Capítulo 25
Dimitri llegó sin avisar, lo cual era una señal.
Dimitri no esperó a que lo invitaran a pasar. Fue directo hasta la mesa, miró los documentos desparramados sin tocar ninguno, y solo entonces se dio la vuelta.
—Deberías haberme llamado —dijo Nikos.
—Te llamé cuatro veces.
Nikos se apartó de la puerta. Dimitri entró, miró el salón —la mesa con documentos, el vaso de agua en el lugar donde debería estar el café, el saco en el respaldo de la silla en lugar de en un perchero— y no comentó nada.
En treinta años de amistad, el apartamento de Nikos siempre había parecido a punto de ser desocupado.
En Lisboa era más marcado que en Atenas —sin asistentes, sin estructura permanente, solo la mesa, los documentos y la sensación de que todo podía guardarse en una maleta en veinte minutos.
Dimitri se quitó el abrigo, lo dobló sobre el brazo, buscó un lugar donde ponerlo, no encontró perchero ni armario a la vista, y terminó dejándolo sobre la silla junto a la mesa.
—Drakos movió una pieza —dijo—. Los dos socios de Tesalónica ya se enteraron. No los detalles, pero lo suficiente como para que la reunión del jueves sea complicada.
—Lo sé.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Markos me avisó anoche.
Dimitri se quedó mirándolo un momento. Después fue hasta la ventana, miró la calle, las luces de los edificios de enfrente todavía encendidas a esa hora, y volvió.
—Nikos. —La voz tenía un tono que Nikos reconocía de treinta años, el tono de Dimitri cuando estaba a punto de decir algo que preferiría no decir—. Necesito preguntarte algo y necesito que respondas sin calcular la respuesta.
—Pregunta.
—Te vas a ir de Lisboa. —La voz salió plana, sin la entonación de quien espera respuesta.
—No.
—Por ella.
—Por la situación de seguridad.
Dimitri asintió una vez, el asentimiento de quien no cree en la versión que está oyendo y decide no discutir por ahora.
—Theodora Vassilakis —dijo—. Hace dos años. La familia de ella lo propuso, tú lo rechazaste en cuarenta y ocho horas sin dar motivo.
Nikos no respondió. Se quedó de pie junto a la mesa, la mano apoyada sobre la carpeta de documentos, los dedos abiertos sobre el papel, sin leer nada.
—Irini Papadopoulos. Antes de eso. Familia de Tesalónica, exactamente el perfil que decías querer cuando tenías treinta años. La rechazaste antes de conocerla en persona, en una llamada de diez minutos.
—Dimitri.
—Y Caterina, a quien tu propia madre te presentó en la cena de Pascua y tú te pasaste toda la noche en el celular. —Se detuvo. Miró a Nikos con la expresión que tenía cuando estaba llegando al punto—. Tres mujeres en cuatro años. Yo estuve en esas conversaciones. Te vi comparar.
—No comparé a nadie con nadie.
—Comparabas sin darte cuenta. —Dimitri habló despacio, sin acusación, como quien describe un hecho observado desde lejos—. No sabía con quién. Ahora lo sé.
El apartamento quedó en silencio.
Nikos fue hasta la mesa. Miró los documentos sin leer ninguno.
Las contrapropuestas de Papadakis estaban debajo de un informe de Markos sobre los movimientos de Drakos —dos carpetas de problemas concretos con cronograma y consecuencias, una junto a la otra, esquinas alineadas.
Conocía cada línea de las dos. Se quedó mirando la superficie de papel sin voltear ninguna página.
—Ayer —dijo Dimitri, detrás de él— dejaste que una mujer entrara a la sala donde estabas con Papadakis y tres socios.
Sin avisar. Sin anunciarla. Y te comiste la comida que ella trajo hasta el final, fría, solo, después de que todos se fueron.
—Una pausa—. Me enteré por Papadakis esta mañana. No sabía qué hacer con esa información.
—¿Y tú?
—Yo sé exactamente qué hacer con ella. —Dimitri tomó el abrigo de la silla donde lo había dejado—.
El problema es Drakos, no ella. Y el problema con Drakos tiene solución si dejas de manejar la situación de Lisboa como si fuera un asunto de seguridad y empiezas a manejarla como lo que en realidad es.
—Que es qué.
Dimitri se puso el abrigo sobre el brazo de nuevo, se acomodó el cuello con las dos manos. Lo miró.
—Una decisión que ya tomaste. Solo que todavía no se lo has dicho a nadie.
Recogió el abrigo, se lo puso en el pasillo mismo, sin apuro, y salió sin esperar respuesta. La puerta se cerró de golpe con un sonido seco.
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Nikos se quedó en el salón veinte minutos después de que la puerta se cerrara.
Fue hasta la mesa, reorganizó los documentos que Dimitri había desordenado, apiló la carpeta de Papadakis encima de la de Markos, después cambió el orden de vuelta. Se sirvió un vaso de agua que no bebió.
Miró el celular —Markos había mandado tres mensajes durante la conversación con Dimitri, todos sobre Drakos, todos esperando respuesta.
Respondió los tres en dos minutos, sin moverse del lugar, de pie junto a la ventana con la ciudad allá abajo haciendo el ruido habitual de Lisboa a las diez y media de la noche.
Se quedó con el celular en la mano después de mandar el último mensaje.
La pantalla se apagó. No la volvió a encender.
Dejó el celular sobre la mesa, fue hasta la carpeta de Markos, hojeó dos páginas sin leer, la cerró de nuevo.
Se quedó ahí, de pie, con Lisboa haciendo ruido afuera y el apartamento completamente quieto y vacío a su alrededor.
El celular vibró de nuevo. Markos, esta vez por mensaje: Drakos confirmó su presencia en la reunión del jueves. Necesitamos decidir mañana si llevamos los documentos de Lisboa a la mesa o si aislamos por completo.
Nikos miró la pregunta más tiempo del debido.
"Aislar por completo" significaba mantener a Ava fuera de cualquier papel, cualquier estructura, cualquier cosa que un abogado pudiera citar algún día.
"Llevar a la mesa" significaba lo contrario —significaba nombrar, en un documento, lo que él todavía no había dicho en voz alta ni a ella.
Respondió una sola palabra: Mañana.
Guardó el celular en el bolsillo.
Después fue al apartamento de Ava.
La escalera estaba vacía a esa hora, solo el sonido de sus propios pasos sobre el piso frío. Golpeó una vez.
Ella abrió antes de que él golpeara por segunda vez —ya con la expresión de quien está despierta, el pelo suelto, los pies descalzos sobre el piso del pasillo. Lo miró. Abrió más la puerta.
Él entró.
El salón tenía la luz baja, una taza sobre la mesita de centro, el libro boca abajo en el sofá. Ava fue hasta la cocina, tomó un vaso, lo llenó de agua, volvió y lo dejó sobre la mesa sin ofrecérselo. Se sentó en la punta del sofá, tomó un cojín para el regazo, lo soltó de nuevo.
Nikos se quedó de pie cerca de la puerta. La miró —los pies descalzos, la panza de treinta y seis semanas, la luz baja del salón.
—Dimitri estuvo aquí —dijo él.
—Lo sé. Vi el auto en la calle, estacionado en la esquina, el mismo chofer de siempre.
Él la miró.
—Me contó lo de las tres mujeres —dijo ella—. Eleni estaba aquí cuando él llegó al edificio. Oyó al portero mencionar su nombre y me avisó.
—Eleni oyó al portero.
—Eleni lo oye todo. —Ava descruzó los brazos. Se metió las manos en los bolsillos del buzo—. ¿Qué te dijo?
—Su versión.
—¿Que es?
Nikos se quedó callado un momento. Miró la taza sobre la mesa, el libro boca abajo, la ventana con las persianas entreabiertas dejando entrar la luz de la calle.
—Que ya decidí algo que todavía no he declarado en voz alta.
Ava no respondió de inmediato. Se quedó mirándolo un segundo más de lo que pedía la pregunta.
—Existe un informe —dijo ella. La voz bajó un tono—. Markos tiene algo. Lo mencionaste una vez, hace semanas, y no volviste al tema.
Nikos quedó inmóvil.
—Sí —dijo.
—Qué dice.
—No te lo voy a decir ahora.
Ella abrió la boca. La cerró.
—Por qué.
—Porque este no es el momento correcto. —Habló despacio, sin suavizar—. No es una negativa. Es cuestión de tiempo.
—Tiempo para qué, Nikos.
Él la miró —los pies descalzos en el suelo, la panza de treinta y seis semanas, la taza de té que se enfriaba sobre la mesa porque ella estaba despierta a las once de la noche esperando algo que todavía no tenía nombre.
—Cuando sea el momento correcto —dijo—, vas a ver la fecha.
Ava se quedó callada.
Miró la taza sobre la mesa, fría desde hacía rato. El libro boca abajo en el sofá, el lomo marcando la misma página de hacía horas. Sus propias manos, todavía en los bolsillos del buzo.
Theodora Vassilakis. Irini Papadopoulos. Caterina, de la cena de Pascua.
Sacó una mano del bolsillo. Se quedó mirándola, los dedos abiertos, como si comprobara algo que no estaba ahí.
Volvió a cerrar la mano.
Abrió la boca.
Se detuvo —la palabra atrapada entre la lengua y el aire, porque decirla cambiaría algo que ella todavía no sabía si estaba lista para cambiar esa noche.