Capítulo 17
Eran las diez y cuarenta y cinco de la noche cuando Nikos decidió que no iba a poder trabajar en nada más esa noche.
Había visto, desde la ventana del apartamento ocho, a Eleni saliendo más temprano de lo habitual, y a Ava cerrando la puerta principal con llave, sola, poco después.
No había bajado. No era asunto suyo verificar si ella iba directo a su casa o se quedaba organizando el inventario un rato más, pero se había quedado de pie junto a la ventana más tiempo del necesario, mirando la calle vacía.
El teléfono vibró sobre la mesa de trabajo.
Markos, pidiendo confirmación sobre un pago atrasado de uno de los contratos de Chipre —algo que normalmente exigía una respuesta inmediata, tres líneas, decisión tomada en menos de un minuto.
Nikos miró la pantalla, leyó la primera frase, y dejó el teléfono sobre los papeles sin responder.
Volvió a la ventana. Ava seguía ahí abajo, detrás de la barra, la luz de la cocina encendida detrás de ella.
El teléfono vibró de nuevo. Markos, segundo mensaje, más directo: Necesito la respuesta para mañana en la mañana.
Nikos tomó el teléfono, escribió dos palabras —Resuélvelo mañana— y volvió a dejarlo, decidiendo que eso podía esperar de una manera en que la luz encendida allá abajo no podía.
Bajó.
En el segundo piso, la puerta del apartamento tres se abrió antes de que él llegara a la siguiente escalera —un vecino mayor, en bata, saliendo a buscar algo que había olvidado en el pasillo.
Se saludaron con un mínimo gesto, sin palabras, y Nikos esperó a que el hombre volviera a cerrar la puerta antes de seguir bajando, perdiendo casi un minuto entero parado en la escalera por un motivo que no tenía nada que ver con él.
Fue hasta el bar.
La puerta de enfrente ya estaba cerrada con llave cuando llegó, pero había luz encendida detrás de la barra —Ava seguía adentro, de espaldas, con un sobre de papel en la mano.
Golpeó el vidrio.
Ella se volteó, vio quién era, y cruzó el salón hacia la puerta sin apuro.
—Dimitri estuvo aquí —dijo, antes de abrir.
La frase llegó como un peso concreto, no abstracto —un nombre específico, en un lugar específico, en una hora que él no había controlado. Nikos esperó un segundo más de lo necesario del otro lado antes de responder.
—Lo sé. Vi el auto salir hace un rato. —Esperó—. ¿Me vas a dejar entrar o vamos a tener esta conversación por la ventana?
Ava abrió la puerta. La abrió lo justo para que él pasara, y volvió a cerrarla con llave detrás de él.
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El pasillo entre el salón y la cocina era el lugar más estrecho de todo el bar —paso para una sola persona a la vez, repisas a ambos lados hasta la altura del hombro, y al final la puerta de la cocina cerrada.
Ava se había detenido ahí, en medio del pasillo, con el sobre todavía en la mano, cuando Nikos preguntó qué había dicho Dimitri.
—Que tú haces esto —respondió ella—. Que apareces cuando le importa a la empresa. Cuando hay un heredero que necesita apellido.
La mandíbula de Nikos se tensó antes de que él decidiera tensarla.
No era enojo por la frase en sí —era enojo por reconocer su arquitectura, la forma en que Dimitri había elegido exactamente las palabras que encajarían en un espacio que ya existía en Ava antes de que ninguno de los dos entrara en esa sala.
—Fue hasta allá en persona para decirte eso.
—Se sentó en la barra. Pidió un café. Habló como quien está haciéndote un favor.
—Voy a hablar con él.
—No vine aquí para que hables con él. —Ava cruzó los brazos, el sobre arrugándose levemente contra el codo—. Vine porque necesitaba escucharlo de ti, no de él.
—¿Qué exactamente necesitas escuchar?
—Si es verdad.
—¿Qué parte?
—La parte en que estás aquí porque hay un heredero de por medio, no porque me tienes a mí de por medio.
Nikos no respondió de inmediato. En el pasillo estrecho, la pregunta de ella quedó suspendida en el espacio entre los dos con más peso del que cualquier respuesta rápida podría cargar.
Él miró el sobre en la mano de ella, luego la repisa de al lado, como si buscara dónde posar la vista mientras formulaba la respuesta.
—Las dos cosas no se separan tan fácil —dijo por fin—. No sé darte una respuesta que separe limpiamente lo que es cálculo de lo que no lo es. Nunca supe hacer esa separación, ni antes de ti.
—¿Eso debería tranquilizarme más o menos?
—No lo sé.
El pasillo no tenía espacio para que los dos se quedaran frente a frente sin estar cerca. Nikos lo sabía antes de entrar —había entrado de todos modos, porque retroceder hacia el salón más grande habría significado aplazar la conversación, y aplazar no era algo que él supiera hacer bien.
—Vine a Lisboa antes de saber del embarazo —dijo él.
—Lo sé. Apareciste en el bar.
—No. —Dio un paso, sin calcular la distancia que eso reducía entre los dos en el pasillo estrecho—. Vine antes de que Markos te localizara. Estaba en Lisboa dos días antes de saber dónde estabas.
Los dedos de Ava se cerraron alrededor del sobre. El sobre bajó un poco, como si su peso hubiera cambiado de repente.
—¿Por qué?
Una tubería golpeó contra la pared detrás de la cocina —el calentador de agua encendiéndose solo, el sonido metálico de siempre que Ava ya ni notaba después de ocho meses viviendo cerca del bar. Nikos miró en dirección al sonido por un segundo, instintivamente, antes de volver la vista hacia ella.
—Tubería vieja —dijo ella, sin moverse—. Se enciende sola de noche.
—Porque el último registro de salida del país que tenía de ti era Lisboa. —La voz de él bajó de volumen, sin que él decidiera bajarla—. Estaba buscando. No esperaba encontrar.
Ella no respondió de inmediato. En el pasillo estrecho, el silencio tenía peso físico, ocupando el espacio entre los dos cuerpos casi tan concretamente como las repisas a los lados.
—Eso no responde la pregunta de Dimitri —dijo ella por fin.
—Sé que no responde. —Las manos de él, que habían quedado quietas a los costados del cuerpo hasta entonces, se movieron hacia atrás, agarrando el borde de la repisa detrás de él, como si necesitara algo fijo para sostener mientras hablaba—.
Su pregunta no tiene una respuesta que quepa en una frase.
Tiene una respuesta que cabe en un comportamiento a lo largo del tiempo, y todavía no llevo suficiente tiempo en Lisboa para que puedas comprobar eso.
—Entonces ¿qué hago con esto ahora?
—Nada. —Él no se movió, pero el peso de su cuerpo había cambiado de apoyo sin que él decidiera cambiarlo, registrando la distancia entre los dos, que se había reducido sin que ningún movimiento aislado explicara cómo—.
No tienes que hacer nada ahora. Yo estoy en el ocho.
Tú estás en el siete. Las consultas siguen. El bar sigue.
—¿Y Dimitri?
—Dimitri va a entenderlo o no. Ya no es mi prioridad principal.
—Dejó esto. —Ava sacó una tarjeta del bolsillo del delantal, la extendió hacia Nikos sin soltarla de inmediato—. Dijo que lo llamara si la situación cambiaba. No especificó cuál situación.
Nikos tomó la tarjeta, la giró en la mano. El nombre de Dimitri impreso, un número que no era el de siempre —un celular personal, no el de la empresa.
—Ese número no existía hace un mes —dijo él.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque yo administro quién tiene acceso a sus números personales. —Guardó la tarjeta en el bolsillo interior del saco, un movimiento rápido, definitivo—. Esta la mandó a imprimir esta mañana, antes de venir a Lisboa.
—¿Y eso qué significa?
—Significa que vino preparado para esta conversación antes de saber si la iba a necesitar.
Ava se quedó mirando el bolsillo donde la tarjeta había desaparecido, como si pudiera recuperarla solo con la mirada.
—No debí habértela dado sin preguntar primero.
—Te la devuelvo, si quieres.
—No quiero la tarjeta de vuelta. —Cruzó los brazos de nuevo—. Quiero saber por qué se molestó en mandar imprimir un número nuevo solo para Lisboa.
La palabra quedó ahí entre los dos, en el espacio estrecho del pasillo.
Nikos no bajó la mirada ni la desvió de la de ella, pero la mano que había guardado la tarjeta quedó quieta sobre su propio pecho por un instante antes de bajar, como si ya no supiera dónde posarse después de lo que acababa de admitir.
Ava descruzó los brazos. El sobre rozó la repisa a su lado con un sonido bajo de papel contra madera.
Nikos miró la boca de ella un segundo antes de decidir que estaba mirándola, y en ese segundo supo exactamente la distancia entre los dos cuerpos —no porque la hubiera medido, sino porque cada centímetro de ese pasillo estaba registrado en algún lugar de su cuerpo que no respondía a órdenes de control.
Cuarenta centímetros.
Ella no retrocedió.
El cuerpo de él se inclinó un grado hacia ella antes de que cualquier otra parte suya decidiera algo —un movimiento pequeño, casi nada, pero suficiente para que él mismo notara el peso cambiando de un pie al otro.
Fue ese grado de inclinación, sentido antes de ser pensado, lo que lo hizo retroceder.
Un paso entero, hacia atrás, golpeando levemente el hombro contra la repisa detrás de él, las manos yendo a los bolsillos del pantalón con un movimiento que costaba más de lo que parecía costar —no cortesía, derrota, el tipo de retirada que nunca necesitaba hacer con nadie más, porque con nadie más el impulso llegaba lo bastante cerca como para necesitar ser contenido.