Capítulo 19
El peso del cuerpo de Nikos seguía distribuido entre los dos pies, detenido a sesenta centímetros de ella, cuando la primera variable desapareció —no calculada, no prevista, simplemente ausente. Era la primera vez en años que eso sucedía.
Las manos de él, abiertas sobre las rodillas, se cerraron despacio —no en puño, solo se cerraron, los dedos curvándose contra la tela del pantalón, los nudillos blancos por un segundo antes de relajarse de nuevo.
—Ava.
Solo el nombre. Nada después.
Ella no respondió. No retrocedió, no se movió hacia la puerta. La jardinera de romero estaba fuera del camino, entre las dos sillas vacías. En el edificio de enfrente, la ventana seguía encendida, una luz amarilla fija contra el ladrillo oscuro.
Nikos miró la mesa entre ellos —el vaso de ella, el vaso de él, la planilla con la pantalla apagada— y por un instante consideró todas las razones por las que debía quedarse exactamente donde estaba, sin moverse un centímetro. Ninguna pesó lo suficiente.
Se levantó.
No rápido. Sin el gesto brusco de quien decide algo por impulso —despacio, las dos manos saliendo de las rodillas, el peso distribuyéndose entre los pies antes de quedar de pie por completo, a la distancia exacta en la que ella se había detenido.
Sesenta centímetros se convirtieron en treinta.
—Las reglas de la acera —empezó ella, la voz baja, sin el peso de una objeción real.
—Sé cuáles son.
—Sin contacto.
—Lo sé.
Él no retrocedió. Tampoco avanzó más. Se quedó ahí un segundo, la propia respiración subiendo y bajando más rápido que la frase tranquila que acababa de decir.
Los ojos de ella seguían en los de él, sin desviarse —ni hacia el costado, ni hacia abajo, ni hacia la puerta de la cocina que seguía abierta a pocos pasos.
—Yo hice las reglas —dijo ella.
—Lo sé.
—Yo puedo deshacer las reglas.
Él no respondió nada a eso. Esperó, los ojos en el rostro de ella, sin desviarse a nada más.
Treinta centímetros.
La mano de él se levantó —no hacia el rostro de ella, todavía no. Se detuvo en el aire, entre los dos cuerpos, y por un instante él observó su propia mano como si perteneciera a otra persona, a alguien que no calculaba nada antes de actuar.
Ella no retrocedió.
Los dedos de él se acercaron un poco más, sin tocar aún —lo bastante cerca para sentir el calor de la piel de ella antes de cualquier contacto real, lo bastante cerca para que cualquiera de los dos pudiera retroceder y fingir, después, que aquello nunca había estado tan cerca.
Ninguno de los dos retrocedió.
La mano encontró el costado del rostro de ella. Los dedos largos, la palma tibia contra la piel fría de la noche. Ninguna palabra antes de eso. Ningún permiso pedido.
Él acortó la distancia.
La boca de él encontró la de ella sin dudar en el último centímetro —sin la pausa de quien todavía está pidiendo permiso con la mirada, sin el ensayo de acercamiento que retrocede si no recibe respuesta.
Fue directo, entero, la mano en el costado del rostro de ella afirmándose, los dedos bajando hasta la nuca.
Por un segundo el cuerpo de ella quedó rígido contra el de él —ni alejándose, ni acercándose.
Después la boca de ella se movió contra la de él.
No en rendición visible, no en rechazo. Solo se movió —y eso bastó para que la última parte de la cabeza de Nikos que todavía calculaba algo dejara de calcular por completo.
Él dejó escapar un sonido bajo, contra la boca de ella, que no llegó a ser palabra.
La otra mano encontró la cintura de ella, por encima de la tela fina del vestido, en el punto exacto donde el vientre empezaba a redondearse —sin evitar el contacto, sin vacilar ahí, solo ajustando la presión de la mano a la nueva forma de su cuerpo.
La botella de agua, olvidada en la esquina de la mesa, tembló con el impacto del codo de él cuando se inclinó un centímetro más. No se cayó. Solo tembló, un sonido de vidrio contra madera, breve.
Ninguno de los dos se detuvo a mirar.
La mano de ella, que se había quedado suspendida en el aire a centímetros del hombro de él, finalmente acortó la distancia —no para empujar, no para acercarlo más, solo se posó ahí, los dedos cerrándose despacio sobre la tela del saco.
El agarre llegó ligero contra el hombro de Nikos, y la mano de él en la nuca de ella se afirmó un poco más en respuesta —dos cuerpos negociando, sin ninguna palabra, cuánto estaba cada uno dispuesto a permitir.
El olor a romero de la jardinera mezclado con algo más cálido, más cerca ahora de lo que había estado toda la noche. El viento, que había vuelto a moverse, trajo un soplo frío contra la parte expuesta del cuello de él, sin que él se apartara un centímetro para sentir menos frío.
La mano de él en la cintura de ella apretó un grado más, los dedos ajustándose contra la tela fina, y el propio pecho de Nikos golpeó contra el peso quieto en la garganta —un nudo sin nombre específico, solo la sensación física de algo subiendo y no bajando de nuevo.
El beso duró —no fue rápido, no fue un roce que se termina al segundo siguiente para ser reconsiderado. Duró el tiempo de una decisión tomándose de nuevo, repetidamente, sin palabras que la confirmaran.
Fue Nikos quien retrocedió primero.
No mucho. Los centímetros suficientes para que las bocas se separaran, la frente de él todavía cerca de la de ella, la respiración de ambos mezclada en el espacio entre los rostros. La mano de él siguió en la nuca de ella —no la soltó, todavía no.
—No debí haber hecho eso —dijo él, la voz más baja de lo que había estado toda la noche.
—No debiste.
—No calculé nada antes.
—Lo sé.
En el bolsillo del saco, el teléfono vibró —la misma vibración de antes, probablemente el mismo nombre en la pantalla, aunque ninguno de los dos mirara para confirmarlo.
Nikos no se movió para contestar. No se movió ni siquiera para voltear el aparato hacia abajo de nuevo, como había hecho antes.
Lo dejó vibrar hasta que se detuvo por sí solo, la vibración muriendo contra el forro del saco.
—No vas a contestar —dijo ella, no como pregunta.
—No.
—Aunque sea sobre El Pireo.
—Aunque sea.
Él apartó el rostro unos centímetros más.
La mano en la cintura de ella permaneció, los dedos curvados contra la tela, sin soltar.
Los ojos de él recorrieron el rostro de ella de un lado a otro, registrando cada detalle visible —el pulso en la garganta de ella, los labios entreabiertos, los ojos que no se desviaban de los de él, fijos como si también esperaran algo de él.
Ella dio un paso atrás.
Un único paso, pequeño, que devolvió la distancia a algo cercano a los sesenta centímetros originales. La mano de ella, en vez de caer junto con el cuerpo, subió. Se posó en el pecho de él, sobre la tela de la camisa, los dedos abiertos, sin empujar, sin jalar, solo ahí.
Ella no dijo nada. No retiró la mano.
Nikos miró su propia camisa, la mano de ella ahí, antes de volver a mirar el rostro de ella. Su propio corazón latía rápido contra la palma de ella —más rápido que cualquier reunión de directorio, cualquier amenaza reciente, había logrado en ocho meses de frases dichas sin variación de tono.
Ella no empujó la mano para alejarla.
Tampoco la cerró en puño contra el pecho de él.
Nikos cubrió la mano de ella con la propia, por encima, sin apretar, solo superponiéndola —y por un segundo los dos se quedaron así, tres capas entre la piel de él y la tela de la camisa: la mano de ella, la camisa, la mano de él encima.
Él abrió la boca como si fuera a decir algo más. La cerró de nuevo.
Ella no llenó el silencio.
La ventana del edificio de enfrente seguía encendida, la única luz fija contra el ladrillo oscuro del otro lado de la calle.
Nikos no se alejó. Ella no retiró la mano.
Desde el piso de abajo, ningún sonido —Tomás ya se había ido, la reja ya estaba cerrada con candado, todo el bar cerrado y oscuro bajo sus pies, como si la terraza fuera la única parte despierta del edificio.
La botella de agua seguía en la esquina de la mesa, olvidada, el líquido quieto ahora después del temblor de antes. Ninguno de los dos se movió hacia ella.
—Debiste haberme empujado —dijo él, en voz baja, la frente todavía cerca de la de ella.
Ella no respondió de inmediato. Su pulgar se movió un milímetro sobre el pecho de él, sin salir de su lugar.
—Lo sé —dijo ella, por fin.
—¿Por qué no lo hiciste?
Ella no respondió a eso. Su mano siguió exactamente donde estaba, los dedos abiertos contra la tela, ningún músculo del brazo moviéndose hacia atrás.
El teléfono de él, todavía en el bolsillo del saco, vibró de nuevo —la tercera vez esa noche, probablemente el mismo nombre en la pantalla. Nikos no se movió para revisar. La mano de él, todavía sobre la de ella, apretó un grado más firme, casi imperceptible, sin que ella apartara la suya.
En algún apartamento más abajo en la calle, un perro ladró dos veces y se calló. El resto del barrio siguió en silencio, solo el sonido de la respiración de los dos llenando el espacio entre ellos.
Nikos miró la mano de ella sobre su pecho —quieta, la palma completa, los dedos abiertos sin ninguna de las dos cosas que él esperaba: ni el empujón, ni el jalón.
Bajo la palma de ella, el corazón de él seguía latiendo demasiado rápido para un hombre que, hasta hacía unos minutos, controlaba cada variable de su propia vida, cada decisión, cada palabra dicha en cualquier sala llena de gente.
Ella no dijo nada.
Su mano tampoco se movió.