pedido, trajo la carta de vinos, volvió a la barra.

El hombre se quedó cuarenta minutos, bebió una copa de vino blanco, pagó en efectivo y se fue sin mirarla directamente ni una sola vez.

Podía ser cualquier cosa.

Ella anotó la descripción en el dorso de una servilleta y se la guardó en el bolsillo del delantal. Después revisó el inventario del fondo, contó las botellas de reserva, ayudó a Eleni con el pedido del jueves. Nada distinto por fuera.

Por dentro estaba haciendo una lista.

Conocía cada salida del bar —la puerta del frente, la puerta trasera que daba al callejón, la ventana de la cocina que daba al patio interior del edificio.

Conocía la ruta del bar al apartamento de tres formas distintas, cronometradas mentalmente durante ocho meses de trayectos a pie.

Conocía el nombre de los comerciantes de cada lado, el portero del edificio vecino que trabajaba hasta las seis, la farmacia que quedaba abierta hasta la medianoche.

Había construido ese conocimiento sin darse cuenta, a lo largo de ocho meses, del mismo modo en que había construido todo lo demás en Lisboa —por acumulación silenciosa, decisión tras decisión, sin red de por medio.

Lo había construido también para no necesitar red.

El problema era que la red ahora era necesaria de todos modos —no porque ella fuera débil, sino porque los hombres en la acera no estaban ahí por nada que ella hubiera hecho. Estaban ahí por quién era ella para otra persona.

A Ava no le gustaba esa distinción. Llegó a aceptarla de todos modos.

A las cinco y veinte, fue hasta donde estaba Eleni.

—Voy a cerrar a las seis hoy.

Eleni levantó la vista del registro. Ava estaba de espaldas, acomodando el estante del fondo —las manos en su lugar, el movimiento sin vacilar, igual que cualquier otra tarde.

—¿Algún motivo en particular?

—Estoy cansada.

—Dijiste que estabas bien en la mañana.

—Estoy cansada ahora.

Eleni se quedó callada un segundo. Después:

—¿Quieres que me quede a cerrar?

—Quiero. —Ava se dio vuelta—. Y no preguntes nada más hoy, ¿va?

—Va. —Una pausa—. Pero mañana pregunto.

—Mañana preguntas.

Eleni asintió. Volvió al registro. Ava volvió al estante.

A las cinco y cincuenta, el celular vibró en el bolsillo del delantal.

Número desconocido. No contestó —dejó que cayera al buzón de voz, siguió acomodando los vasos. Treinta segundos después, un mensaje del mismo número.

Sin texto.

Solo una foto.

Ella misma, saliendo por la puerta del frente del bar. El ángulo era desde la acera opuesta, levemente elevado —desde el nivel de un primer piso o de alguien con el celular en alto. La foto tenía metadatos de hora en la esquina: 14:37 de ese mismo día.

Ella estaba mirando el celular cuando le tomaron la foto. No a la cámara —a la pantalla— y la expresión en su rostro era de concentración, no de alerta. La panza de treinta y seis semanas, enmarcada en el centro de la imagen.

Amplió la foto. El ángulo era desde la acera opuesta, levemente a la izquierda —consistente con el primer piso del edificio de oficinas que quedaba ahí, la ventana de la esquina. Memorizó el ángulo. Guardó el número sin nombre. Le mandó la imagen a Markos sin texto.

Él respondió en veinte segundos: Ya la tenemos.

Ya la tenemos significaba que Markos la había recibido antes que ella. Que la cadena había sido interceptada antes de llegarle. Que había un monitoreo en marcha que ella no sabía que existía, en una dirección que no había calculado.

Se quedó con el celular en la mano un momento. Después le mandó un segundo mensaje a Markos: Cuando Nikos llegue, avísame antes de que suba.

Él respondió: Confirmado.

Guardó el celular. Miró las botellas que había separado para el pedido del jueves, alineadas en la barra del fondo.

Cinco Alentejo, tres Douro, dos espumantes.

Todo anotado, todo en orden, todo dentro de lo que había planeado para esa semana antes de que la semana se convirtiera en otra cosa.

La vida del bar seguía su curso por debajo de todo lo que estaba pasando por encima, imperturbable, como si las dos cosas no existieran en el mismo espacio.

Fue hasta el espejo pequeño del fondo de la cocina. Se miró un segundo —el pelo recogido, el delantal, la panza que ya no cabía detrás de la barra sin ajustar el ángulo.

La mujer de la foto no tenía miedo.

Ava se quedó parada con el celular en la mano.