Rechazada y Embarazada del Mafioso Griego (Dinastías de la Mafia Libro 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

La consulta era a las ocho y media.

Nikos llegó a las ocho y veinte, como hacía desde la primera vez —tiempo suficiente para tocar la puerta de ella antes de bajar juntos, sin prisa, sin hacer de eso más de lo que era.

Yannis estacionó el auto en la esquina, con el motor encendido, y Nikos cruzó la calle a pie, el abrigo cerrado contra el frío fino de Lisboa a esa hora, un vaso de café de la panadería de la esquina en la mano —el mismo pedido de todos los jueves, canela por encima, para que ella se lo bebiera de camino al consultorio.

Saludó al portero con un gesto —el mismo hombre de todos los jueves, que ya ni siquiera preguntaba el número del apartamento.

Subió en el ascensor, solo, mirando los números encenderse uno a uno hasta el tercero.

El pasillo del tercer piso olía a madera y a detergente de limón, el mismo olor de todos los jueves anteriores. Se llevó la mano al bolsillo del abrigo, revisó el celular una vez. Ningún mensaje nuevo desde la tarde.

Tocó.

Silencio del otro lado.

No el silencio de quien tarda en llegar a la puerta —el otro tipo. El que no va a ninguna parte.

Bajó la mano despacio y se quedó mirando la madera un momento. El número del apartamento estaba en el centro de la puerta —un tres y un cuatro en latón oscurecido, el mismo de todos los jueves anteriores, pero que ahora estaba leyendo de verdad por primera vez. Retrocedió un paso.

La luz debajo de la puerta estaba apagada. Había estado apagada desde que él había llegado.

El café todavía estaba caliente en su mano. Nikos miró el vaso, la tapa de plástico todavía cerrada, y lo dejó en el alféizar de la ventana del pasillo, junto a la puerta, alineado con la esquina.

Sacó el celular del bolsillo. Abrió la conversación con ella —el último mensaje era de él, de dos horas antes: Paso a las ocho y veinte. Entregado. Leído a las seis y cuarenta y tres de la tarde.

Se quedó mirando el ícono de leído. No llamó. No mandó ningún mensaje. Guardó el celular.

Tocó otra vez —dos golpes, más espaciados que los primeros. Esperó el tiempo que le tomaría a alguien cruzar un apartamento pequeño. Nadie cruzó nada.

El pasillo tenía una ventana al fondo, frente al patio interior del edificio. Fue hasta ella sin decidir ir. El apartamento de ella quedaba dos pisos por encima del patio. La ventana de su cuarto estaba oscura.

El celular vibró. Markos —informe de rutina sobre los movimientos de Drakos en el puerto de Tesalónica. Nikos leyó las tres líneas, guardó el celular sin responder. Markos podía esperar.

Volvió hasta la puerta de ella. Se quedó parado a un metro, sin levantar la mano para tocar.

La consulta había empezado. O Ava la había cancelado. O había ido sola, antes, y él no lo sabía. Cualquiera de las tres opciones era posible y no tenía forma de comprobar ninguna sin hacer exactamente lo que ella había dejado claro que no quería —insistir donde no era bienvenido.

Apoyó el hombro contra la pared junto a la puerta 34, los brazos cruzados. El sensor de movimiento del techo apagó la luz. No dio los dos pasos necesarios para reactivarlo. Se quedó a oscuras.

El celular vibró por segunda vez —Markos, más directo esta vez: Drakos mandó a alguien a preguntar por ti en Tesalónica.

¿Quieres que me encargue o prefieres saber los detalles primero?

Era el tipo de pregunta que, en cualquier otra noche, habría tenido respuesta en diez segundos.

Nikos lo leyó dos veces, miró el teclado, y no escribió nada. Guardó el celular.

Nueve y tres. Treinta y tres minutos desde el primer golpe en la puerta.

El celular vibró por tercera vez —no era Markos.

El consultorio. Un mensaje automático, enviado a todos los pacientes con cita ese día: Recordatorio: su consulta de mañana a las 9 h ha sido confirmada.

El sistema también lo había mandado al contacto de acompañante registrado —el de él.

Eso significaba una cosa concreta: la consulta de hoy no había sido cancelada, y la de mañana seguía en pie como si nada hubiera cambiado.

Ella simplemente no había venido, o había venido más temprano, sola, sin avisar —y el sistema no sabía nada de ninguna de las dos cosas.

Guardó el celular sin responder a nadie.

Nueve y cinco. Cuarenta y cinco minutos desde el primer golpe en la puerta.

Se enderezó el abrigo sobre los hombros, esta vez poniéndoselo de verdad, los dos brazos en las mangas.

Fue hasta el ascensor. Presionó el botón. Esperó.

El café seguía en el alféizar de la ventana, la tapa todavía cerrada. No volvió a buscarlo.

Las puertas se abrieron, entró, y no volvió a tocar.

En la planta baja, el portero levantó los ojos de la computadora cuando se abrió el ascensor.

Reconoció a Nikos, miró el reloj en la pared detrás del mostrador, y no dijo nada sobre la hora.

Nikos cruzó el vestíbulo sin detenerse, el abrigo ahora puesto de verdad, el paso al ritmo de siempre —el mismo ritmo de cuando había entrado, cuarenta y cinco minutos antes, solo que en dirección opuesta.

—Buenas noches —dijo el portero.

—Buenas noches.

Afuera, el frío se había vuelto más fino. Yannis ya estaba fuera del auto, sosteniendo la puerta trasera abierta, el motor todavía encendido. No preguntó nada. Nikos entró, y Yannis cerró la puerta con el mismo cuidado de siempre, rodeó el auto despacio, y se sentó al volante.

En el asiento delantero, Yannis ajustó el retrovisor, miró a Nikos a través de él por un segundo, y volvió la vista a la calle vacía frente a él.

—¿A dónde? —preguntó.

Nikos miró por la ventana, hacia el tercer piso del edificio, hacia la ventana oscura que ya sabía identificar de lejos entre las otras diez del mismo lado.

—A la oficina.

El auto arrancó. Nikos sacó el celular del bolsillo, abrió el mensaje de Markos todavía sin responder, y escribió: Encárgate tú. Mándame los detalles mañana. Lo envió. Guardó el celular.