Rechazada y Embarazada del Mafioso Griego (Dinastías de la Mafia Libro 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

La luz de la mañana entraba por la cortina fina del cuarto de Ava de una manera que no perdonaba nada —ni la hora a la que ella se había dormido, ni la marca todavía tibia en la piel donde la mano de Nikos había quedado toda la noche.

Ella se quedó en la cama cinco minutos más después de que sonó la alarma, mirando el techo, antes de levantarse.

El cuarto todavía guardaba el olor a romero que había subido con ella desde la terraza, atrapado en la blusa que había tirado sobre la silla sin doblar. Ava tomó la prenda, la acercó a la nariz por un segundo, después la metió al fondo del cesto de ropa sucia, debajo de todo lo demás.

El celular, en la mesa de noche, tenía dos mensajes de él.

Buenos días.

¿Café a las nueve, en el de siempre?

Ava leyó los dos, no respondió ninguno. Se levantó, fue al baño, se lavó la cara con el agua más fría que pudo soportar, y se quedó mirando su propio reflejo más tiempo del necesario.

La regadera tardó en calentarse. Ava se quedó parada dentro, la mano contra el azulejo frío, esperando que subiera el vapor antes de meterse bajo el agua —no porque tuviera prisa, sino porque no tenía paciencia para el ajuste de temperatura esa mañana.

El vientre, de treinta y cuatro semanas, ocupaba el espacio entre ella y el lavabo. Ava pasó la mano por encima de la tela de la camisón, sin ningún propósito específico, solo para sentir el peso ahí, concreto, distinto de todo lo demás que parecía haberse salido de control la noche anterior.

Se vistió sin prisa. Pantalón holgado, blusa que no marcaba nada, zapato bajo. El tipo de ropa que usaba en los días en que necesitaba sentir que tenía control sobre, al menos, su propia apariencia.

En el camino hacia el bar, pasó directo frente a la puerta del apartamento que él había alquilado al lado del suyo, sin tocar, sin bajar el paso. Del otro lado, ningún sonido —ni radio, ni pasos, nada que indicara que él estaba despierto o dormido. Ella siguió caminando.

Eleni ya estaba detrás de la barra cuando Ava llegó, acomodando botellas en la repisa.

Una caja de servilletas de tela, dejada en medio del paso entre la barra y las mesas, casi hace tropezar a Ava cuando entró. Empujó la caja hacia el rincón con el pie, sin detenerse a acomodar el contenido que se había caído.

—Tienes cara de haber dormido mal —dijo Eleni, sin voltearse.

—Dormí bien.

—Entonces tienes cara de que pasó algo.

Ava no respondió a eso. Tomó el delantal del gancho de siempre, lo ató a la altura que todavía le quedaba, y empezó a organizar las copas de la noche anterior sin que se lo pidieran.

Eleni dejó de acomodar las botellas y se volteó hacia la barra.

—Nikos pasó por aquí en la mañana, antes de que llegaras. Preguntó si te había visto.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Que todavía no habías llegado. —Eleni cruzó los brazos—. Se veía distinto. Más callado de lo callado que normalmente es.

—No sé de qué estás hablando.

—Ava.

—El bar abre en una hora, Eleni. Tengo que contar el inventario de tinto antes de que llegue el proveedor.

Eleni no insistió, pero tampoco volvió de inmediato a las botellas —se quedó observando a su hermana organizar y reorganizar las mismas seis copas más tiempo del que cualquier tarea exigía.

Una de las copas se resbaló de la pila y rodó hasta el borde de la barra sin caerse. Ava la agarró antes de que cayera, secó la base contra el delantal, y la puso de vuelta en la fila, alineada con las demás.

El celular vibró en el bolsillo del delantal. Ella no lo miró.

Vibró otra vez, minutos después. Ella siguió organizando las copas.

Cerca de las diez, la puerta del bar se abrió y entró Nikos —no con la prisa de quien espera una explicación, con la calma de quien había acordado un café que no había sucedido y quería saber por qué.

—No respondiste.

—Lo vi.

—Y no respondiste.

Ava dejó la copa que estaba limpiando sobre la barra, despacio, sin dejar que el vidrio golpeara contra la madera.

—El bar abre en una hora —dijo—. Tengo un proveedor por llegar.

—Eso no responde la pregunta.

Ella lo miró, por primera vez desde que él había entrado. La camisa de él estaba impecable, como siempre. Las manos, sueltas a los costados del cuerpo, sin el temblor de unas horas antes.

—¿Qué quieres que te diga, Nikos?

—Quiero saber qué pasó entre anoche y esta mañana.

—No pasó nada.

—Sabes que eso no es verdad.

Ava se volteó de nuevo hacia las copas. Tomó otra, pasó el trapo con más fuerza de la que el vidrio necesitaba.

—Fue un beso —dijo, la voz baja, controlada—. No cambia nada.

Silencio del otro lado de la barra. Cuando él habló de nuevo, la voz había bajado un tono.

—No cambia nada —repitió, como quien prueba el peso de la frase en la propia boca.

—No.

—¿Tú crees eso?

Ava dejó la copa. Sus manos, sobre la barra, quedaron quietas por un segundo antes de moverse para tomar la siguiente.

—Creo que tengo un bar que abrir, proveedores que recibir, y una hija que criar sola si hace falta. —No levantó la voz—. No tengo espacio para nada más.

—Sola. —Él repitió la palabra como si pesara más que el resto de la frase.

—Así fue como viví los últimos ocho meses.

—Y en las últimas seis semanas yo he estado aquí todos los días.

—Sé que has estado.

—¿Entonces por qué sigues hablando de sola como si yo no estuviera?

Ava soltó el trapo sobre la barra, con más fuerza de la que pretendía, el sonido seco contra la madera haciendo que Eleni levantara los ojos desde el otro extremo del local.

—Porque tú puedes irte cuando quieras, Nikos. Yo no puedo.

—No me voy a ir.

—Eso lo dices ahora.

Ella vio la mandíbula de él tensarse, un músculo contrayéndose cerca de la oreja. Él no respondió nada por un momento —solo se quedó ahí, del otro lado de la barra, las manos ahora apoyadas en la madera, los dedos abiertos contra la superficie de roble.

—Tienes miedo —dijo él, en voz baja.

—Estoy ocupada.

—¿Tienes miedo de que el beso no signifique nada, o tienes miedo de que signifique todo?

La pregunta quedó entre los dos más tiempo del que Ava quería admitir. Ella siguió limpiando la copa que ya llevaba un minuto limpia, los ojos fijos en el vidrio, evitando el rostro de él.

—Estás aquí por el bebé —dijo por fin, la voz ahora más baja—. Siempre lo estuviste. Desde el primer día en Lisboa.

—Eso no es verdad.

—¿Cómo puedo saberlo?

Él no tuvo una respuesta inmediata para eso. El silencio que siguió no era del tipo que él solía usar para calcular —era distinto, un segundo más del que necesitaría para mentir bien. Ava reconoció la diferencia y prefirió no nombrar lo que eso significaba.

Se alejó por la barra, organizando las botellas que Eleni ya había organizado, creando distancia física donde la verbal no bastaba.

Eleni, desde el otro extremo del local, fingía acomodar servilletas, claramente escuchando cada palabra.

Nikos siguió a Ava con los ojos, sin seguirla con el cuerpo.

—Necesitas pruebas —dijo él.

Ella no respondió.

—Está bien. —La voz de él salió sin amargura, lo cual era peor que si hubiera salido con ella—. Tengo tiempo.

Nikos.

—Me voy ahora.

—Lo sé.

—Pero voy a volver.

—Eso también lo sé.

Él se quedó parado un segundo más, mirándola desde el otro lado de la barra, como si esperara que ella dijera algo más —cualquier cosa que volviera a abrir una puerta. Ava no dijo nada.

Se dio la vuelta hacia la salida, pasó junto a la mesa donde Eleni fingía doblar servilletas, y se detuvo ahí un instante.

—Buenos días, Eleni —dijo, cortés, como si los últimos cinco minutos no hubieran sucedido.

—Buenos días, Nikos.

Él siguió caminando hacia la puerta. En la manija, se detuvo, sin voltearse a mirar a Ava.

—Tú decides qué cambia esto —dijo, en voz baja, casi para sí mismo—. Yo ya lo decidí.

La puerta se cerró detrás de él, la campanilla arriba sonando una vez antes de detenerse.

Ava se quedó mirando la puerta cerrada más tiempo del debido.

—¿De verdad lo vas a dejar ir así? —preguntó Eleni, las servilletas olvidadas en la mano.

—No tengo opción.

—Sí la tienes. Solo que no estás eligiendo la que quieres.

Ava no respondió a eso. Volvió a las copas, contó el inventario de tinto dos veces, aunque ya sabía el número de memoria desde la noche anterior. Atendió al proveedor con la misma atención de siempre, firmó las notas, revisó las cajas una por una antes de dejarlas entrar.

Faltaba una caja de blanco en la entrega.

Ava revisó la nota de nuevo, llamó al depósito, esperó tres minutos en la línea hasta que confirmaron que el resto llegaba a última hora de la tarde, anotó el número de folio en una esquina de la nota y siguió revisando el resto sin comentar nada más.

Hizo lo que siempre hacía —el trabajo concreto, verificable, que no le devolvía ninguna pregunta.

El proveedor comentó que la barriga había crecido desde la última entrega.

Ava agradeció, firmó la última nota y esperó a que él saliera antes de soltar el bolígrafo.

El proveedor salió y Eleni se acercó a la barra sin que la llamaran, dejó dos vasos de agua, uno a cada lado, y no dijo absolutamente nada. Ava se bebió el suyo hasta el final. Ese fue el único momento de la mañana en que dejó de moverse.

El celular de él mandó dos mensajes más esa tarde. Ava los vio llegar en la pantalla, el nombre de él apareciendo por dos segundos antes de que la pantalla se apagara de nuevo. No abrió ninguno.

Al día siguiente, tres mensajes. Ella borró las notificaciones sin leerlas, el dedo pasando rápido sobre la pantalla, el gesto ya convirtiéndose en rutina.