Rechazada y Embarazada del Mafioso Griego (Dinastías de la Mafia Libro 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

El restaurante era pequeño, quince mesas, sin pretensión de ser más de lo que era —Ava lo eligió porque ninguno de los dos necesitaba fingir nada ahí adentro.

Ella había pedido el bacalao. Nikos pidió lo que el mesero le sugirió sin mirar el menú, lo que significaba que tenía la mitad de la atención en otro lugar —el celular boca abajo sobre la mesa, el ángulo de los hombros ligeramente cerrado, la manera en que sostenía el vaso sin beber.

Ava conocía ese estado. No lo conocía de antes, de Atenas, de las noches en que él llegaba tarde con el nudo de la corbata suelto y el silencio pegado a él como ropa.

Lo conocía de la versión Lisboa —el Nikos que había aparecido en el wine bar ocho meses después y al que ella había ido aprendiendo a leer en fragmentos, sin querer, en contra de su propia decisión de no aprender.

—La carpeta de Papadakis —dijo ella—. ¿La vas a resolver esta noche?

—Mañana temprano.

—Dijiste que necesitabas las contrapropuestas antes de las nueve.

—Las necesito. —Él la miró—. ¿Por qué me preguntas por la carpeta de Papadakis?

Ava cortó un pedazo de bacalao.

—Porque tienes cara de estar pensando en otra cosa y pensé que tal vez era eso.

Nikos se quedó callado un segundo. Tomó el vaso, bebió.

—No es la carpeta.

Ella no preguntó qué era. Había aprendido, en el tiempo que él llevaba en Lisboa, que preguntar en el momento equivocado cerraba más de lo que abría —y que el momento correcto llegaba solo si ella dejaba suficiente espacio para que él apareciera.

El mesero pasó. La mesa de al lado recibió una botella de vino con ceremonia. Alguien se rio cerca de la entrada.

El celular de Nikos vibró.

Él no lo miró de inmediato —tardó dos segundos en voltear la pantalla, y Ava vio el momento exacto en que leyó el nombre: la contracción levísima de los músculos alrededor de los ojos, imperceptible para quien no estuviera prestando atención.

—Markos —dijo.

No como explicación. Como aviso.

Contestó.

Ava siguió comiendo. Oía la voz de Nikos —griego bajo, monosilábico de su parte, frases cortas que no revelaban nada del contenido.

Lo que sí revelaba era el resto: la mano izquierda que fue hasta la mesa y se quedó ahí, extendida, inmóvil.

El tenedor que no volvió a tomar después de dejarlo.

La manera en que su columna se ajustó dos grados hacia atrás —no retirada, atención.

Ella cortó otro pedazo de bacalao. Masticó despacio.

Miró la mesa de al lado —una pareja mayor, vino blanco, los dos hablando al mismo tiempo de algo que claramente ya habían discutido antes y volverían a discutir después.

El mesero pasó con una bandeja. Alguien cerca de la entrada pidió la cuenta en voz alta.

La llamada duró cuatro minutos.

Nikos guardó el celular en el bolsillo.

Se quedó mirando el plato un momento antes de levantar la vista hacia ella.

Ava dejó el tenedor en el borde del plato.

—Drakos —dijo.

No fue una pregunta. El nombre ya flotaba en el aire desde la terraza de la noche anterior, desde el mensaje que Markos había mandado, desde la forma en que Nikos había mirado el río antes de hablar.

Ella sabía desde hacía días que esta conversación se acercaba.

Solo no sabía qué forma tomaría cuando llegara.

—Sabe de ti —dijo Nikos—. Y del bebé.

El restaurante siguió su curso. El mesero pasando, la conversación de la mesa de al lado, el ruido bajo de cubiertos y vasos. Todo continuó exactamente igual.

Ava miró su mano sobre la mesa —los dedos alrededor del vaso de agua, el anillo que no existía, la panza que ya no cabía entre ella y el borde de la mesa sin que tuviera que correr la silla dos palmos.

Treinta y cinco semanas. Toda una vida construida en ocho meses en Lisboa —el wine bar, el apartamento, los proveedores, los horarios, la rutina que tenía textura propia— y en cuatro minutos de llamada, esa vida se había convertido en un dato dentro de la negociación de otra persona.

—Usándome como qué —dijo ella.

—Presión. En los negocios en Atenas.

—Contra ti.

—Sí.

Ava tomó el vaso de agua. Bebió. Lo dejó de vuelta con cuidado, sin hacer ruido, sin dejar que la mano le temblara —la mano no le temblaba, pero verificó de todos modos, por el reflejo en el vidrio del vaso, la superficie del agua quieta.

—¿Cuál es la naturaleza de la presión?

Nikos la miró con una expresión que ella no supo clasificar de inmediato —no era sorpresa, no era la evaluación calculada que él usaba en las reuniones. Era otra cosa, más cercana al reconocimiento.

—Tiene información suficiente para causarme problemas con dos socios en Atenas que prefieren situaciones limpias. La idea es que yo negocie en desventaja mientras estoy distraído lidiando con esto aquí.

—Esto aquí siendo yo.

—Esto aquí siendo tú y el bebé, sí.

Ava dejó el vaso sobre la mesa. Los dedos encontraron el borde de la tela del vestido y se quedaron ahí —no tirando, solo sosteniendo.

—¿Cuánto tiempo sabías que esto podía pasar?

—Desde que Dimitri apareció en Lisboa.

—Eso fue hace semanas.

—Sí.

Ella asintió una vez, despacio. No había rabia en ese movimiento —había el trabajo de alguien reorganizando la información disponible para que encajara en una forma que tuviera sentido.

Nikos lo sabía desde que apareció Dimitri.

La había mantenido funcionando en el ritmo normal del wine bar, de las consultas, de cenas como esta, mientras cargaba la información solo, con el mismo protocolo de siempre.

—¿Por qué no me lo contaste antes?

—No había nada concreto todavía.

—Y ahora sí.

—Ahora sí.

La mesa de al lado abrió una segunda botella. El mesero preguntó si estaban listos para el postre. Nikos dijo que no con un gesto leve de la mano sin apartar los ojos de Ava.

Ella miró su plato —el bacalao a la mitad, las papas que se habían enfriado, el aceite de oliva cuajándose levemente en el borde.

Ya no tenía hambre. No exactamente por miedo —era otra cosa, más parecida a la sensación de estar de pie sobre un suelo firme y darse cuenta, tarde, de que el suelo tenía espesor y de que el espesor tenía un límite.

Ella había construido Lisboa sola. Cada decisión había sido suya —huir, llamar a Eleni, abrir el wine bar, mantener el embarazo en secreto, establecer las reglas cuando Nikos apareció, controlar el ritmo de lo que eran o no eran.

Cada variable que se podía controlar, la había controlado.

Sabía el nombre de cada proveedor, el teléfono del médico de guardia, la ruta más rápida del bar a la maternidad que Eleni le había indicado.

Había construido redundancias —un plan B para el plan B— porque así era como se mantenía en pie una vida nueva cuando no había red de seguridad debajo.

Drakos no era una variable que ella pudiera controlar.

Drakos ni siquiera sabía su nombre hasta hace unas semanas —y ahora sabía la dirección del bar, el nombre del bebé todavía no lo tenía, pero probablemente lo tendría pronto, y todo lo que ella había construido en ocho meses estaba en una carpeta en algún lugar de Atenas, siendo usado como argumento en una reunión a la que ella nunca sería invitada.

Ava miró a Nikos del otro lado de la mesa.

Él la miraba a ella. No con la expresión de quien espera una reacción —con la de quien acaba de poner algo sobre la mesa y sabe que ya no puede retirarlo, y espera sin apuro lo que la otra persona hará con eso.

—Qué necesitas de mí —dijo ella.

No era una pregunta sobre lo que él quería. Era una pregunta sobre lo que la situación exigía específicamente de ella —el espacio que le correspondía ocupar en todo eso.

Nikos no respondió de inmediato.

—Drakos trabaja con presión indirecta —dijo—. No se te va a acercar en persona, no es su estilo. Pero va a hacer que esta dirección sea conocida por las personas equivocadas. Va a dejar que el problema se resuelva solo.

—Personas equivocadas siendo.

—Personas que tienen sus propias razones para querer presionar a alguien cercano a mí.

El celular de él vibró de nuevo sobre la mesa. Nikos miró el nombre, giró la pantalla boca abajo sin contestar —el segundo gesto de ese tipo en diez minutos.

—Markos otra vez —dijo Ava.

—No importa ahora.

—Importaba hace cuatro minutos.

—Hace cuatro minutos era Drakos moviendo una pieza. Ahora es logística —quién va al bar esta noche a cambiar la cerradura, quién se queda en tu edificio hasta la mañana. Eso lo resuelvo sin que tú estés al teléfono.

—Tengo voz en esto.

—La tienes. Después de esta mesa. —Él no suavizó el tono—. Aquí, ahora, necesito que escuches el resto antes de decidir algo sola.

Ava dejó que eso se asentara. El restaurante a su alrededor continuaba —conversación, cubiertos, el olor a aceite de oliva y ajo que venía de la cocina, la normalidad total de una cena de miércoles en Lisboa.

Todo exactamente igual que cuarenta minutos atrás, cuando entraron y ella eligió esa mesa en particular cerca de la ventana porque la luz era buena y no había corriente de aire.

Cuarenta minutos.

—Me vas a pedir que cambie de dirección —dijo ella.

—Sí.

—Y el wine bar.

—Temporalmente.

Ella lo miró. Él no estaba retrocediendo, no estaba suavizando nada —estaba entregando la información en el mismo tono con que entregaba cualquier otra cosa difícil, sin adornos y sin disculpas. Ella reconocía ese tono de las últimas semanas —era la forma que él tenía de respetar a alguien.

No aliviaba el hecho.

—Ava.

Ella levantó la vista.

Nikos guardó el celular en el bolsillo interior del saco con un movimiento deliberado —como quien pone algo lejos a propósito, no porque se le olvidó.

—Necesitamos hablar de seguridad —dijo.